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Fidel Castro,
el hombre llamado Caballo


La vida de Fidel Castro se puede definir en una frase: el largo alegato de la revolución. El discurso articulado por él es el peregrinar de una revolución atacada y a la vez defendida con tantas energías y amarguras, el hombre llamado Caballo es la revolución, una pieza de la arqueología del año tres mil.


Lunes 25 de febrero 2008
Berne Ayaláh

Redaccion@centroamerica21.com

 

I

Fidel Castro

Cuántas palabras se escriben hoy día en torno a su figura, demasiadas para encontrar las adecuadas o precisas para entender, o al menos para tener un acercamiento acertado del hombre que pudo llegar al amor y al odio con la fina madeja de la palabra precisa y la sonrisa perfecta a su viejo gobierno de difuntos y flores .

Lo recuerdo en aquella primera vez que su figura elegante, de uniforme verde oliva, se acercó al puñado de muchachos salvadoreños que recién llegábamos de los campos de guerra; su mano enorme, sus barbas, su perfil griego, su gorra y el tamaño de sus botas, eran tan imponentes que muchos no pudimos más que sacudir una tímida sonrisa y un chorro de sudor cuando su manota se puso sobre nuestro hombro.

Sus largos discursos pasaban por las grandes referencias a la historia, a la anécdota y al montaje del alegato y las calamidades del bloqueo y “el enemigo de la humanidad”, el yanqui. Lo había visto en televisión por cuatro, cinco y hasta siete horas consecutivas, pero no en persona.

La primera vez que entablamos con él un diálogo fue en una de las reuniones de los estudiantes de la Escuela de la Juventud Comunista , muchos de los jóvenes estaban maravillados con él, con su voz, con su movimiento y con el dedo acusador que no en pocas veces pareció ser el cañón de un arma a punto de soltar una bala hacia la Casa Blanca. Pero debo confesar: los discursos políticos no han sido mis placeres, yo prefería leer a Martí.

Aún así, quién puede negarlo: era un dios pintado que se movía entre nosotros con las aún reservadas energías, era lo que nos habían dicho que era, un enorme caballo de guerra, loco genial.

Los discursos de Fidel fueron tan largos como su mandato de gobierno, las tesis de su presencia en un templo espiritual que, como en toda religión tiene sus propios sacramentos, sus credos, sus misterios, sus dioses y sus demonios.

La grandeza de religiones como la católica ha sido precisamente esa, el haber conjugado todos esos valores y juntarlos en un mismo frasco y luego inyectárselo en la sangre a todo aquel que pasara por sus muros, es por ello que luego de siglos sigue con vida y adornando sus templos con el oro que nos robaron.

Ya no somos aquellos muchachos enamorados que agachábamos la cabeza para aceptar lo que otros nos decían, para admitir como valederos unos valores que se volvían extraños cuando los asociábamos a la conducta de quienes los deletreaban. Y esto, que conste, duele allá adentro, donde palpita el animal místico que todos los seres intentamos domar a cada rato de nuestra pueril existencia.

Hablar sobre Fidel sigue siendo un tema espinudo, es como comer pescado sin quitar las vértebras, con los ojos cerrados y las manos amarradas.

Los hígados se tornaron morados cuando los que le siguen odiando se aburrieron de pedirle a los brujos de todo el hemisferio que por fin se lo llevaran de esta nuestra bendita tierra, le pidieron a todos los adivinos del mundo que anunciaran su final, y todos, sin excepción, luego de recibir su cheque, vaticinaban, al final de cada año, que el siguiente estaría marcado por la caída de una estrella, la de Fidel. Muchos de esos peticionaros se adelantaron al camino.

Ya sabemos que todos se equivocaron, o fingieron equivocarse, los dioses, sean los nuestros o los de otros, nunca mueren, eso nos lo demostró Homero y hay que ser un tonto para no saberlo.

II

Los que le aman, o peor aún, los que lo idolatran, siguen negando que lo suyo sea una dictadura. Una palabra apasionante para las ciencias políticas, una palabra de abundantes y resonantes significados e interpretaciones.

“No se trata de una dictadura”, dicen ingenuamente, sí muy ingenuamente, porque la mejor forma de definir un poder es el de la dictadura. Alguien que pase más de cuarenta y cinco años en el poder de un Estado no puede ser un lindo angelito, si lo fuera no hubiera durado ahí ni el año cincuenta y nueve. Para gobernar a los tuyos y a los otros debes ser un maldito.

Más aún, si ese país es en esencia, en su forma, o en una combinación de ambas, un sistema socialista, no puede ser sino la dictadura del proletariado, la única que se sostiene en las tesis marxistas, no hay otra y si la hay, se le da matacán, así es la vaina.

Los que le atacan expresan que ese rasgo de dictadura se debe a que sólo hay un partido, y nos venden la idea de que la presencia de muchos partidos, aunque sean de ratas de dos patas que viven de la ambición desmedida de una élite poderosa que nos chupa la sangre, son la prueba de que somos democráticos, representativos y republicanos.

Las fronteras de los poderes humanos son imposibles de definir y conocer con exactitud, no sólo porque en ellos se enfrentan y juntan los que están de acuerdo y los que no, sino el origen mismo de nuestro modelo de mundo: somos unos cabrones.

La palabra república alude a la democracia, nuestra forma de Estado es Republicano y el nombre oficial del país comandado por Fidel tantos años es República de Cuba, imagínese usted, tremendo camarón.

Si el socialismo cubano es el verdadero, o el real, o el imaginario, o el que quedó vivo, o una tergiversación, o un aberrante intento, o el paraíso de los “desposeídos”, es un tema para darse paja en un bar para no volverlo demasiado aburrido, a no ser que usted sea de esas personas serias que está convencida que no pedorrea.

Fidel Castro

Los que odian a Fidel dicen que el pueblo cubano está harto de su gobierno, porque los reprime y los ha subyugado por tantos años, si fuera así por qué un pueblo tan luchador y con un gran desarrollo cultural no lo ha derrotado. Ya sabemos que se dirá que el poder es tan maquiavélico como para que cualquiera lo pueda derrotar. Cómo no, todos los poderes son así.

Quienes afirman con lenguaje religioso que ese es el paraíso deseado por los amantes de la libertad, que ahí el hombre llegó a tocar las cúspides del cielo y que dios juega en el jardín, si es así, por qué no se van a vivir allá, por qué no abandonan sus pertenencias de este país repleto de pandilleros de cuello blanco y se marchan; más aún, si es así, por qué muchos cubanos se largan a la menor oportunidad, por qué muchos quisieran hacerlo y porqué un hombre de la talla de Benigno, el guerrero que expuso su vida junto al Che en Bolivia, terminó marchándose a Europa, juzgarlos como traidores sin haber vivido sus vidas es muy estúpido.

Si uno intenta ser lo más flexible posible sobre ese mar de complejidades, si uno intenta comprender esas maneras de interpretar que se corresponden con una forma de vivir, y se aparta tantito de su corazoncito impetuoso, se da cuenta que lo que en Cuba y Fidel está expresado es el horizonte común de los seres humanos: sus contradicciones más hondas.

Los sacerdotes católicos anuncian en sus misas el advenimiento del reino de los cielos, donde todos los seres humanos tienen su espacio si cumplen con el mandato que ellos anuncian en su verborrea, si pagan la escritura claro está, pero los evangélicos no pueden entrar ni en sueños, en ellos es más fácil que un comunista entre al reino de los cielo que un protestante por el agujero de una aguja. Es lo mismo que estos últimos dicen de manera peyorativa de los otros.

Nadie sabe cómo le harán para repartirse un cielo tan pequeño como el nuestro y tan lleno de mierdas contaminantes, porque el otro cielo, el verdadero, el poblado de constelaciones, el de más allá de nuestra galaxia, debe tener otra caterva de locos repartiéndoselo en tremendas naves espaciales y bombas alienígenas.

El hombre es la única especie que se clasifica a sí misma, no por su actualismo biológico, por su anatomía comparada, por su correlación orgánica o su correlación funcional, sino por su manera de pensar y de creer, por eso es que existieron los herejes y los traidores y los hemos matado como si nada. Es decir los que creen en mí y lo que se van al más allá, donde no hay dios.

Fidel expresa, como nadie más en nuestro tiempo planetario, esas cuestiones de las esencias del hombre, es ahí donde se vuelve, al menos para mí, un digno ser de contemplación y estudio.

III

La tesis no es que Cuba está muy mal y que El Salvador está mejor. Los argumentos son siempre los mismos: allá los muchachos ganan bolsadas de medallas de oro y aquí los muchachos se asesinan a sí mismos porque un modelo de mundo los han marginado por más de un siglo y los directivos de cuanta federación se inventen se roban el dinero de los contribuyentes.

Se dice que los cubanos se van de Cuba porque ya no soportan ese estado de cosas, nosotros los salvadoreños nos vamos por miles al mes, miles, a morir asesinados, torturados, vejados, rajados de nuestras entrañas para ser vendidos en trozos como semovientes por las mafias mexicanas, debido a que este lugar parece no habernos dado nada que no haya sido la muerte y el desprecio.

Los artistas cubanos, su cine, su literatura, su conocimiento medio, es indudablemente superior al nuestro, en términos generales, y al de cualquier aldeano de de América, y sin embargo hay un sentimiento de escasez que no podemos negar, que no podemos adjudicar torpemente al bloqueo económico. Ese mundo tiene un rostro demasiado gris para no tener una parte del alma afectada, al menos la más joven, ambicionando tener la pintura y las brochas suficientes para pintarla en colores.

Fidel también es un souvenir, muchas de las gentes que van a la isla han querido ver esa mercancía, esos llaveros, esos libros, esos cuentos, esos horizontes, una vez las han comprado se han marchado, algunas mujeres quisieran pedirle un hijo, pero ya se sabe la revolución no es ninguna puta.

No sé si Fidel se fue hace ratos del poder o es una especie de Papa manejado por una caterva de cardenales, no sé si el anuncio de que no acepta más los cargos en la dirección de Cuba, es una semántica referida a que renuncia o a que ya no sigue; tampoco sé si el diálogo del joven cubano con el presidente de la asamblea, Alarcón, sea un montaje o algo natural y espontáneo, no sé, ya sea en uno u otro caso, qué es lo que se viene, observo un horizonte en donde unos imaginan mayor apertura ideológica y política y otros más de los mismo, otros se relamen los bigotes en Miami para ir a poner sus empresas contaminantes, otros sueñan en verdad con abrir otras puertas a ese mundo. La mayoría de veces esas apreciaciones tienen que ver más con los deseos que con las evidencias. No me puedo olvidar que ahí hay una maquinaria terrible que mueve los cables del gran escenario.

Lo que nos hace falta a muchos al hablar de Cuba es un poco de honestidad y de decencia. A mí me gustan sus mujeres, su cultura popular, su música, su creatividad, la tranquilidad de sus ciudades, su desarrollo educativo, su medicina, su deporte, su amistad, el alma enamorada de su gente, pero no el cierre de sus fronteras cerriles ni el color vetusto de sus paredes ni las chancletas amarradas con alambres de mi viejita María Caridad usa en el Vedado, a quien quisiera traer aquí y mostrarle este otro lado de la luna sin necesidad de mandarle una carta para que el partido le de un puto permiso, por mucho que se pueda justificar, no lo puedo aceptar.

De la misma manera no me gustan los presidentes y los funcionarios ridículos de mi país, los dirigentes ignorantes y corruptos de mi país, que siendo del color que sean, esos farsantes que quieren mi voto sin importarles mi vida, esos que sudan un profundo desprecio por la gente común que se pone las botas temprano, bajo el sol, para poder encontrar el pedazo de pan que se pone tan caro como el petróleo.

De Cuba y Fidel no sabemos más que especular, es posible que todo siga igual o que cambie, y que algo cambie, dice el verbo, no es extraño porque todo cambia.

Yo creo que los seres humanos somos en esencia una manada de criaturas con vocación de libertad, necesitamos soltar las amarras, somos barcos, somos como fue en su juventud ese hombre llamado Caballo que nadie puedo domar, somos como él, animales desbocados, es por ello que él y esa isla representan la gran contradicción de nuestro tiempo: muchos de los que corren, lo ven sosteniendo los lazos que pondrá en sus cuellos y otros, distinguen la estrella que hay que seguir buscando con agallas.

Yo no soy de los unos ni de los otros, no me levanto pensando en joder a nadie, soy un accidente de la naturaleza, mis lazos y mis estrellas no tienen nada que ver con dioses, que no sean los que manan de mi ignorancia, mi miseria, mi cobardía, mis amores, mis miedos y los demonios que me envenenan la sangre cuando escribo.

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