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¿Por qué fusiló Fidel Castro al general Ochoa?


Baracoa es una ciudad ubicada en la provincia de Guantánamo, en el extremo oriente de la isla de Cuba. Es la primera tierra pisada por Cristóbal Colón en su primer viaje al continente americano, a la vez la primera ciudad cubana y el lugar donde el héroe nacional Antonio Maceo, desembarcó para iniciar la guerra de independencia, en el año 1895.

A pocos días de celebrar un aniversario más del ataque al cuartel Moncada, en la madrugada del 13 de julio de 1989, en las postrimerías de la guerra fría, otro héroe cubano era llevado por sus mismos compañeros a punta de fusil a un potrero cercano a la base aérea que lleva el nombre Baracoa, al oeste de La Habana.



Lunes 3 de marzo 2008
Berne Ayaláh
redaccion@centroamerica21.com

 

Arnaldo Ochoa, general del ejército revolucionario cubano fusilado en 1989 por alta traición a la patria

1

El más condecorado militar revolucionario miraba el cielo del mes de los carnavales donde las bellas mujeres sonríen con luz verde y la cerveza espumosa te pone en los bigotes la suave caricia de un bolero. El héroe observa el rostro de sus asesinos con la misma fiereza con que había librado sus anteriores batallas, las balas de un equipo de seis tiradores lo llevan al suelo, su nombre: Arnaldo Ochoa, general de división de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Cubanas.

Hemos escrito y leído innumerables veces acerca de las muertes que provoca la revolución, o si usted lo prefiere, las vidas que se arrancan en el nombre de la revolución, y no hay más que preguntas con sabor amargo pues al hacerlas a uno le revientan las respuestas en la cara.

Junto al general Ochoa fueron ejecutados el coronel del Ministerio del Interior Antonio de la Guardia y los oficiales Amado Padrón y Jorge Trujillo.

El motivo legal que llevó a esos hombres a una muerte tan trágica, no sólo por su forma sino por su origen, está descrito en la Causa legal número 1 del año 1989: “Alta traición a la patria y a la Revolución ”.

Todo delito tiene a su base un hecho, lógica muy simple no sólo para los abogados. En el caso del general ese hecho se llama narcotráfico.

No existe en ningún sistema jurídico del continente americano una ley que mande fusilar a un inculpado por acciones vinculadas a narcotráfico. Ni en las más duras dictaduras militares fue contemplada semejante pena para un traficante de estupefacientes, en el mundo no pareciera haber muchos referentes al respecto, sobran los dedos de una mano si se cuentan.

Eso me lleva inevitablemente a un hecho de nuestra historia reciente: el juicio contra un grupo de militares a quienes se acusó de dar muerte a seis sacerdotes jesuitas y dos de sus colaboradores. Ninguno de ellos fue siquiera amenazado con ser fusilado por semejante crimen, y estoy seguro que ni las mismas víctimas, es decir, la familia Ramos, la Compañía de Jesús, ni las familias de los sacerdotes han pedido o sentido la necesidad de fusilar a los militares, porque en el mismo dolor de esas muertes subyace un principio mayor: la no aceptación de la pena de muerte. Y ese principio llega inclusive a los probables autores intelectuales.

Si uno está en contra de la pena de muerte, si en verdad la base de ello es un principio, debe estarlo venga de donde venga y hablar de ello es inevitable.

¿Por qué la revolución que sigue siendo, al parecer, la esperanza para millones de latinoamericanos, asesina a sus héroes luego de manipular sus vidas en un juicio de corte militar cuyo contenido pareciera ser fundamentalmente político? ¿Por qué la revolución que perdona la vida de sus enemigos externos, la de los invasores, la de los espías, como la del terrorista Cruz León, que todavía espera que se ejecute su sentencia, no repara en quitar la vida de los suyos en unos pocos días?

La vida humana, la de las flores y las demás plantas, la de los animales, la del aire, la del agua y las montañas, la tundra y el desierto, son palabras que uno no pude dejar de lado cuando piensa en la palabra revolución.

Hace unos días releía aquella frase dicha por Fidel Castro años atrás que dice: “La revolución sólo puede ser hija de la cultura y las ideas”. La muerte pareciera no ser la madre, digo la muerte de sus héroes a manos de la justicia revolucionaria.

Entonces uno piensa: esta historia debe tener otras madejas, otros hechos, recovecos ocultos que muchos prefieren callar, por vergüenza, por malicia o por ceguera. El poder está al fondo, deberíamos de entenderlo así, no hay otra explicación más sensata, más objetiva, más dolorosa.

2

1989 es un año en el que no sólo comienza a morir la guerra fría, es un año clave en los asuntos referidos al narcotráfico. El paulatino desaparecimiento de las guerras centroamericanas está conectado con el aparecimiento de otro tipo de bandido: Pablo Escobar Gaviria, el hombre que llevó a la constitución de uno de los carteles de la droga más poderosos del mundo, el de Medellín.

Centroamérica fue y sigue siendo el natural corredor para el comercio del continente, ya sea legal o ilegal. En ese año todavía seguía en el poder de Nicaragua el Frente Sandinista y Panamá era gobernado por el general Antonio Noriega, al menos hasta diciembre, mes en el que su país fue invadido por las tropas norteamericanas y él hecho prisionero.

La relación de militares y altos funcionarios de esa época, en los asuntos del tráfico de droga y el blanqueo de bienes, es un dato sumamente interesante, que refleja cómo nuestra región se vio afectada por ese tipo de hechos.

La inmunidad militar, que es muy natural cuando se pelea en una guerra, sirvió para facilitar los caminos. Aeropuertos oficiales, naves marítimas, contenedores y bodegas para armas de los ejércitos regionales sirvieron para esconder o transportar la droga. Ningún ejército centroamericano, ni ninguna de sus fuerzas aéreas escaparon a las tentaciones.

Las relaciones de funcionarios cubanos, civiles y militares, con la región tuvieron un progreso enorme, debido no sólo a la revolución sandinista, sino a la apertura del comercio y las relaciones con Panamá, además, es sabido que como motivo de la presencia de tropas de la Contra nicaragüense en territorio hondureño, se traslado el escenario de la guerra a ese país. Gran cantidad de agentes encubiertos de todos los linajes corrían por sus carreteras y volaban en aviones, y si puedes mover armas de hierro, municiones, explosivos y misiles, es fácil concluir que puedes mover droga como chupar un dedo.

La capacidad de encubrimiento y de espionaje, que es muy propio de una guerra tan regional y de tantas fronteras como la centroamericana, abrió las posibilidades de hablar y contactar con el crimen común, donde normalmente están las fuentes de información, pero además, en el caso del narcotráfico existe un asunto de innegable interés: el dinero abundante.

Toda guerra requiere de dinero, y todo guerrero lo obtiene venga de donde venga, es una de las formas concretas donde se comprende con mayor claridad la máxima de Clausewitz: “El fin justifica los medios”.

Ese dinero llegó a las manos guerrilleras proveniente de asaltos a bancos, secuestros, negocios turbios, contrabando de armas, impuestos de guerra. Los mismos Estados Unidos se vieron involucrados en esa misma guerra en una gran operación de contrabando de armas y drogas, para financiar a la Contra que luchaba contra los sandinistas, en donde salió inculpado el teniente coronel Oliver North.

Cuba, metida a profundidad en este gran escenario, no podía ser la excepción. La contaminación era inevitable, pero además ellos también necesitaban muchos dólares. Ese es el territorio natural donde se movían los oficiales, donde el general Ochoa también se vio metido bien a fondo.

Una de las características de Pablo Escobar Gaviria era su vinculación con los sectores populares, era una especie de bandido a lo Chucho el Roto, a lo Pancho Villa: robar y matar para darle a los pobres, en su caso traficar y saber repartir a los pobres. Eso lo llevó a tener contactos y comunicación con gente que venía de la izquierda o que estaba relacionada con ella.

3

Dos hechos muy curiosos se suman al embrollo: la alta capacidad de la inteligencia y la contrainteligencia cubana, algo que por obviedad debemos adjudicar a quienes ejecutaron al general Ochoa, pero también a él mismo, un general de división con abundantes poderes y relaciones no solo en Cuba sino en el mundo.

Reconocida es la cantidad de operaciones de sabotaje que la inteligencia cubana ha detectado a tiempo, las redes de espías que ha desbaratado en el mismo territorio cubano, desde hace más de cuarenta y cinco años, pero además la penetración en el mismo territorio de Estados Unidos, algo que ha colocado a los servicios de espionaje y contraespionaje cubanos como de los más calificados de todo el mundo.

En el territorio hondureño, bajo estrictas medidas de seguridad, sus agentes penetraban a los campamentos de la Contra , disfrazados de empresarios obtenían información de toda la región, además, dieron seguimiento a agente Luis Posada Carriles, sus fotos en varios lugares de Centroamérica, incluyendo El Salvador, han sido presentados en sus informes.

Si el general Arnaldo Ochoa estaba involucrado en una gran operación de drogas, no podía haber sido de pocos días ni de poco monto. Para representarla en un juicio de la magnitud que el mismo gobierno cubano lo hizo, significa que no era una cosa sencilla, y, de ser así, debió haber estado en el tapete desde un considerable tiempo atrás.

No sólo se trata de los movimientos, las cantidades de droga que se movió, sino del dinero mismo, que no debió ser poco. Esto nos lleva a interpretar los hechos en una línea inevitable: o el general tenía un gran equipo, muy paralelo a la revolución oficial, con estructuras, mucho dinero y hombres o alguien arriba de él también estaba relacionado con las operaciones de narcotráfico. La posibilidad de que ambas hipótesis se hayan dado de manera conexa vuelve el hecho aún más complejo.

En cualquiera caso hay un dato muy interesante: no resulta creíble que los más altos poderes cubanos desconocieran lo que el general Arnaldo Ochoa hacía, y una cosa está demostrada: él si había detectado el seguimiento, y aún más, los movimientos previos a su captura por la oficialidad le fueron comunicados con tiempo.

Norberto Fuentes, el escritor cubano que acompañó al general en innumerables misiones al extranjero, ha escrito mucho sobre este juicio, y en este momento cabe rescatar que fue él quien aviso a Ochoa que estaba en peligro de ser apresado cuando le comunicó que Raúl Castro le había dicho que se apartara de él pues estaba metido en asuntos turbios.

Es obvio que Arnaldo Ochoa era un hombre de mucho poder, y que los millones de dólares que podía tener en sus manos lo colocaban en gran ventaja sobre otros que estaban por encima de él en el gobierno.

Cuando Fuentes le dijo que se hablaba de que se habían perdido doscientos mil dólares de los sandinistas, Arnaldo le respondió que él no era un hombre de doscientos mil dólares, ni de un millón, él era un hombre de no menos de novecientos millones de dólares. Aquello era suficiente para darse cuenta de qué había atrás y hacia dónde se conducía la historia.

Por supuesto que Fuentes ha sido acusado de ser un traidor, vaya que es a lo que se exponen aquellos que buscan explicar los hechos más allá de las versiones oficiales de la revolución, nosotros no podemos despreciar su versión por una razón demasiado clara: es un testigo inevitable y cercano con los hechos, como muchos otros en otros caso que han debido abandonar la isla cubana.

Entonces uno se encuentra inevitablemente con el misterio: ¿por qué el general se queda, teniendo las condiciones para escapar, estando advertido de lo que se viene encima y que el sabe que no tiene que ver con asuntos exclusivos de dinero? Los que le conocieron han hablado de uno de los rasgos más sobresalientes de su personalidad: la altanería.

Creo que además de ese rasgo que es inevitable en los hombres que ejercen el poder, hay otras cosas mayores en esta historia.

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