En 1975 las FPL vivió una primavera antidogmática y antisectaria. Ese florecimiento, que duró apenas seis meses, le imprimió un reimpulso estratégico a la organización y se extinguió abruptamente con la muerte en combate de Felipe Peña Mendoza, un joven talentoso como ideólogo, audaz y valiente como jefe militar, pero de temperamento más bien informal y aun iconoclasta.
Lunes 25 de febrero 2008
Geovani Galeas
(Cuarta parte)
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En sus primeros tres años de existencia, las FPL en su conjunto era una extensión refleja de las virtudes y de los defectos personales de su fundador y máximo dirigente, Cayetano Carpio. Sus combatientes eran tenaces, severos, abnegados hasta el sacrificio, dogmáticos y sectarios. Todos, independientemente de su origen de clase, habían pasado por un duro proceso de proletarización en su estilo de vida y en su pensamiento.
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Dirigentes y militantes vivían con suma austeridad en los mesones más baratos de los barrios pobres, como si de aquellos primeros cristianos de las catacumbas se tratara, y como aquellos mismos practicaban un estricto ritual disciplinario que, en lugar de Dios, tenía por centro el ideal proletario cuya viva encarnación era Cayetano Carpio.
Pero algo comenzó a cambiar en la medida en que los primeros cuadros fueron cayendo en el camino. La segunda y tercera generación de dirigentes que los relevaron eran, en su mayoría, jóvenes estudiantes de clase media. Muchos de ellos ni siquiera conocían personalmente a Carpio, dada la rigurosa compartimentación que imponía la clandestinidad.
Cuando la organización comenzó a crecer y consolidó su aparato militar, la complejidad de las operaciones requería de una infraestructura más adecuada a la nueva etapa. Por ejemplo, ese aparato requería tener a su disposición una flotilla de automóviles no de lujo pero sí en perfectas condiciones, y no podían esos combatientes vivir en barriadas miserables y, al mismo tiempo, ser propietarios de esos automóviles.
En consecuencia, ya hacia finales de 1973 los jefes guerrilleros habían pasado de los mesones populares a las residencias de clase media. Ese solo hecho alteraba significativamente el estilo de vida de los militantes y de la organización, y no precisamente en beneficio de la moral proletaria predicada obsesivamente por Carpio.
Un atisbo de unidad entre FPL y ERP
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El aparato militar clandestino de las FPL se creó y se consolidó bajo la conducción y la vigilancia directa de Carpio; pero el instrumento armado, aun siendo el principal, era solo uno de los dos componentes estratégicos de la concepción original de las FPL. El otro era el instrumento político: el frente de masas.
Los fundadores lo habían previsto en el papel, pero en esa primera etapa, comprensiblemente, se habían concentrado en la tarea militar. Cuando Felipe Peña es promovido a la dirección de la organización, en calidad de segundo al mando, a finales de 1973, reactualiza el debate interno sobre la cuestión de la línea de masas. En esa discusión es apoyado por Mélida Anaya Montes.
En ese momento, la otra organización guerrillera existente en el país, el ERP, estaba forjando precisamente un frente de masas que, ya en el 74, se concretó en el Frente Amplio Popular Unificado, FAPU. Felipe Peña estaba vivamente interesado en ese experimento, pero Carpio desconfiaba de los dirigentes del ERP por considerarlos pequeñoburgueses y socialcristianos, es decir, no proletarios y no marxistas leninistas.
Sin embargo, Felipe Peña había sido amigo de infancia, compañero de estudios y de andanzas contestatarias de la mayoría de los dirigentes del ERP, con quienes compartía además un origen político común: el socialcristianismo. No obstante la desconfianza de Carpio, Peña dialogó y aun llegó a negociar con el ERP en torno a la posibilidad de construir conjuntamente el frente de masas.
Ese acercamiento fue fértil en la medida en que produjo comunicados conjuntos y la posibilidad de cooperación política y militar entre ambas organizaciones. Pero si bien fue tolerado por Carpio en un primer momento, se rompió por su intransigencia en la discusión sobre la naturaleza que el frente de masas unificado debería tener.
El ERP plateaba un frente amplio antifascista, es decir que en él cabían todos los sectores, desde los revolucionarios radicales hasta progresistas, y por tanto su bandera de lucha debía ser la reivindicación de la democracia. En contraposición, Carpio argumentaba que la única alianza consecuente era la obrero-campesina con hegemonía proletaria, y que la meta explícita debía ser el establecimiento de la dictadura del proletariado.
Entre esos dos planteamientos se estancó y finalmente se disolvió aquella primera intentona de unificar a la izquierda revolucionaria. Pero Felipe Peña y Mélida Anaya Montes continuaron impulsando y elaborando, al interior de las FPL, la estrategia para vincular la guerrilla clandestina al movimiento de masas que, justo por entonces, comenzaba a reactivarse en campos y ciudades.
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De la catacumba a las calles
Las FPL había alcanzado un alto nivel de efectividad militar, pero su misma naturaleza clandestina entorpecía sus esfuerzos por ligarse a las masas. Sus grupos de apoyo eran bastante numerosos y se multiplicaban con celeridad, ciertamente, sin embargo los dirigentes más destacados de los mismos eran pronto pasados a las tareas militares de la guerrilla.
Por otra parte, el fraude electoral de 1972 y la toma militar de la Universidad Nacional ese mismo año, así como la agudización de la actividad represiva del régimen en contra de maestros, estudiantes, sindicalistas, campesinos, demócrata cristianos y miembros de las comunidades eclesiales de base, en los años siguientes, generó una creciente resistencia popular cada vez más y mejor organizada. El ERP sacó provecho político de la situación y se adelantó en la conformación del frente de masas, captando a su favor el descontento social.
La salud de Cayetano Carpio se resintió por esos días. Coincidentemente, en ese momento, las FPL entonces aceleró su línea de masas. Un elemento clave, en esa línea, fue la publicación de la “Carta de las FPL a los cristianos”, en la que se expresaba que no había contradicción entre la revolución y el cristianismo.
Eso tenía una importancia trascendental: para Carpio, todo militante de las FPL tenía que ser expresamente comunista, marxista-leninista y ateo. Con ese planteamiento preservó la pureza ideológica de la organización, pero al mismo tiempo obstaculizó su crecimiento y su ligazón con las masas. Por el contrario, Felipe Peña argumentaba que no eran las masas las que debían acatar la ideología de las FPL, si no que eran las FPL la que debían adecuar su discurso y ponerse al servicio de los intereses del movimiento popular.
Algunos antiguos militantes de las FPL han contado a este redactor que la discusión entre Carpio y Felipe Peña era intensa y que, al tiempo que Carpio se iba quedando sin argumentos consistentes, Felipe iba sumando apoyos a sus posturas dentro del comando central.
Como quiera que fueses, a mediados de 1974 muchos de los más experimentados cuadros clandestinos de las FPL son enviados al trabajo estrictamente político organizativo, dando paso a una restructuración completa de la organización. El protagonismo en esa tarea fue asumido por Felipe Peña, Mélida Anaya Montes y un grupo de jóvenes estudiantes universitarios.
Cada vez más enfermo, Carpio salió del país a finales de ese año. La jefatura de la organización quedó en manos de Felipe Peña, que intensificó el trabajo hacia las masas.
El problema consistía en que el ERP, por medio del FAPU, ya había copado gran parte del movimiento popular organizado. Con todo, el esfuerzo de las FPL se vio favorecido casualmente, debido a un gravísimo problema interno ocurrido en el ERP en mayo de 1975: el asesinato de Roque Dalton, bajo la infundada acusación de traición, y la consecuente división de esa organización.
En esa trágica refriega interna el movimiento popular afiliado al FAPU quedó en el aire, y las FPL supieron pescar con gran efectividad en río revuelto. Muy pronto un enorme contingente de maestros, estudiantes, campesinos y cristianos pasaron a las organizaciones bajo control de las FPL. Eso se facilitó porque, en ausencia de Carpio, Felipe Peña había logrado flexibilizar considerablemente la extrema rigidez ideológica de esa organización.
El trabajo de Felipe Peña dio su fruto cuando, el 6 de agosto de 1975, se anuncia públicamente el surgimiento del Bloque Popular Revolucionario, el frente de masas de las FPL. Pero Felipe Peña muere en combate diez días después, el 16 de agosto. Esa muerte volvió a colocar Carpio en el liderazgo indiscutido de las FPL, pero tuvo otra consecuencia que en pocos años revelaría su importancia: Mélida Anaya Montes pasó a ser la segunda al mando. Y ella estaba mucho más de acuerdo con las ideas de Felipe Peña que con las de Carpio.
(Continuará)
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