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¿Violentas turbas divinas?

A principios de los años ochenta se tomaban las calles cotidianamente, armados con piedras y palos y agitando banderas revolucionarias. Proferían insultos, amenazas, y no pocas veces destruían las casas y los autos a los “enemigos de la revolución”, a quienes, además, propinaban linchamientos multitudinarios. Las víctimas eran curas, empresarios, académicos, periodistas y, en general, activistas de movimientos sociales y políticos no afines al primer gobierno del Frente Sandinista.

Lunes 14 de mayo, 2007
Geovani Galeas // Director Centroamérica 21
ggaleas@centroamerica21.com

“¡El que no salte es contra!”, vociferaban y había que saltar. “¡Comandancia General… ordene!”, y había que ejecutar la orden de Daniel Ortega, de Tomás Borge o Bayardo Arce. No había disenso que no fuera acallado de inmediato por esas masas civiles en permanente pie de guerra. “Turbas depredadoras”, les llamó el cardenal Obando y Bravo. Y entonces vino la respuesta de Tomás Borge: “Son turbas, si, pero turbas divinas que ejercen el sagrado derecho a defender las conquistas revolucionarias, y ejecutan la justicia popular”.

No era un movimiento espontáneo. “Las turbas divinas” tenían base en una organización celular de delatores y matones que funcionaba en cada barrio de Managua, y que era dirigida por Tomás Borge desde el ministerio de Gobernación. Su objetivo era el acoso permanente y la intimidación de los adversarios políticos, o de los sospechosos de serlo. Con la venia de la Comandancia General estaban, por supuesto, por encima de la ley.

Todos los que en aquél tiempo fuimos militantes del FMLN y cumplimos misiones diversas en Nicaragua conocemos perfectamente, y en detalle, esa historia. Y sabemos que el hartazgo y el temor provocado por esas turbas violentas, organizadas, financiadas y azuzadas por la Comandancia General sandinista, fue una de las causas, entre muchas otras, que determinaron la debacle del sandinismo en su primer desafío electoral.

Hoy y aquí, en El Salvador, la cosa es distinta pero es igual, como dice una famosa canción de Silvio Rodríguez. Turbas de encapuchados matones se enseñorean de las calles al menor pretexto, insultan y amenazan, agreden con piedras y palos, saquean establecimientos comerciales, destrozan edificios públicos (incluyendo, por Dios, el Teatro Nacional y la Biblioteca Nacional), e incendian autos de los medios informativos y de particulares.

Pero hay sectores políticos que no ven vandalismo alguno en estas actividades, sino “la justa expresión del descontento popular, a la cual, además, tenemos la obligación histórica de respaldar”. Y claro, esos violentos encapuchados tampoco son delincuentes, sino “miembros del movimiento social popular”, son “humildes vendedores ambulantes espoleados por la necesidad de mantener a sus familias”; son “jóvenes universitarios que han tomado conciencia de la injusta realidad nacional”.

Ningún descontento con el actual gobierno, incluso si fuera perfectamente fundado, justifica la acción delincuencial que los vendedores ambulantes realizaron el pasado sábado en el centro capitalino, como ninguna reivindicación política justifica el cobarde asesinato cometido contra dos policías, el pasado 5 de julio, por un francotirador ligado a estructuras farabundistas.

Frente a esos hechos no caben las posturas ambiguas.

El FMLN ha dicho públicamente que el principal escenario de su lucha ya no será la Asamblea Legislativa sino la calle. En esas actividades de protesta callejera, por ejemplo en la reciente manifestación del primero de mayo, abundan los encapuchados gritones, amenazadores y tirapiedras. ¿Son estos últimos distintos a los que actuaron el sábado en el centro? ¿En qué se diferencian? ¿Pertenecen los vándalos del sábado al flamante Bloque Popular Social que dirige la dirigente farabundista Guadalupe Erazo?

El diccionario distingue perfectamente entre las siguientes tres nociones: revolucionario, palabra que funde al intelectual y al hombre de acción; rebelde, palabra ligada al temperamento y relacionada al alzamiento individual, desinteresado y generoso; y revoltoso, palabra cercana a la intriga, la insidia, la vagancia y aun la delincuencia. Al FMLN no le haría mal revisar las diferencias entre esos tres términos, y definir su proximidad o lejanía con cualquiera de ellos. (Al cierre de la edición)

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