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Si me pidieras ir a la guerra te diría: mejor cumbia.

Los niños suben a la loma más alta, desde donde se divisa la planicie del norte, uno se llama Camilo, y sólo lleva una 45 tipo Commander, el segundo, Hernán y después estoy yo, que soy el tercero pues no hay más, llevamos M-16 con cargador de veinte tiros y bolsos remendados con parque a granel.

Nadie nos ha explicado cómo vamos a poder meter los tiros en el pequeño cargador cuando acabemos la primera descarga bajo el fuego enemigo, de todos modos esa palabra “fuego” se parece mucho al “juego”, que los tres muchachos entienden mucho mejor.




Lunes 10 de marzo 2008
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

Dicen, según el informe recibido, que allá abajo avanza una compañía enemiga, son más, ya se sabe, no nos han dicho lo mucho que son para que no nos asustemos, ustedes deberían saberlo, somos muy chicos, casi niños, aunque no reparamos en ello.

Alguien dijo que el batallón enemigo avanza en varias direcciones y que ahí, donde nos han enviado, con seguridad no habrá guerra, se trata sólo de una prueba, para que experimentemos la soledad de los montes y la lejanía por donde se mueve el enemigo que aún no vemos, y que como se nos ha explicado quizá nunca veamos.

Muchas de las cosas que se nos dicen hoy día son una mentira, pero no dimensionamos el poder de las mentiras de los que nos mandan. Hemos decidido tomarnos a pecho la película, como algunos policías que sienten trepar por las paredes como el Hombre Araña en busca de criminales, nosotros buscamos soldados. Otra gran mentira: son ellos los que nos buscan y nosotros estamos ahí literalmente fritos.

Camilo es el más alto de los tres, de cabellos rubios, ojos claros y boca con dientes gruesos y salidos, suele reír con vocación suicida, Hernán es flaco, de piernas un poco abiertas y la quijada inferior salida, como si le faltara una ringlera de dientes, siempre anda cantando algo de Madona, yo me veo de cabellos hirsutos, nariz gruesa y larga, ojos achinados y mirada contra el gobierno.

Si alguien de ustedes decide pasar en este momento por la trinchera, porque hay una de casi cuatro metros donde nos hemos apostado, pero como les digo, si alguien pasa y nos ve, sentiría lástima. Esos muchachos no pueden ser guerrilleros diría cualquiera. Nadie hace una guerra con esa cara, ese cuerpo y esos pertrechos de caricatura, ni con esos sueños del color de los girasoles.

Quizá tengan razón, nadie hace una guerra en semejantes condiciones, pero sí puede ejecutar un suicidio, o un homicidio, dependiendo de la posición en que se vea. He dicho que fuimos enviados ahí, si hubiésemos podido decidir, con seguridad hubiéramos pedido ir a bailar cumbias.

La mañana nos calienta la piel, no hay más que un árbol seco y descascarado a nuestras espaldas que huele a papel quemado, ese es el otro punto de peligro: no tenemos cómo cubrirnos por ese lado, y viéndolo bien no tenemos cómo cubrirnos hacia ningún lado, ni la trinchera puede considerarse un lugar seguro, si llegara a aparecer un helicóptero, el mismo piloto nos tomará del pelo o nos enterrará ahí, es una tumba.

Si quieres hacer una guerra debes partir del hecho que tu mundo es una mentira. Si comienzas a cuestionarlo todo, a esperar las respuestas que nunca llegarán, terminarás huyendo o con un balazo en la frente. Estamos demasiado lejos del resto de la gente, casi dos kilómetros y sin una idea táctica acerca de cómo responder. Somos el cómic de James Dean, aunque se supone que nosotros tiramos balas y no piedras.

Llevamos cuatro horas aplastados en aquella loma. En dos o tres ocasiones hemos ido a orinar o a poner una mina, de esas que no matan pero apestan. Casi se nos terminó el agua y de comida, ni hablar, debemos esperar el cuento de que a eso de las doce llegue otro niño como nosotros a dejar un par de tortillas y un cuchumbo con frijoles.

Como estamos solos nos podemos burlar de los comisarios políticos. Esos hijos de puta sí saben mentir. Nosotros queremos un pedazo de carne y una cocacola bien fría. Camilo prefiere las hamburguesas, no se cansa de decirlo y Hernán habla mucho de beber leche con pan dulce. A mí ni me pregunten que soy un ambicioso de naturaleza bíblica, como los dioses: lo deseo todo.

Cuando los obuses comienzan a batir la zona y los zumbidos se estiran sobre nuestras cabezas como aullidos de coyote, nos damos cuenta que ahora hay un pretexto muy grande a nuestra retaguardia para no traernos comida, si salimos vivos lograremos hacer la cena acompañados por un par de guitarras.

Son casi las doce, y si ustedes me pidieran un poco de honestidad, sabrían que ese día fue demasiado largo para poder contarlo todo.

El sol acaba de ponerse sobre nuestros hombros como una maleta donde hierven las balas y los cañonazos. Nunca vi un sol tan hijo de puta y primoroso a la vez, sé que una mujer hermosa está ahora mismo en una playa calentándose las nalgas en un bonito bikini rosa y uno, a esa edad, o a cualquier edad, si es macho, no puede evitar pensar ¡qué rico!

No conozco el mar, dijo Hernán. Yo le expliqué que no se perdía de nada, que era como estar ahí donde estábamos ahora, solo que sin el enemigo al acecho y sin esos feos fusiles de guardamano amarrado con trapos que nos mandaron los vietnamitas. Camilo dijo que era falso, el mar es bonito, habla y canta, aunque si de mí dependiera lo querría dulce y no tan salado, aseguró.

Las balas comenzaron a tronar en todos lados, en cada momento observábamos a un lado y otro pero no teníamos ni idea de qué era ese mar de explosiones.

Camilo soltó la 45 y cayó al suelo tomándose del cuello, de su boca salía mucha saliva espumosa. Hernán y yo nos vimos las caras: Nos estaban matando y sin haber tirado un tiro.

Pero no había sangre, ni una gota, sin embargo Camilo seguía retorciéndose en el suelo, como gato panza arriba. Yo me acerqué mientras Hernán seguía atento al fuego enemigo.

Camilo logró articular una palabra: Avispa, dijo. Te comiste una avispa, le dije. Él asintió. Hernán comenzó a reírse abrazado al fusil. Yo había dejado el mío tirado. No teníamos control de nada. O sea, para que vean el cuadro: éramos niños muertos. Un montón, pero montón de soldados venía subiendo la loma y nosotros luchando contra una avispa, qué hijos de su mamá.

Los morteros comenzaron a caer más cerca, a metros de la trinchera, el polvo de la tarde, porque ni cuenta nos habíamos dado que el sol se estaba marchando, se veía rojo.

Cuando Camilo logró hablar un poco mejor nos explicó que la avispa lo había picado dentro de la garganta, antes de llegar al estómago. Que hija de la gran puta, ese es trabajo del enemigo, dijo Hernán imitando a uno de los comisarios políticos.

Sin que nadie nos llegara a avisar, porque no teníamos ni radio, y además era como si nadie nos esperara en ningún lugar, como si alguien quería deshacerse de nosotros, comprendimos que debíamos retirarnos de ahí. Eran demasiados soldados para nosotros y era mejor ni avisarles que ahí estábamos.

Hacia abajo se ven las tres camisas hechas bomba de los tres niños que corren, sus armas no parecen armas, sino pedazos de palo, de trapo. Y qué sabe el burro de besos o de ir a misa.

A Camilo lo encontré en una plaza, hace un año, sigue riendo igual que como entonces, la guerra no le pudo arrebatar la capacidad del escándalo, siempre hace gestos enormes para describir las emboscadas de las que logramos salir. Esa vez me dijo: Allá nos hicimos hombres, viejo, éramos unos niños chorreados que solo a un loco se le pudo haber ocurrido mandar a morir, y se le salieron las lágrimas. No chille que estamos vivos, le dije con los mocos aflojados. Y que conste: no habíamos bebido ni una pizca de cerveza.

A Hernán lo seguimos recordando. Saben ustedes, lo fusilaron, dicen que porque era “trabajo del enemigo”, así se le decía entonces a los que no pensaban como el mando o como los orejas, porque nosotros también teníamos orejas, y eran unos cabrones, como todos los orejas del mundo. Era un muchacho, creo que no había cumplido los dieciocho cuando los compas de las FPL lo llevaron al paredón, no puedo evitar recordarlo cuando oigo la voz de Madona.

Ahora se supone que entiendo mejor el valor de las mentiras de las guerras, siento aquí adentro una duda profunda de lo que me dijeron de él, no me importa si fue cierto o no, yo vivo de la intuición que nace de esta alma retorcida y calada que se me escurre en la venas.

Sé que cuando un muchacho se sienta a tu lado y espera la muerte entre risas y juegos, entre sueños y pedos, entre el aburrimiento hostigante del viento y el sol, entre el hambre y la sed, y ese día lo ves repetido una y otras vez, hasta que curtes tu piel y te vuelves maldito, debes recordarlo hasta el día en que tú tampoco estés en estas noches en las que ya no sabes ni qué eres ni qué esperas para ir por fin a conversar con la bruja que imita la voz de los sapos.

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