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Poesía a la fuerza

Uno de los talleres literarios más ambiciosos de los que haya noticia no tenía su local en alguna universidad o casa de la cultura, sino en un país completo, y no contaba como asistentes a un pequeño grupo de elegidos o autoelegidos, sino a la población completa de ese país, desde niños hasta ancianos, desde amas de casa hasta soldados y agentes del servicio de espionaje. Después de diez años de existencia, sus resultados no fueron los previstos, pero sí los previsibles: no pasó nada.

Lunes 3 de marzo 2008
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

El país que sirvió de local al inmenso taller fue Nicaragua, que siempre ha tenido la fama de ser territorio de poetas. Y los ha tenido magníficos, sin duda, pero eso no es genético ni se adquiere por ósmosis. Quienes lo impulsaron fueron dos poetas en el gobierno: Ernesto Cardenal, ministro de Cultura, y Tomás Borge, ministro del Interior, quien se tenía por poeta y así se lo reconocía, con todo y que su obra no es necesariamente buena en términos estéticos.

La idea era que la poesía acompañara y expresara lo que era o debía ser la revolución sandinista, el presente de lucha, el futuro que se estaba construyendo, el “hombre nuevo” –también habría una “mujer nueva”, de seguro– manifestado a través del arte.

La poesía debía ser de todos y para todos, y para eso se armaron cientos de talleres literarios en todo el país, dirigidos por poetas de todos los calibres. Por la cantidad de talleres que se impartían, es lógico pensar que el calibre de la mayoría no era de los que hieren seriamente, mucho menos de los que matan. Los poetas nicaragüenses más depurados de la época, como José Coronel Urtecho o Pablo Antonio Cuadra, no participaban, o no estaban en el país, como Ernesto Mejía Sánchez. Las generaciones siguientes no habían producido aún poetas de buena talla, y es de suponerse que, más que poetas, los instructores eran precisamente eso: instructores.

Los talleres de poesía fueron casi paralelos a la inmensa y admirable campaña de alfabetización. Y también los recién alfabetizados tuvieron sus talleres poéticos, o fueron alfabetizados con la ayuda de la poesía.

Los resultados de todos estos talleres –o de ese taller descomunal– se publicaban sistemáticamente en revistas y antologías. Algunas de estas últimas circularon en el exterior como muestra de que la revolución sandinista no sólo era social y material –así la economía fuera un caos, como era previsible–, sino también, y sobre todo, espiritual.

El hecho de que se trate de involucrar a todo el mundo en y con la poesía puede parecer loable, y quizá lo sea hasta cierto punto, por ejemplo mejorar un poco la cultura general o ampliar la base de lectores potenciales. Lo que había, sin embargo, era un montón de gente con manuscritos bajo el brazo –aún se encuentran si uno se descuida– proclamándose poetas y leyendo sus obras a quien se pusiera enfrente. En otras palabras, oficialmente se declaró que Nicaragua era un territorio de poetas, que había talleres donde se formaban y que todo el mundo tenía el derecho, y hasta la obligación, de escribirla.

Bastaba con leer un par de revistas o alguna antología para darse cuenta de que el asunto iba en serio, pero que la poesía no tenía mucho que hacer en el “experimento”. Que hubiera poemas de talleres estudiantiles, de obreros, de campesinos recién alfabetizados y de amas de casa podía resultar interesante, así se sospechara de la cantidad de quienes los escribían. Pero que los miembros de la seguridad del estado también se dedicaran a escribir no dejaba de tener su lado siniestro.

Lo otro era que todos, fuera cual fuera su origen, oficio o condición, escribían exactamente igual: estructuras pequeñas, lenguaje sencillo, de temas más o menos cotidianos y más o menos previsibles –amor, la revolución, la patria, los hijos–, con un esquema básico que no podía fallar. Y no podía fallar porque estaba probado hasta el hartazgo. Y estaba probado hasta el hartazgo por Ernesto Cardenal y Tomás Borge.

Todo el país, pues, escribía como Cardenal en sus textos cortos o como Borge en cualquiera de los suyos. Si uno fuera desconfiado, pensaría en un ejercicio que tenía que ver más con la egomanía que con la poética.

Como sea, era obvio el intento de crear una literatura oficial, extendida hasta los rincones más oscuros de Nicaragua. Incluso puede quitársele el epíteto de “oficial” (crear una literatura a secas) y el resultado hubiera sido el mismo: hoy, casi treinta años después de iniciado el “experimento”, que duró cerca de una década, Nicaragua no es precisamente una potencia en materia de poesía. No hay cientos, ni siquiera decenas, de escritores que estén influyendo en su entorno o fuera de él, aunque Nicaragua quizá sea el país con más escritores de poesía por kilómetro cuadrado en el mundo.

La URSS tuvo en su momento también una literatura oficial, de la que sobreviven algunos libros, algunos autores, la mayoría de ellos como ejemplo de lo que no se debe hacer. Y es que la literatura debe ser para todos pero, por algún tipo de ecología humana, no es para todos hacerla, como no todos pueden ser relojeros, arquitectos, carpinteros o ministros de Cultura y del Interior que quieren verse reflejados en el espejo de todo un pueblo.

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