|

Animales, niños y parques
Mi pie busca el césped húmedo. Busca encontrar la sombra de un árbol en medio de una ciudad ardiente por el sol. Un lugar sin ruido de tráfico vehicular, un lugar donde está un estanque lleno de peces rojos, verdes y grises. Mi memoria dice que hay un lugar así en la médula ósea de San Salvador. Hay que caminar muchas cuadras y llenarse los hombros de hollín. Voy a ese lugar prometido en medio de tanto caos. Mi ciudad es tristemente gris, sucia, amarga, llena de gente que se comportan como hormigas locas.
Lunes 25 de febrero 2008
Krisma Mancía
Redaccion@centroamerica21.com
Camino en zigzag, cuidando de no botar la mercadería de los vendedores informales. No hay aceras. Camino preocupada. Vigilo alrededor. Ando con ropa vieja y con poco dinero. No me puedo dar el lujo de olvidar estar alerta a las personas extrañas que me rodean y que tratan de no tocarme y yo trato de no tocar a nadie.
Hay muchos niños que están sujetos al pecho de sus madres y sus madres sujetas a una canasta de verduras. Tienen que estar allí con ellas. Es una ciudad dura donde no hay suficientes guarderías ni parques, ni tiempo para dejar de lado el dinero, para olvidarse de las deudas, pagar los impuestos, comprar una lata de leche y mantener una boquita.
Es una ciudad amarga y los niños crecen sin conocer otro animal que no sea humano. El sonido de las monedas, la estridencia de los motores, los gritos de la gente, el frío de la lluvia les es más familiar que el aleteo de las aves o el zumbido de las moscas. Las madres no dejan de ser madres. Reconocen sus manos ásperas dentro de un balde de agua y se duermen en improvisadas cunas. Aprenden que los perros no ladran, sólo rompen bolsas de basura en las noches y que defecan en cualquier esquina cuando es de día.
Se multiplican las golondrinas en los cables de electricidad y hay palomas que recorren las plazas del centro histórico con la esperanza de encontrar a la misma vieja mendiga que les esparce el grano triste de la tarde. Hay un Palacio Nacional enjaulado, un teatro que se adivina silencioso detrás de las láminas, una catedral con las puertas cerradas. Hay muchos burdeles disfrazados de cervecerías que abren sus brazos a locos amorosos. Hay un reloj atrasado cincuenta años, doscientos días con cincuenta minutos y cinco segundos. El parque debe estar cerca, mi memoria lo olfatea y lo ve como un lejano espejismo de un verde oscuro.
Mi madre me llevaba allí y hoy traigo a mi hija como si fuera una ceremonia tradicional de la familia. Frente a la entrada nos detenemos. Tengo que pagar cincuenta y siete centavos de dólar para conocer un parque. Los niños no pagan. Extiendo un billete de cinco dólares. Me dicen que no hay cambio. Busco las monedas. Maldigo cada moneda que extraigo de mi pequeña cartera color café. Extraño aquella sensación de orgullo patriótico de tener una moneda nacional, un colón con algunos centavos con sus palabras claras inscripciones de un país propio: República de El Salvador.
Pago con moneda extranjera. Paso la maquinita giratoria. El parque está casi desierto y cada vez es más chico. He crecido, me digo, pero no. Me duele un costado del cuerpo, como si algo me falta. Los niños ya no están, ni los peces en el estanque. Había un trencito, pequeñito, con sus propios rieles, ruidoso y lento. Hoy sólo quedan los rieles y una sensación fantasmal de que algo recorría alegremente la cintura del parque.
El corazón del parque permanece silencioso, los carruseles se detuvieron hace mucho tiempo. ¿Funcionarán? No me detengo a preguntar. Tengo miedo a preguntar y que me digan que nada sirve, que se quejen conmigo de la crisis político-social-económico-cultural-artístico-ecológico-mutante-y-tisíco del país (cosa que todos sabemos de sobra) mientras ellos se dedican a conversar sobre el mismo tema y deja que el césped se marchite lentamente.
Mi hija se emociona, pero le digo que mejor busquemos otro lugar. Más allá de la “Plaza de los números” donde descansan los huesos de los juegos eléctricos, puede estar el césped, los columpios, el deslizadero, el sube y baja, tal vez una peregrina (otro nombre para decir rayuela), un castillo maravilloso, juegos para niños pequeños, payasos, malabaristas, niños. Sobre todo niños.
Niños comiendo algodón de azúcar, cacahuate dulce, refresco de horchata. Corriendo y cantando rondas infantiles. Tengo que encontrarlos. Afuera hay muchos niños que nunca podrán mirar que aquí pasa una ardilla, que allá está un hormiguero, un ciempiés, una hoja de eucalipto que sostiene un capullito de mariposa y aburrirse miserablemente.
Pasamos un puentecito. Pasamos una cancha de fútbol con una pelota de plástico ponchada y abandonada. Pasamos varias bancas donde un par de ancianos leían algo parecido a un libro. Pasamos los jardines secretos donde se adivinaba la caricia oculta de una pareja de enamorados. Y al fondo estaban los deslizaderos. ¡Cuadro deslizaderos! Y hay un grupo de niñas. ¡Tres niñas! Todo un parque para tres niñas desconocidas y mi hija.
¿Dónde está lo demás? A un costado se miran mesitas de madera, muy viejas para jugar ajedrez, damas o cualquier juego de mesa. Mi hija juega tímidamente con las otras niñas que son un poco mayores que ella. Se aburre. Seguimos caminando con la esperanza de encontrar los demás juegos prometidos. Tal vez encontremos un laberinto, pienso. ¿A quién engaño? Nunca existió un laberinto en este parque. Había peces, peces de color. Recuerdo los peces, eran muchos y juntos formaban un laberinto.
Desesperada busco el último vergel del parque y por fin encontramos los juegos. Fue como encontrar un tesoro. Mi hija se pone contenta, pero luego nos enteramos que eran juegos para niños grandes. Sonrío agriamente. Me arden los ojos. Dentro de este lugar es posible derramar un poco de sangre en la tierra seca y ver como nace, arrepentido, un diente de león.
|