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Los Radicales

Una izquierda radical sólo sería violenta mientras hubiera motivos para la violencia (como lo llegó a haber en El Salvador desde finales de los años setenta, y como la hubo, más allá de la izquierda organizada, en 1932), una necesidad que no sería decretada por la izquierda sino por la realidad en la que se mueva.

Lunes 14 de mayo, 2007
Rafael Menjivar Ochoa
redaccion@centroamerica21.com

RAFAEL MENJIVAR

Un Existe la tendencia a considerar que una línea política radical equivale a un accionar violento –real o potencial–, y este radicalismo casi siempre se atribuye a las fuerzas de la izquierda, incluso las institucionales o institucionalizadas.

Más que una tendencia se trataría de un error, y bastaría para empezar con recurrir a la etimología. “Radical” proviene del latín radix, “raíz”. En sentido figurado –el único posible cuando se habla de política–, una ideología radical sería aquélla que partiera desde las raíces de la realidad social, económica y política con el objetivo de modificar “el árbol” y sus partes desde lo más profundo.

Si llegamos a los fundadores de la izquierda científica, Marx y Engels, encontramos hasta qué punto el término tiene sentido. En El proceso de transformación del mono en hombre, en su afán por entender las relaciones sociales, Engels llegó ni más ni menos que al origen biológico de los humanos. Tal fue su acierto que no sólo dio fuertes aportes a la filosofía, sino también a las ciencias naturales, y muchos de sus planteamientos en ambos rubros siguen vigentes, haya caído el socialismo real o lo que se cayera en Europa en los años noventa.

Una teoría radical –en la que debería basarse una práctica política radical, y no necesariamente violenta– implicaría la búsqueda de las causas primeras, o llegar tan cerca de ellas como fuera posible. Se precisaría de la creación de una andamiaje teórico en el cual sustentar no sólo un pensamiento, sino también una estrategia de acción, y la acción misma. Lenin cumplió con ese papel en la Rusia de principios del siglo XX y llevó, se lea como se lea, una transformación radical a su sociedad. (La imitación mecánica y la dogmatización llevaron a otras sociedades y a otros luchadores “radicales” a ser caricaturas de lo que Lenin planteaba.)

Una izquierda radical sólo sería violenta mientras hubiera motivos para la violencia (como lo llegó a haber en El Salvador desde finales de los años setenta, y como la hubo, más allá de la izquierda organizada, en 1932), una necesidad que no sería decretada por la izquierda sino por la realidad en la que se mueva. Y esa eventual violencia, o cualquier otro modo de hacer política (parlamentarismo, sociedad civil, etcétera), debería partir no sólo de una convicción ideológica, por profunda que fuera, sino también de un aparato teórico, un proyecto alterno, propio y viable de nación y un plan de acción de largo plazo.

Pero no sólo necesitaría de teoría y planes de acción, sino de lo que la ha caracterizado desde siempre, o debería: una posición de clase y una concepción de trabajo –no sólo de empleo–, en tanto éste es el generador de la riqueza, y la posición de clase depende del lado del proceso productivo en que se encuentre cada quién. Además, se requiere de la organización, con fines comunes, de los sectores sociales que sostienen a la izquierda, y que serían la razón de sus organizaciones.

¿Puede plantearse que existe una izquierda radical en El Salvador? Difícilmente, aunque en lo declaratorio tanto la izquierda como la derecha traten de convencer a los demás –y en especial a sí mismas– de que así es, y de que en más de una ocasión se haya recurrido a la violencia extrema para demostrarlo.

El radicalismo requiere de una comprensión literalmente profunda del entorno, un conocimiento de la historia, un aparato teórico bien estructurado, un aparato organizativo poderoso, y todo ello con miras mucho más lejanas y profundas que el próximo periodo electoral. Sin todo ello, las palabras son sólo palabras, las acciones se agotan en sí mismas y “ser de izquierda” apenas pasará de ser un status, un estigma o un eufemismo.
O quizá la historia ha avanzado tanto que “ser de izquierda” ya es otra cosa, y el diccionario se nos ha quedado obsoleto.

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