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El general Medrano conduciendo tropa en la guerra contra Honduras (1969). Foto Cortesía Julio Medrano.


La Noche del General Medrano

(Tercera y última entrega) Esa noche sucedió algo que, de no ser porque quien me lo contó fue Julio Medrano, hijo del general y testigo directo de los hechos, yo mismo juzgaría increíble. El caso es que en una mansión la Colonia Flor Blanca, de San Salvador, se dio la conjunción del general Medrano con doce jipis de clase media, media alta y muy ricos, una revelación mística por medio de un viaje de ácido lisérgico, LSD, y una despampanante rubia millonaria casi de novela.

Lunes 14 de mayo 2007
Geovanni Galeas
ggaleas@centroamerica21.com

En las entregas anteriores de este reportaje dije que el presidente Sánchez Hernández imputó al general Medrano el secuestro de don Ernesto Regalado Dueñas, y que Medrano, a su vez, atribuyó el plagio a Sánchez Hernández. También afirmé que ambos mintieron deliberadamente.

Los verdaderos secuestradores, Alejandro Rivas Mira y sus amigos, nada tenían que ver ni con el uno ni con el otro, como quedaría claro tiempo después, cuando un prominente miembro de aquél primer grupo guerrillero, Eduardo Sancho, aceptara plenamente que, en efecto, fueron ellos los responsables exclusivos del secuestro.

¿Por qué mintieron y se acusaron mutuamente los dos poderosos generales? La pregunta cobra mayor relevancia en la medida en que, en las dos versiones, se soslaya un hecho históricamente trascendente: el surgimiento de la guerrilla en El Salvador, cuyo debut no pudo ser más torpe y trágico, pues concluyó con el brutal asesinato del acaudalado hombre de negocios secuestrado.

La confusión generada por esas mentiras aumentó considerablemente cuando Jorge Pinto, director del diario El Independiente, publicó por esas mismas fechas informaciones sumamente desconcertantes. Pinto aseguró que tenía pruebas testimoniales de que quienes habían ejecutado el plagio, y el posterior asesinato, eran miembros de la Policía de Hacienda, y negó rotundamente que hubiese un grupo de estudiantes universitarios izquierdistas involucrados en la operación.

El periodista concluyó responsabilizando al régimen por lo que denominó “el magnicidio de Ernesto Regalado Dueñas”, y acusó al presidente Sánchez Hernández de haber creado una falsa guerrilla. Años después, en la década de los ochentas, Pinto reafirmó su tesis y citó como una de sus fuentes al coronel Benjamín Mejía, autor de un fallido golpe de Estado contra Sánchez Hernández.

Sin embargo, como se ha dicho ya párrafos atrás, fue uno de los fundadores de aquel primer grupo guerrillero, Eduardo Sancho, que luego llegaría a ser uno de los cinco comandantes generales del FMLN, bajo el pseudónimo de Fermán Cienfuegos, quien aclararía todo el enredo al aceptar que sí fue la guerrilla la responsable del hecho. Ese punto queda aclarado. Pero sigue en cuestión la otra pregunta: ¿Por qué, contra todo lo esperable en él, por su temperamento y trayectoria, en lugar de romper el cerco a balazos, terminó el general Medrano por entregarse?

El poderoso hombre duro

José Alberto Medrano era un militar duro, osado y valiente. Amable y hasta tierno con sus amigos, pero también cruel con los que consideraba sus enemigos. Y en su tiempo (el de la Guerra Fría ), y por su formación (la típica de un oficial contrainsurgente educado por cuadros estadounidenses), sus enemigos mayores no eran otros que los comunistas y hasta los filocomunistas. O al menos los que él consideraba como tales.

Él había trabajado con la CIA aproximadamente desde 1962, bajo el mando del coronel norteamericano Eugene Whedbee. A mediados de los sesentas estuvo tres meses en Vietnam, donde recontactó al coronel Arthur Simons, de los Boinas Verdes, y fue con éste último que estudió allá, en el terreno, la lucha contraguerrillera en la selva, la acción cívico psicológica y el bombardeo estratégico, entre otras especialidades.

Simons había estado en 1963 en Panamá, en calidad de comandante del Octavo Grupo de Fuerzas Especiales del ejército de los Estados Unidos, y había enviado a El Salvador un equipo de diez asesores contrainsurgentes para Medrano. Fue así como comenzó a gestarse en El Salvador esa vasta organización anticomunista que llegó a ser ORDEN, y también la Agencia Nacional de Seguridad Salvadoreña, (ANSESAL). Desde su puesto como hombre clave de la Seguridad Nacional , Medrano comenzó a concentrar cada vez más influencia y poder.

En 1968, fue el mismísimo presidente Lyndon B. Johnson quien impuso en el pecho del general Medrano una medalla de plata, “en reconocimiento a sus meritorios servicios excepcionales”. Ese mismo año, Medrano había ordenado una terrible represión contra las protestas del movimiento magisterial.

Después de la guerra contra Honduras, Medrano estaba en el vértice de su carrera hacia el poder, y fue precisamente por esas fechas, finales de 1969, cuando comenzó a gestarse su caída.

La otra noche del general

Lo que he escrito hasta ahora, y lo que relataré en adelante, tiene base en una amplia investigación bibliográfica y hemerográfica; pero también, y sobre todo, en múltiples entrevistas personales con muchos de los protagonistas directos e indirectos de aquellos hechos: militares en retiro, antiguos jefes guerrilleros, viejos periodistas, amigos cercanos y familiares del general Medrano.

Todo ello me autoriza a sugerir que, quizá, no solo un supuesto dinero perdido o robado, no solo una supuesta relación con la primera guerrilla, y no solo la ambición de acceder a la presidencia de la República están en juego en esta historia. Y que, acaso, la verdadera noche del general Medrano no fue precisamente la del 11 de febrero de 1971, de la que he venido escribiendo, sino la del 16 de julio de 1970.

Esa noche sucedió algo que, de no ser porque quien me lo contó fue Julio Medrano, hijo del general y testigo directo de los hechos, yo mismo juzgaría increíble. El caso es que en una mansión la Colonia Flor Blanca, de San Salvador, se dio la conjunción del general Medrano con doce jipis de clase media, media alta y muy ricos, una revelación mística por medio de un viaje de ácido lisérgico, LSD, y una despampanante rubia millonaria casi de novela.

Casi de novela, sí, pero tan real como el Mercedes Benz rojo y descapotable con el que partía el aire de las calles capitalinas, en búsqueda de mariguana, o de las verdades esenciales que pretendía encontrar en las páginas herméticas de Ouspenski, Gurdieff y Madame Blabatsky, o en las inenarrables percepciones psíquicas ampliadas que provoca el ácido lisérgico.

Hija de un terrateniente santaneco, que en los años cincuenta protagonizó una legendaria insurrección solitaria contra las autoridades constituidas, con las que usualmente se liaba a balazos un día si y otro también, y las que finalmente le dieron muerte una noche junto al balcón de su amada. Miriam Interiano quedó huérfana, y al cuidado de las monjas del colegio Betania.

Quedó huérfana, pero en posesión de la nada despreciable fortuna de su padre, y también de su temperamento audaz y rebelde. Conquistada su completa independencia a los 18 años, Miriam se convirtió en uno de los personajes salvadoreños más extraordinarios. Yo la conocí a mediados de los años ochenta, en Tepoztlán, un bellísimo pueblo indígena mexicano al que acuden los jipis del mundo en peregrinación, porque está considerado en el universo new age como uno de los siete chakras sagrados del planeta.

Ahí tenía Miriam una quinta de lujo en la que, entre otras excentricidades, paseaban hermosos y temibles jaguares entre los jardines. Pocos meses después de nuestro primer encuentro, ella y yo, junto a otros centroamericanos que estábamos en México, fuimos secuestrados, encerrados ilegalmente y torturados por un grupo corrupto de la Policía Judicial Mexicana, que poco tiempo después fue destituido y encarcelado por sus abusos.

El caso es que a finales de los años sesenta, bajo el influjo del movimiento juvenil mundial que propugnaba el peace and love, la experimentación con drogas, el amor libre y la desconfianza contra todo aquel que tuviera más de treinta años, Miriam abrió en San Salvador la primera discoteca jipi de la que se tenga memoria: Ovni.

Ahí se reunían los primeros peludos salvadoreños. Ahí se consumía y se transaba mariguana y ácido. Pero también se hablaba mucho no solo del budismo zen, la medicina homeopática, las dietas vegetarianas y el conocimiento subterráneo de los Iniciados, sino también, en plena mescolanza, de Lenin, Trotsky, Althusser y otros teóricos del marxismo. Como jefe de la Guardia Nacional , el general Medrano combatía tanto el izquierdismo como el tráfico de drogas. Y no era nada extraño que fijara su atención en la discoteca Ovni, la dueña y sus amigos.

A finales de 1969, un grupo de estos últimos se fueron a una finca de Miriam, ubicada en Zacatecoluca y llamada Siete Joyas, dispuestos a fundar una comuna libertaria en la que el camino no era la revolución y el Che Guevara sino la mariguana y Jesucristo. Pero siendo todos ellos universitarios, estaban en relación con los activistas que ya entonces, en los corrillos, del Alma Máter, organizaban las primeras guerrillas revolucionarias.

Por una o por otra, el general Medrano envió espías a la comuna. Los primeros informes lo desconcertaron: algunos comuneros y algunas comuneras andaban en plena desnudez mientras otros aullaban canciones raras, otros pacíficamente sembraban hortalizas, recitaban poemas y ensalmos a voz en cuello, y otros jugaban intensas partidas de tenis hasta de cuatro horas, con raquetas y red y todo… pero sin pelota alguna.

Medrano ordenó la captura (redada se decía entonces), de todos los jipis, incluyendo a Miriam. Una vez en su poder, en el cuartel de la Guardia Nacional , los interrogó uno a uno y llegó a la conclusión de que estaba ante algo raro, nuevo, inquietante y fascinante. “¿Qué se siente con la mariguana, que buscan y qué encuentran con las drogas?”, preguntaba con insistencia. La Paz , le respondían, La Luz , decían, el YO-Interior, el-corazón-de-un-camino-que-no-tiene-corazón, La Verdad Absoluta , La Revelación , insistían.

Por alguna razón, al duro general Medrano lo sacudieron esas palabras. Pero no solo las palabras sino también la belleza de Miriam. Y se enamoró perdidamente. Dejó a los jóvenes en libertad, pero se quedó sumamente inquieto y les puso vigilancia. No tardó en recibir el informe de que su propio hijo menor, Julito, de no más de 15 años, frecuentaba la casa de Miriam y consumía drogas.

Por eso el 16 de julio de 1970, precisamente día del cumpleaños de Julito, en vista de que el retoño no se aparecía por casa siendo ya entrada la noche, decidió ir a buscarlo él mismo, acompañado por dos elementos de su seguridad personal. No entró a patadas y a culatazos a la mansión de la Miriam. Por el contrario, tocó a la puerta y pregunto si ahí se encontraba su hijo. Le respondieron que sí y lo invitaron a pasar adelante.

En la sala estaban los comuneros y su musa, y también Julito, recostados en grandes almohadones tirados en la alfombra, departiendo un banquete de uvas, manzanas y mariguana. Miriam le explicó que en ese momento estaban por iniciar un viaje hermoso y le mostró las gotas de ácido lisérgico adheridas a pequeños trozos de celuloide.

El general cruzó unas pocas palabras con su hijo, y terminó diciéndole: “Yo también quiero probar, vamos a viajar juntos, Julito”. Y fue el primero en darse un llegue. Se quedó un largo rato en silencio y con los ojos cerrados. Luego se incorporó y sin decir ni una sola palabra salió de la casa seguido por sus escoltas.

Regresó horas más tarde, ya de madrugada. Y a todos los presentes, incluyendo a su hijo les contó que, guiado por una luz y una voz, había llegado a la rivera de un riachuelo. Ahí entre unos árboles vio a la virgen de Guadalupe acompañada por un viejo indígena, y lo comprendió todo. ABSOLUTAMENTE TODO. Sin quitarse la ropa se metió al río y estuvo ahí largo tiempo sin moverse. El río se tiñó de rojo. Él quedó purificado. Había visto LA LUZ , dijo. Y ya nunca volvería a ser el mismo.

LA NOCHE DEL GENERAL MEDRANO (PRIMERA PARTE)

LA NOCHE DEL GENERAL MEDRANO (SEGUNDA PARTE)

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