El 7 de noviembre de 1977 más de diez mil campesinos pobres marcharon en protesta por las calles de San Salvador. Se encaminaron hacia el Ministerio de Agricultura y Ganadería, el cual ocuparon y mantuvieron bajo su control durante tres días, aun bajo el asedio de un nutrido y agresivo cerco policial.
En los dos años siguientes ese tipo de movilizaciones populares, organizadas por el Bloque Popular Revolucionario (BPR), no solo se multiplicaron y se diversificaron en constantes tomas de tierras, fábricas, escuelas, iglesias, ministerios y embajadas, sino que fácilmente convocaban a cincuenta mil manifestantes dispuestos a enfrentarse a los fusiles y las tanquetas de los cuerpos de seguridad.
La dinámica de protesta y represión entró en una franca espiral ascendente, y así como en cada movilización había enfrentamientos y cada vez más muertos, en los días siguientes también había en las calles más manifestantes progresivamente radicalizados.
Cayetano Carpio seguramente estaba desconcertado: aquella organización que había fundado en absoluta clandestinidad, con solo siete compañeros, comenzaba a ser un vigoroso río humano en las ciudades y el campo. Pero era evidente que el número anulaba la calidad, por lo menos en lo que hacía a la identidad de clase y a la filiación ideológica que de ella se desprendía.
Lunes 10 de marzo 2008
Geovani Galeas
(Sexta parte)
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Las FPL entraron entonces en un proceso contradictorio: su dirección estratégica planteaba, en el marco de la concepción de la guerra popular prolongada, un camino hacia el socialismo que pasaba, primero, por la derrota del ejército local, y luego por enfrentar una “inevitable invasión del imperialismo norteamericano”; ello suponía, en el diseño de Carpio, la construcción de un partido marxista-leninista en la vanguardia, un frente de masas popular revolucionario, “con hegemonía proletaria”, y un ejército guerrillero.
Se trataba de un largo proceso eslabonado hacia la toma del poder que, bajo el criterio de avanzar de lo simple a lo complejo, no dejaba lugar al salto de etapas. Sin embargo, en la realidad, la dinámica desatada por la laucha de masas y la consecuente crisis política y social, estaba abriendo una clara coyuntura de poder para el movimiento revolucionario en su conjunto.
La pureza o la victoria
Hacia 1979 la situación del régimen militar, que no ofrecía otra alternativa que no fuera la represión, era ya insostenible. Había cuatro organizaciones guerrilleras fortalecidas (FPL, ERP, RN y PRTC), cada una con su respectivo movimiento de masas, y el partido comunista, hasta ese momento reacio a la lucha armada, estaba a punto de sumarse a la misma.
En esas circunstancias la posibilidad de una victoria revolucionaria se volvió factible, solo que exigía la unidad de toda la izquierda dispersa. Pero Cayetano Carpio no estaba dispuesto ni a la unidad ni a la victoria a cualquier precio. Para él, esa unidad pasaba necesariamente porque los aliados aceptaran sin condiciones la hegemonía de la línea política e ideológica de su organización. En 1990 Facundo Guardado, entonces comandante de las FPL, se lo explicaba autocríticamente Marta Harnecker:
“El mal del sectarismo y del radicalismo las FPL lo llevaba en la sangre desde su nacimiento. Considerábamos que solo era revolucionario quien estaba en la línea proletaria, en la línea marxista-leninista (...) quien no esté por eso no tiene cabida en nuestro proyecto, y si quiere caminar con nosotros que vaya a remolque por las buenas o por las malas (...) Partíamos solo de nuestro interés como organización, ignorábamos por completo el interés de otras fuerzas, de las otras organizaciones y de aquellos medianos y pequeños empresarios y elementos democráticos”.
En la misma entrevista, el también comandante de las FPL Atilio Montalvo profundiza sobre ese sobre ese tema, y explica que el debate sostenido por Carpio y sus seguidores dentro de las filas del partido comunista, en torno a las posiciones reformistas y electoralistas del mismo, “Fue el caldo de cultivo del pensamiento sectario y opuesto y opuesto a toda forma de lucha electoral, parlamentaria, que caracterizó a toda nuestra militancia, y generó en la organización poca capacidad para analizar y actuar tomando en cuenta el factor político”. Y continúa:
“Se bloqueó así nuestra capacidad creadora y se asentó un pensamiento dogmático basado en esquemas, en fórmulas y en recetas que caracterizó nuestra conducción durante muchos años y en el cual fue educada nuestra militancia. Aquel militante que profundizara en este campo y tomara iniciativas en el acercamiento a otras fuerzas tipificadas como pequeñoburguesas, electoreras o revisionistas, era vapuleado a través de la crítica, o era tildado de pequeñoburgués y visto con malos ojos. Esta profunda debilidad de Marcial, (Cayetano Carpio), al oponerse a la lucha política le generó grandes problemas”.
Cuando la crisis del régimen estalló, con el golpe de estado en octubre de 1979, la izquierda dispersa no pudo aprovechar la coyuntura a su favor, pero puso en mayor evidencia la necesidad de la unidad por encima de los intereses sectarios. Para ese momento, los cuadros que habían ingresado a las FPL durante la corta primavera anti dogmatica protagonizada por Felipe Peña entre el 74 y el 76, constituían ya casi toda la dirigencia intermedia de las FPL. Eran bastante jóvenes y muy poco tenían que ver con los antiguos litigios doctrinarios de Carpio; además no eran marxistas-leninistas sino, en su mayoría, cristianos radicalizados por la teología de la liberación.
Dentro de las FPL volvió a abrirse el debate, pero ya Carpio y sus seguidores más cercanos estaban en franca minoría. Gerson Martínez lo deja ver con claridad en una de sus declaraciones a la Harnecker:
“Es entrado ya el año ochenta cuando las FPL afirman que guerra prolongada no significa guerra interminable, que el carácter dilatado que puede abarcar un proceso liberador no es decisión de los revolucionarios, sino una determinación marcada por el desarrollo y posibilidades de la situación, y que en nuestro país la extensión de la guerra estaría determinada por la resistencia ofrecida por la dictadura y el imperialismo al empuje revolucionario. Se concluye que su carácter prolongado no puede elevarse a rango teórico-doctrinario como algo obligado o deseable”.
Con ese viraje en la concepción estratégica de las FPL se hacía posible la unidad de toda la izquierda revolucionaria, y la alianza de esta con los sectores democráticos, pero Cayetano Carpio, aunque lo intentara, ya no estaba en condiciones de hegemonizar ese nuevo proceso.
(Continuará)
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