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Páginas luminosas:
Octavio Paz,
A propósito del totalitarismo


Octavio Paz, el poeta, ensayista y premio Nóbel mexicano, mantuvo a lo largo de su vida una constante discusión con las izquierdas y con los gobiernos autoritarios del mundo y especialmente de América Latina.

El tiempo se encargó de darle la razón. Y también el tiempo se ha encargado de reeditar esa discusión, y de poner nuevamente en primer plano algunos de sus señalamientos, por ejemplo las contradicciones del régimen cubano, fundado en principios tan oscuros como los mismos que sostenían a los regimenes monárquicos, y que lo hacen prescindir sin ningún problema de la “irracional” y “cambiante” opinión del pueblo.

Presentamos un fragmento del ensayo La Democracia en América Latina , parte del libro Tiempo Nublado , que recoge una serie de publicaciones de principios de los años 80 aparecidas en diferentes periódicos del continente.


Lunes 10 de marzo 2008
Redacción
redaccion@centroamerica21.com

 

 

Octavio Paz

La historia de la democracia latinoamericana no ha sido únicamente la historia de un fracaso. Durante un largo periodo fueron ejemplares las democracias de Uruguay, Chile y Argentina. Las tres, una tras otra, han caído reemplazadas por gobiernos militares. La democracia colombiana incapaz de resolver los problemas sociales, se ha inmovilizado en un formalismo; en cambio, después del régimen militar, la peruana se ha renovado y fortalecido. Pero los ejemplos más alentadores son los de Venezuela y Costa Rica: dos auténticas democracias. El caso de la pequeña Costa Rica, en el corazón de la revoltosa y autoritaria América Central ha sido y es admirable. Para terminar con este rápido resumen: es significativo que la frecuencia de los golpes de estado militares no haya empañado nunca la legitimidad democrática en la conciencia de nuestros pueblos. Su autoridad moral ha sido indiscutible. De ahí que todos los dictadores, invariablemente, al tomar el poder, declaren solamente que su gobierno es interino y que están dispuestos a restaurar las instituciones democráticas apenas lo permitan las circunstancias. Pocas veces cumplen su promesa, es cierto; no importa: lo que me parece revelador y digno de subrayarse es que se sientan obligados a hacerlo. Se trata de un fenómeno capital y sobre cuya significación pocos se han detenido: hasta la segunda mitad del siglo XX nadie se atrevió a poner en duda que la democracia fuese la legitimidad histórica y constitucional de América Latina. Con ella habíamos nacido y, a pesar de los crímenes y las tiranías, la democracia era una suerte de acta de bautismo histórico de nuestros pueblos. Desde hace 25 años, la situación ha cambiado y ese cambio requiere un comentario.

“Explicar no es justificar, ni menos disculpar”

El movimiento de Fidel Castro encendió la imaginación de muchos latinoamericanos, sobretodo estudiantes e intelectuales. Apareció como el heredero de las grandes tradiciones de nuestros pueblos: la independencia y la unidad de América Latina, el antiimperialismo, un programa de reformas sociales radicales y necesarias, la restauración de la democracia. Una a una se han desvanecido estas ilusiones. El proceso de degeneración de la Revolución Cubana ha sido contado varias veces, incluso por aquéllos que participaron en ella directamente, como Carlos Franqui, de modo que no lo repetiré. Anoto únicamente que la desdichada involución del régimen de Castro ha sido el resultado de la combinación de varias circunstancias: la personalidad misma del jefe revolucionario, que es un típico caudillo latinoamericano en la tradición hispano-árabe; la estructura totalitaria del partido comunista cubano, que fue el instrumento político para la imposición forzada del modelo soviético de dominación burocrática; la insensibilidad y la torpe arrogancia de Washington, especialmente durante la primera fase de la Revolución Cubana , antes de que fuese confiscada por la burocracia comunista; y en fin, como en los otros países de América Latina, la debilidad de nuestras tradiciones democráticas. Esto último explica que el régimen, a pesar de que cada día es más palpable su naturaleza despótica y más conocidos los fracasos de su política económica y social, aún conserve parte de su inicial ascendencia entre los jóvenes universitarios y algunos intelectuales. Otros se aferran a estas ilusiones por desesperación. No es racional pero es explicable: la palabra desdicha , en el sentido moral de infortunio y también en el material de suma pobreza, parece que fue invitada para describir la situación de la mayoría de nuestros países. Además, entre los adversarios de Castro se encuentras muchos empeñados en perpetuar esta situación terrible. Enemistades simétricas. No es difícil entender porqué el régimen de Castro goza de algún crédito entre ciertos grupos. Pero explicar no es justificar ni menos disculpar, sobretodo cuando entre los “creyentes” se encuentran escritores, intelectuales y altos funcionarios de gobierno como los de Francia y México. Por su cultura, su información y su inteligencia, estas personas son, ya que no la conciencia de sus pueblos, si sus ojos y sus oídos. Todos ellos, voluntariamente, han escogido no ver lo que sucede en Cuba ni oír las quejas de las víctimas de una dictadora inicua. La actitud de estos grupos y personas no difiere de la de los estalinistas de hace 30 años; algunos, un día se avergonzarán como aquéllos de lo que dijeron y lo que callaron. Por lo demás el fracaso del régimen de Castro es manifiesto e innegable. Es visible en tres aspectos cardinales. El Internacional: Cuba sigue siendo un país dependiente, aunque ahora de la Unión Soviética. El político: los cubanos son menos libres que antes. El económico y social: su población sufre más estrechez y penalidades que hace veinticinco años. La obra de una revolución se mide por las transformaciones que lleva a cabo; entre ellas es capital el cambio de las estructuras económicas. Cuba era un país que se caracterizaba por el monocultivo de azúcar, causa esencial de su dependencia del exterior y de su vulnerabilidad económica y política. Hoy Cuba sigue dependiendo del azúcar.

Las víctimas de la dictadura del proletariado

Durante años y años los intelectuales latinoamericanos y muchos europeos se negaron a escuchar a los desterrados, disidentes y perseguidos cubanos. Pero es imposible tapar el sol con un dedo. Hace apenas unos años sorprendió al mundo la fuga de más de cien mil personas, una cifra enorme si se piensa en la población de la isla. La sorpresa fue mayor cuando vimos a los fugitivos en las pantallas de cine y televisión, no eran burgueses partidarios del viejo régimen ni tampoco disidentes políticos sino gente humilde, hombres y mujeres del pueblo, desesperados y hambrientos. Las autoridades cubanas indicaron que todas esas personas no tenían “problemas políticos” y había algo de verdad en esa declaración: aquélla masa humana no estaba formada por opositores sino por fugitivos . La fuga de los cubanos no fue esencialmente distinta a las fugas de Cambodia y Vietnam y responde a la misma causa. Fue una de las consecuencias sociales y humanas de la implantación de las dictaduras burocráticas que han usurpado el nombre del socialismo. Las víctimas de la “dictadura del proletariado” no son los burgueses sino los proletarios. La fuga de los cien mil, como una súbita escampada, ha disipado las mentiras y las ilusiones que no nos dejaban ver la realidad de Cuba. ¿Por cuánto tiempo? Nuestros contemporáneos aman vivir, como los míticos hiperbóreos, en tinieblas morales e intelectuales.

Castro: absolutismo disfrazado de ciencia, retórica y dialéctica

Ya señalé que las dictaduras latinoamericanas se consideran a sí mismas regímenes internos de excepción. Ninguno de nuestros dictadores, ni los mas osados han negado la legitimidad histórica de la democracia. El primer régimen que se ha atrevido a proclamar una legitimidad distinta ha sido el de Castro. El fundamento de su poder no es la voluntad de la mayoría expresada en el voto libre y secreto sino una concepción, que a pesar de sus pretensiones científicas, tiene cierta analogía con el Mandato del Cielo de la antigua China. Esta concepción, hecha de retazos del marxismo (del verdadero y de los apócrifos) es el credo oficial de la Unión Soviética y de las otras dictaduras. Repetiré la archisabida fórmula: el movimiento general y ascendente de la historia encarna en una clase, el proletariado, que lo entrega a un partido que lo delegada en un comité que lo confía a un jefe. Castro gobierna en nombre de la historia. Como la voluntad divina, la historia es una instancia superior inmune a las erráticas y contradictorias opiniones de las masas. Sería inútil tratar de refutar esta concepción: no es una doctrina sino una creencia, y una creencia encarnada en un partido cuya naturaleza es doble: es una iglesia y es un ejército. El apuro que sentimos ante este nuevo oscurantismo no es esencialmente distinto al que experimentaron nuestros abuelos liberales frente a los ultramontanos de 1800. Los antiguos dogmáticos veían en la monarquía a una institución divina y en el monarca a un elegido del señor; los nuevos ven en el partido a un instrumento de la historia y en sus jefes a sus intérpretes y voceros. Asistimos al regreso del absolutismo, disfrazado de ciencia, historia y dialéctica.

El parecido entre el totalitarismo contemporáneo y el antiguo absolutismo recubre, no obstante, diferencias profundas. No puedo, en este escrito, explorarlas ni detenerme en ellas. Me limitaré a demostrar la central: la autoridad de monarca absoluto se ejercía en nombre de una instancia superior y sobrenatural, Dios; en el totalitarismo, el jefe ejerce la autoridad en nombre de su identificación con el partido, el proletariado y las leyes que rigen el desarrollo histórico. El jefe es la historia universal en persona, el Dios trascendente de los teólogos de los siglos XVI y XVII baja a la tierra y se vuelve “proceso histórico”; a su vez el “proceso histórico” encarna en este o aquél líder: Stalin, Mao y Fidel. El totalitarismo confisca a las formas religiosas, la vacía de su contenido y se recubre con ellas. La democracia moderna había consumado la separación entre la religión y la política; el totalitarismo las vuelve a unir pero invertidas: el contenido de la política del monarca absoluto era religioso; ahora la política es contenido pseudorreligión totalitaria. El puente que conducía de la religión a la política, en los siglos XVI y XVII, era la teología neotomista; el puente que en el siglo XX lleva de la política al totalitarismo es una ideología pseudocientífica que pretende ser una ciencia universal de la historia y de la sociedad. El tema es apasionante pero lo dejo: debo volver al caso particular de América Latina…

Tanto como la pretensión pseudocientífica de esta concepción, es inquietante su carácter antidemocrático. No solo los actos y la política del régimen de Castro son la negación de la democracia: también son los principios mismos en que se funda. En este sentido la dictadura burocrática cubana es una verdadera novedad histórica en nuestro continente: con ella comienza, no el socialismo sino una “legitimidad revolucionaria” que se propone desplazar a la legitimidad histórica de la democracia. Así se ha roto la tradición que fundó a la América Latina.

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