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Contrabando y traición
Yo prefiero un corrido de mafiosos que de zapatistas. No me gusta la guerrilla de la web que esgrime
fusiles de palo. O cantas o haces una guerra, o cantas o robas,
o cantas o matas. Yo canto, y como dijo aquél, mi mal espanto.
Lunes 14 mayo 2007
Berne Ayaláh
redaccion@centroamerica21.com
Los dos grandes éxitos musicales que mi hermano
me hizo escuchar con tremendo entusiasmo fueron La Banda del Carro
Rojo, en la interpretación de Los Tigres del Norte, y Fausto,
en la voz del cara de loco William Finley. Ambos eran temas centrales
de dos películas de los años setentas.
Los cines se llenaban de muchachos que las veían una y otra
vez, en el cine Central, la del corrido, y en el Majestic, El fantasma
del Paraíso, del director Brian de Palma.
En la ciudad de Puebla, México, iba a realizarse una actividad
de curas católicos y no sé que vainas de la Teología
de la Liberación. Mi hermano, que era catequista, aprovechó
esa excursión para huir de la masacre y se fue del país.
Una vez en Puebla se escapó, lo suyo era el corrido. Yo me
fui a la guerra y no lo vi más.
Contrabando y Traición, interpretada por Los Tigres del Norte,
me cautivó desde la primera vez. Su historia, el quiebre
del verso y la música tenían algo. Además me
recordaba a mi hermano ausente que para entonces ya estaba en los
barrios calientes de Tijuana.
En el año de 1972 el finado José Napoleón Duarte
andaba con pretension es de ser presidente de este famélico
país, la violencia política era el centro de nuestras
noticias, los muchachos viajábamos en las parrillas de los
autobuses entre canastos con gallinas indias y redes de elotes,
y para variar, una pareja de guardias te ponía a pedir cacao
en dos segundos.
El tipo ni ganó ni nada, lo único que obtuvo fue que
los militares le pegaran una garroteada de padre y señor
nuestro (buen corrido, aunque corto).
El coronel Arturo Armando Molina se coronó presidente. Recuerdo
que durante su mandato yo estudiaba en la escuela John F. Kennedy.
Por orden del Ministerio de Educación, un grupo de chiquillos
fuimos escogidos para ir a una recepción con el presidente
en el Palacio Nacional.
Nos regalaron un par de libretas y un lápiz Mongol. Yo salí
en una foto del periódico, con la cabeza rapada, imagínese
usted, mi padre comunista y yo dándole la mano al coronel.
Tremendo corrido.
El canto de Los Tigres del Norte sopló entonces con el estilo
agudo de la Sierra Madre Occidental. En ese mismo año sacudieron
los escenarios y la radio con un ritmo de polca al son de un acordeón.
Contrabando y traición, qué buena onda, eso sí
me cuadraba.
Desde que hay fronteras hay contrabandistas, con ellos llegó
el musicón que nos cuenta sus peripecias y las de la poli,
sus historias no oficiales, donde ellos son los héroes y
no las autoridades.
Dicen los que saben, que quizá el primer narcocorrido que
se grabó fue en Texas, El Contrabandista, de Juan Gaitán.
Vaya usted a saber, lo que sí es cierto es que las canciones
que hablan de los asuntos prohibidos convocan los ánimos
del hombre común y han sido cantados desde tiempos ancestrales.
Homero no escapó a la tentación de los mirmidones
y su despiadado rey. Silvio Rodríguez que no canta corridos
bien dice por ahí que en lo prohibido brilla toda la tentación
y que el buen ladrón quisiera no tener que robar.
Bueno y eso que no vamos a detenernos en los contrabandistas de
la época de Pancho Villa. También ellos tuvieron sus
corridos chingones de la revolución, de carabinas y combates,
donde la copla española fue una de sus influencias.
No sólo la guerrilla de Colombia ha tenido vínculos
con las historias del bajo mundo, todas las revoluciones las han
tenido, la francesa y la de Lenin se mezclaron con las transas de
contrabando y traición.
Los Torogoces de Morazán, el grupo salvadoreño que
nació en las montañas del oriente de El Salvador,
compuso corridos revolucionarios. Una de las historias mejor logradas
es la batalla de San Felipe, que habla de una de las operaciones
más exitosas de los carnales de la Brigada Rafael Arce Zablah.
Uno huele la pólvora quemada y te pica la piel cuando llega
el rumor: y se escuchaba en el campo de batalla, el tableteo de
dos ametralladoras, que un teniente y un sargento disparaban, por
detener a nuestro pueblo en avanzada, un proyectil del fuego revolucionario
dio en el blanco y las dos fueron silenciadas.
Me he quedado largas horas escuchando, escribiendo y cantando el
corrido del Caballo Blanco, del poeta José Alfredo Jiménez.
Sus versos poseen la magia de un mundo distante al que él
le cantó, pero idéntico en su condición al
de hoy.
Muchos de los parajes de los que el poeta habla, son los que mojados
y coyotes caminan hoy día, en las rutas del Pacífico.
Cuando has andado de contrabando en aquellas tierras, la carne se
te pone de gallina cuando escuchas: A paso más lento llegó
hasta Escuinapa, y por Culiacán ya se andaba quedando, cuentan
que en Los Mochis ya se iba cayendo, que llevaba todo el hocico
sangrando.
Cuando andas de bandido y de pronto escuchas una tonada así
de perfecta, ahí cerca, en una cantina, le entras al fresco
y te dan ganas de llorar.
Cuando el maestro Ángel González escribió Contrabando
y Traición, no se imaginó que con la interpretación
de Los Tigres, en 1972, se abriría una época de renovación
para el corrido que todavía tiene larga vida.
En ciertas épocas algunas autoridades han prohibido las canciones
de bandoleros y criminales. Los gobiernos pueden pelearse con todo
si quieren, pero no puede lograr nada contra las ganas de echarse
un corrido de narcos.
Hay de aquellos que dicen que cuando se le canta a la “maldad
humana”, se le idolatra y que eso no es bueno para el “pueblo”.
La gente quiere a sus héroes con o sin historia oficial.
Cuando se cantan esas historias no se incita a la “maldad”,
el Marqués de Sade defendía sus narraciones aduciendo
que no estaba inventando un mundo de perversidad, sino describiéndolo,
en todo caso, reflejándolo.
El grupo Exterminador posee un estilo de más humor e irreverencia.
En uno de sus corridos habla de una dictadura de setenta años,
refiriéndose al PRI: ya se ha caído el imperio que
nos hacía tanto peso, por más de setenta abriles siempre
partieron el queso, nos tuvieron aplastados con la pata en el pescuezo.
Déjeme decirle, que aunque no es la intención del
corrido, uno puede adaptar la letra a la caída de la URSS.
La voz principal del grupo Exterminador tiene una fuerza extraordinaria,
la historia te golpea, como en el corrido dedicado a Benito Juárez,
que habla de Oaxaca, fieras enjauladas, de política y de
mujeres que son una chulada.
Hay quienes piensan que los corridos no valen la pena, sólo
les cautiva la ópera y la música clásica, aunque
despierten exaltados a medio concierto.
Para muchos, Los Tigres del Norte son una mezcla muy bien sazonada
de Willie Nelson y los Rolling Stones.
Échele un ojo a las letras de las bandas europeas y norteamericanas,
muchos de sus temas son tan cotidianos como los nuestros, la diferencia
es que ellos hablan en inglés, aunque digan puras boludeces.
Las historias populares del corrido tienen raíces profundas.
Cuando por fin mueran todos los historiadores comenzaremos a entender
lo que pasó en nuestras vidas. Será el mejor corrido.
Luis Humberto Crosthwaite, entrañable amigo y gran escritor
de Tijuana, me dijo un día que Arturo Pérez Reverte
no había podido cargar con Teresa Mendoza, la protagonista
de la novela, La Reina del Sur. “Tenía que sacarla
de México”, me dijo.
Lo cierto es que en la historia del corrido que lleva el mismo nombre,
después del cuento de que cuando oigas mi celular no pares
de correr, güerita, la tal Teresa, al darse cuenta de que acaban
de tronarse al Güero Dávila, su amante, le mete a las
yinitas y se cruza el mar Atlántico.
A Luis Humberto no le fue simpático que un calvo y narizón
español viniera y se “robara” una de las cosas
más sagradas de los mexicanos, el corrido, y que además
lo hiciera novela.
Recuerdas toda la letra, le pregunté. Ante su mirada absorta
le recordé que en el corrido de La Reina del Sur, cantada
por Los Tigres, la Teresa Mendoza se va de México y que toda
su transa de la droga la hace en el Mediterráneo, cubriendo
Francia, Italia y España, y es por eso que le llaman la tía
Teresa Mendoza.
Que un maldito europeo le escribiera la novela de su patria y ahora
un pinche guanaco se supiera el corrido y se lo recordara a tantos
kilómetros de su tierra, era el colmo.
Nos reímos y cantamos a dúo por las anchas aceras
de Bogotá, El jefe de jefes: muchos pollos que apenas nacieron,
ya se quieren pelear con el gallo. Terminamos al son de Buena Vista
Social Club en un bar de la Zona Rosa: el cuarto de Tula, se cogió
candela, se quedó dormida y no apagó la vela.
Luis Humberto terminó tirado en el suelo luego de un mal
paso en la pista de baile. Logré salvar su cámara
de video al habérmela terciado como un fusil. A las tres
de la mañana andaba dando como propina billetes de a veinte
dólares. Ningún mesero los quiso tomar por temor a
que fueran de lavandería.
La ingeniería de las historias que se cantan en los corridos
son geniales para una buena novela. Quién no quisiera tener
el lujo del verso que cuando canta cuenta y cuando es polca y acordeón
rompe en frases como estas: sonaron siete balazos, Camelia a Emilio
mataba, la policía sólo halló una pistola tirada,
del dinero y de Camelia, nunca más se supo nada.
Yo prefiero un corrido de mafiosos que de zapatistas. No me gusta
la guerrilla de la web que esgrime fusiles de palo. O cantas o haces
una guerra, o cantas o robas, o cantas o matas. Yo canto, y como
dijo aquél, mi mal espanto.
En la segunda parte de la canción de Camelia, los de la banda
la persiguieron como alma que lleva el diablo. La buscaron en pulquerías,
hoteles, valles, pueblos. Andaba bien escamoteada.
El drama humano surge al final, no cuando también a ella
le meten una chorrera de balas, sino cuando el verso entona: una
amiga de ella dijo: señores, yo no sé nada, pero dicen
que la vieron, cerca de Guadalajara, mentando a Emilio Varela, y
dicen que hasta lloraba.
Los grupos de corridos han cantado a los mojados, a los políticos,
a la revolución, a las mafias, a los amores. En La fuga del
rojo se habla de un guerrillero salvadoreño que se involucra
con las mafias mexicanas, como dice el mismo verso, “para
ayudar al movimiento”.
En mi última novela, Arizona Dreaming, que será publicada
en próximas semanas, no pude evitar caer en la tentación
del corrido, escribí algunos donde hablo de los mojados,
coyotes y piratas, de Guatemala, México y Arizona. Es un
contrapunto de toda la historia.
Por ejemplo, los versos del corrido para el mojado que murió
en Tapachula: en la cantina me quedé y al norte no pude llegar,
tú bailabas de la mano de un don Juan, El whisky, la pistola,
veinte dólares, y los ojos del Coyote riéndose de
mí.
Y este para el Coyote: Ella era la novilla relinchona, de piernas
y ojos negros, hija consentida del patrón de Sinaloa. Él,
un gran pollero, llegado de tierras de El Salvador, fronteras le
llaman los hombres, amores los que has de encontrar.
Contrabando y Traición sigue siendo una clásica, hoy
se escucha con la misma frescura de hace más de treinta años.
La suerte de Camelia y Emilio Varela es la misma de William Finley
y su versión de Fausto. Ambas historias son las que superan
los tiempos, las que matan, las que duelen, las que sangran.
En los corridos, aunque a los historiadores, académicos e
intelectuales lavados con cloro, les importe un pepino o no lo sepan,
los bandidos serán los héroes populares, como lo son
para algunos los banqueros de cuello blanco.
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