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Guión para un asesinato en semana santa
El hombre que camina descalzo, jeans roídos y cabellos largos despeinados anduvo diciendo toda la semana pasada que era el hijo de no sé qué dios. Ahora varios hombres le apuntan con sus armas por la espalda y le susurran al oído una ensarta de amenazas mientras lo llevan a la delegación policial.
Lunes 17 de marzo 2008
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Son las diez de la noche y está demasiado oscuro para que alguien pueda ver algo, salvo nosotros que agazapados nos quedamos tras unos matorrales.
Nadie es el hijo de dios en estos días, nadie, dice el más viejo de los hombres, un tipo de gruesos bigotes que asegura ser el engendro no reconocido del príncipe de la canción, José José. Uno de sus acompañantes sonríe apenas, algo que puedes inferir en sus dientes pelados y blancos que nadan entre las sombras como aletas de tiburón.
De la playa, que está muy cerca, llegan los ecos del reguetón, los gritos de las muchachas y los chicos que corren por las arenas y que sacuden las cinturas al ritmo de un chiquitonton chiquitonton. El hijo del cantante se queja de no haber podido beberse un trago en tres noches, y todo por haber andando detrás de ese maldito bandido megalómano.
Y si dios es tu padre, quién es tu puta madre, pregunta el de la sonrisa sigilosa. El criminal no responde, entre los abundantes colochos de sus cabellos saltan unos ojos trémulos que pueden con más palabras que las esperadas. Un culatazo le saca un pujido, pero no lo derriba.
No hables con él, ordena el hijo de José José. Ahora ya sabemos, por su tono y el uniforme, que es el jefe de los cinco hombres armados, contados uno a uno por nosotros.
A menos de doscientos metros está una iglesia, las campanas estuvieron repicando más de lo acostumbrado. El ruido del mar se llevó el sonido hacia sus profundidades ya que a nadie pareció importarle el llamado.
A la misa de las seis no llegó nadie, sólo el cura y tres de sus ayudantes. Los cuatro han acabado por beberse todo el vino de la eucaristía, por orden del mismo cura. La decepción nada en sus rostros como barcos luego de una tempestad o de un fuerte cañoneo lanzado por un puñado de bucaneros.
La nave de la iglesia no mide más de cincuenta metros de largo y de ancho quizá unos treinta. Las bancas de madera brillan debido a que uno de los ayudantes del cura se pasó toda la tarde restregando un trapo con aceite.
Una hora después, los hombres de dios están diligentemente borrachos, el más joven se tambalea y mira hacia las alturas, de donde ve venir en picada a los santos y al mismo hombre desnudo que yace en la cruz.
Nadie regresará a las iglesias si el mesías no aparece, dijo el cura con voz aguada. Uno de sus ayudantes lo mira y le sentencia: Además hay que matarlo, porque no hay semana santa sin hijo de dios que no esté muerto, de lo contrario mejor que ni venga.
El cura y los otros dos muchachos lo miran con admiración. Ve tú por más vino a la despensa, dice el cura al más sobrio y le da la llave de la bodega. Después se vuelve hacia el profeta y le pregunta: Deberías escribirlo. No joda, padre, que no se da cuenta, ya nadie cree en nosotros, no voy a perder el tiempo en escribir sobre muertos. Así se escribieron los santos evangelios, y si es necesario reescribirlos para que la iglesia no muera, lo haremos, dijo el cura.
Dos muchachos corren desnudos hacia las espumas del mar, se sumergen como espadas en el fuego. El hijo de José José ordena a los otros que se detengan. Quiere fisgonear hasta ver qué es lo que harán, como si fuera un misterio.
Míralos, dice, son unos bandidos y nosotros aquí, perdiendo el tiempo con este degenerado hijo de dios sabe qué dios. El siempre presente hombre de la sonrisa diabólica encaja otro culatazo en el abdomen del criminal, esta vez lo hace caer de rodillas.
Repite esto: Mi padre es un dios. Todos se ponen a reír, sus carcajadas grotescas son levantadas por el céfiro que las revuelve con las minúsculas gotas que también le arranca a olas que ahora sacuden con mayor fuerza las orillas de la playa.
El criminal abre la boca y les dice: Ron. El hijo de José José se ha quedado viendo hacia adentro del mar, sus botas están enterradas en la arena, no ha escuchado la palabra del imputado. Lo ve, es un reo confeso, dice el mismo tipo de la sonrisa. Deberíamos darle un tiro y nos largamos de una vez, dice otro.
Un grupo de mujeres, algunas desnudas y otras en trajes de baño muy pequeños, pasan corriendo y dando de gritos, en sus manos asoma el resplandor de las botellas de sus cervezas. Al verlos ahí mediocremente pintados con sus armas mohosas, se van dando carcajadas al viento.
El bullicio de las mujeres llega hasta las bancas donde el cura y los ayudantes han terminado la cuarta botella de vino y han comenzado a bajar el nivel de una pata de elefante con vodka. El cura le da un codazo a uno de sus ayudantes y con un gesto le señala la bandada de mujeres que pasan con ese sentido de la rumba que ninguno de ellos ha bailado jamás. Todos se ponen de pie, lanzas besos y arman una silbatina que se escucha más que las campanas de hace un rato.
El hijo no reconocido del príncipe de la canción está molesto, todo mundo en fiesta y él ahí, a media playa, cuidando a ese bandido asqueroso. Uno de sus gendarmes repite la frase: Le metemos un tiro, es todo.
Los gendarmes arrastran al criminal en dirección de un farol, el único que prende en más de tres kilómetros en dirección de la playa. Cuando están frente a la iglesia, el cura y sus ayudantes les observan con detenimiento.
Es el cura quien se pone de pie y se acerca para preguntar: Qué delito ha cometido, señor gendarme. La pata de elefante con vodka cuelga de una de sus manos. El hijo de José José responde: Dice que es el hijo de no sé que dios.
El cura suelta la pata de elefante con indignación, toma al imputado de los cabellos, lo levanta, acerca su rostro y le dice: Hijo de puta, blasfemo, deberían de meterte a la cárcel. No ha terminado de soltar su maldición cuando sus ayudantes le rodean muy cerca.
El ayudante del cura que ha hablado de la necesidad de un muerto en semana santa, le jala de la manga de la sotana y ante la mirada interrogante de los gendarmes y de los otros ayudantes, le dice al oído: Necesitamos un muerto, no se olvide, padre.
Los ojos ensangrentados del cura se vuelven, primero al hijo de José José y luego al imputado y le suelta una andanada de escupidas, después le dice: No, en verdad te mereces un tiro. Sus ayudantes los imitan, después rascan con sus manos en las arenas en busca de piedras, pero no las hay, ya se sabe, entonces le lanzan puñadas de arena en el rostro que le hieren los ojos, los maldicen, el cura levanta su botella de vodka y repite muy cerca: Hijo de puta, deberían darte un tiro.
Los gendarmes levantan al imputado a puras patadas y culatazos y lo llevan fuera del alcance de la luz y de aquellos locos que están más locos que ellos, la voz del cura se escucha clara a sus espaldas: Necesitamos un muerto.
El cura y los ayudantes hacen un círculo y se sientan en las arenas para dar muerte a la pata de elefante de vodka.
Las mujeres de la caravana lujuriosa están ahora completamente desnudas, son unas veinte quizá. Con sus sonrisas juguetonas y las manos alzadas llaman a los gendarmes.
De lo que nos estamos perdiendo, por este hijo de puta, con un tiro es suficiente, dice el de la sonrisa de tiburón.
El imputado parece haberse decidido a hablar, y lo hace: Deben quitarme la ropa, darme de latigazos, clavarme en una cruz y meterme una lanza en el costado, sólo así se puede cumplir la profecía.
Los gendarmes se quedan estupefactos viendo a la piltrafa humana que está hincada frente a ellos.
Hace dos mil años que las cruces pasaron de moda, dice el hijo de José José. Las cinco armas corren los cerrojos, los cañones apuntan hacia el pecho del hombre que ahora abre sus brazos con calma para esperar la descarga.
Las balas se escuchan con claridad hasta la iglesia y más allá.
La orgía de cinco gendarmes y unas veinte mujeres apenas comienza. Son las doce de la noche, no hay lluvia, ni cruz. Y como os he advertido esto sólo es el guión de un crimen común de semana santa.
El hijo de quién sabe qué dios, sonríe satisfecho antes de expirar, su evangelio de corte policial habla de que su muerte será llevada a cabo en una playa, por la noche, que antes será escupido por un cura y tres ayudantes, le lanzaran arena en el rostro, que será ejecutado por cinco hombres, con armas de fuego, bajo una luna menguante y al son de una fiesta de veinte mujeres y sus asesinos, en la era del reguetón. |