Suscríbete al Newsletter

Boletín semanal gratis

 

 
Google
 
 
 

Cuando los dinosaurios vuelven de la guerra (y VI)

Quería (y necesitaba) llegar a una especie de dinosaurios no catalogados hasta hoy: a los que se les distinguen las heridas a metros de distancia y aquellas cicatrices viejas y arrugadas que tiemblan en el alma como pájaros atrapados en remolino del arañazo fiero de un gato montés.

Aunque los recuerdos estaban ahí, como los fósiles que anidan en las neuronas, un hecho inesperado en sus detalles más finos, se nos presentó para coronar esta pequeña saga en la que hemos rascado nuestro pasado en un intento por ir colocando las pequeñas piezas de ese nuestro punto de extinción: la guerra civil.




Lunes 3 de marzo 2008
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

Hace unos días nos reunimos un grupo de personas para hablar de literatura, el plato del día fue mi última novela sobre los mojados: Arizona dreaming.

A la cita se hicieron presentes un majar de personas, dentro de ellas dos especies de dinosaurios que hace más de dieciséis años jugaban a ser depredadores: un grupo de veteranos de la guerrilla y del ejército nacional.

Yo les conocía a todos, unos porque fueron mis compañeros en Guazapa y los segundos por ser ahora mis amigos de añoranzas y bohemia. Pero entre ellos no se habían visto jamás, salvo a uno o dos.

Una vez terminó la presentación del libro, el terreno estuvo listo para la emboscada, de esas que no matan mi hieren, en la cual ambos grupos fuimos cómplices.

Ahí mismo, a la salida, decidimos entregarnos al mediodía, a la sopa de gallina india y a las benditas cervezas, y uno o dos a vasos repletos de hielo y cocacola.

La sorpresa surgida en aquellos primeros momentos en que los oficiales de ambos ejércitos se vieron a las caras y estrecharon sus manos, se fue desvaneciendo con el ruido estridente de unos tiranotelevisores rex dentro de los cuales se movían las figuras histéricas de los futbolistas de la liga española y, más allá, los gritos desaforados con los que se celebró un puñado de goles y las peticiones de los bebedores, y todo junto eran el pretexto para entrar en calor.

Nadie imaginó siquiera que aquellos viejos dinosaurios iban a olvidarse de sus uñas y sus dientes para mostrarse tan generosos con ese pequeño momento, que no se pensó podía ser contado con letras tan misteriosas como las que se mueven en este otro universo al que le llamamos virtual.

Entonces surgió la crónica anunciada: todos habíamos estado frente a frente durante la guerra civil innumerables veces en el sur de Guazapa, durante años, desde los caseríos y sitios como Los Ramírez, Quebrada Honda, La Aldea , Piedra Labrada, Las Lajas, Santa Inés, El Salitre, La Cruz , Los Lirios, El Campanario, Loma Chata, Los Mazariegos, Montepeque y claro, en las batallas de la ofensiva guerrillera de San Salvador en 1989, hasta la firma de la paz.

Los detalles de uno y otro, desde su perspectiva, desde la magia de su recuerdo, desde aquella trinchera lejana que sigue dibujada en la mente, desde el olor a pólvora o el sonido de la última bala que cada quien disparó, desde la lágrima oculta en el hueco del ojo, fueron cayendo sobre la mesa como rastros de miel, como miles de migas de hojitas verdes y pisadas dejadas a su paso por millones de hormigas guerreadoras, de donde eran tomados por unos y otros y luego puestos de nuevo con una pincelada o una pequeña mordida, con una palabra más, con el sigilo prehistórico donde comenzamos a comprender, con un puñado de nudos enormes en la garganta, qué tan antiguo había sido nuestro amor por la vida.

Unos se pusieron de pie para escuchar a los otros, algunos acercaban el oído o alzaban el grito, es bien cierto que la risa y algunas de las lágrimas que sin duda muchos nos tragamos, demostraron mi tesis: los dinosaurios también lloramos por una pezuña que dejamos trabada en los alambres mohosos de la selva, en aquella tarde hervida en un fuego de balas donde pudimos haber encontrado la hora definitiva.

Y ahí estábamos, logrando lo que ningún documento político ni declaración de paz ha podido lograr ni lo hará: que los guerreros al volver de la batalla abran las puertas de sus baúles y muestren la lista de sus canciones favoritas y aquella medalla enjuta donde pusieron sus esperanzas más caras, donde prendieron el cerillo a la estrella buscada, allá, donde dicen que el mar cayó como una escupida divina.

Y, salvo excepciones e inyecciones letales, un instante así, cazado en el universo, lo entienden a perfección los guerreros y no los arlequines que suben y bajan de los estrados para escuchar su voz en el rastro de los muertos que no han dado, que nunca olieron de cerca ni vieron a los ojos cuando nos dijeron adiós.

Cada una de esas pezuñas, respiros, gestos, pelos caídos, dedos alzados, voces jugosas y miradas profundas, están diciendo mucho de lo que fuimos y no pudimos ser, de ese murmullo extraño que solemos escuchar en el fondo de nuestra cabeza: aquella chorrera de agua de la quebrada donde nos salvamos por un rasguño.

Lo que en otro tiempo fue común, ordinario, simple, elemental, obligatorio, necesario, como correr por los montes, esconderse en las noches, asaltar posiciones, detener una marcha, abrir una lata, llevar la mano de filo al kepis, dar una orden, asaltar la trinchera, evadir el combate, soltar un grito de guerra, es, de la manera en que lo son las uñas o las garras fosilizadas de los dinosaurios, una huella, un arte.

Viendo aquel valle de animales viejos y sedientos, comprendí aún más esa metáfora que se me escapa de las uñas: somos un conjunto de almas en estado fósil que alguien podrá leer dentro de miles de años. Esos hombres, estoy seguro, reconocieron que ambos, unos y otros, fueron héroes en el momento de la batalla, no importa dónde hayan estado.

Cada vez que nos acercamos a lo extinto, a lo vivido, a lo pasado, a lo rastreado, nos volvemos fósiles, criaturas sentenciadas a no repetirnos en aquello que se fue para siempre, pero que a la vez, y como en su naturaleza más contradictoria, quedará grabado en piedra, en el aire, en las musarañas que se juntan en las manchas del sol.

Los guerreros salen enervados por las palabras y los hechos. La tarde enfrió los rescoldos de sopa y calentó los culitos de cerveza, en esa gran contradicción de lo simple en donde las cosas se vuelven distintas e iguales a la vez cuando nadan en la misma agua.

No hubo balas, ni muertos, ni heridos, ni enemigos.

Acaba de abrirse, para ellos, para nosotros, la puerta por donde vienen entrando, con pasos cansados, historias no contadas y una nueva bitácora, la manada de dinosaurios que vuelve de la guerra.

SUBIR
 
 

  


 

 

© Derechos Reservados 2007