|
Crónica de una guerrilla
A finales de la década de los sesenta, el Partido Comunista estaba haciendo aguas por
todas partes. Su apoyo al gobierno en la guerra con Honduras había
motivado a muchos de sus dirigentes y militantes de base a hacer
fuertes críticas a los partidarios de la lucha no violenta.
Por esos días, justamente, un grupo de jóvenes demócrata
cristianos de familias de clase media, muchos de ellos ex alumnos
de los mejores colegios de la capital y miembros de las juventudes
católicas, se embullaron con la lucha armada.
Dos hechos marcaron al ERP para toda su historia: los asesinatos
del poeta Roque Dalton, en 1975, y del empresario Roberto Poma
en 1977.
Lunes 14 de
mayo 2007
Marvin Galeas
Primera Entrega
redaccion@centroamerica21.com
A La primera vez que oí hablar del Ejército
Revolucionario del Pueblo, (ERP), fue a finales de 1974. Yo tenía
entonces 16 años y acababa de regresar de Costa Rica, de
estudiar el primer año de bachillerato en un colegio adventista.
Cristóbal, el hermano menor de mi mamá, quien era
apenas cuatro años mayor que yo, me contó que en la
televisión había aparecido un tipo llamado Santos
Lino Ramírez, anunciando que abandonaba a la Policía
Nacional para incorporarse a las filas de la guerrilla.
El sujeto era alto, esbelto y tenía un pasamontañas.
Cristóbal y Geovani, mi hermano menor, estaban impactados
por la imagen del enmascarado. He descubierto con el tiempo que
los rostros enmascarados y las identidades clandestinas siempre
producen un secreto y morboso atractivo. Prueba de ello son Santo,
el enmascarado de plata; El Fantasma, de Lee Falk, y últimamente
Marcos, el de Chiapas.
A finales de 1975, luego de otro año de ausencia
en el país, alguien me prestó un libro de Roque Dalton.
“El poema de amor” me quebró todos los esquemas.
Hasta ese momento, yo era aficionado, como muchos adolescentes,
a Bécquer, Gutiérrez Nájera, Manuelito Acuña
y otros azucarados poetas. Me movió el tapete Dalton. Me
morí de la risa leyendo “Pobrecito poeta que era yo”.
Después supe que el ERP lo había asesinado.
Me contaron que lo mataron el Día de la Madre, acusado de
ser agente de la CIA. Poco después leí los ríos
de tinta que poetas de toda América Latina habían
escrito en homenaje a Roque y en desprecio a los líderes
del ERP. ¿Por qué lo mataron? ¿Quiénes
era estos tipos del ERP? Me puse a preguntar. La historia que recogí
en pedazos tenía más sombras que luces.
En 1971, un movimiento clandestino, llamado simplemente “El
Grupo”, secuestró y posteriormente asesinó al
joven industrial Ernesto Regalado Dueñas. El cadáver
apareció terriblemente torturado en una finca de la periferia
de San Salvador. Hubo muchas especulaciones en esa época
sobre este terrible crimen que sacudió al país. El
gobierno del general Sánchez Hernández publicó
en todos los medios los nombres y los rostros de los implicados.
Recuerdo los nombres de Ricardo Sol Arriaza, Alejandro Rivas Mira
y Jorge Cáceres Prendes. Se ofrecía recompensa a quienes
informaran sobre su paradero.
Luego vino el sonado juicio de Cáceres Prendes, un ex militante
de la Democracia Cristiana. El sujeto fue sobreseído. En
esos primeros años de los setenta, se respiraba en el país
una densa atmósfera. Una tragedia de enormes proporciones
se estaba cocinando a fuego lento. Había surgido la guerrilla,
el más claro síntoma de sociedades enfermas.
A finales de la década de los sesenta, el Partido Comunista
estaba haciendo aguas por todas partes. Su apoyo al gobierno en
la guerra con Honduras había motivado a muchos de sus dirigentes
y militantes de base a hacer fuertes críticas a los partidarios
de la lucha no violenta, entre ellos Schafik Handal. Las andanzas
del Che Guevara en Bolivia y la guerra de Viet Nam habían
prendido la calentura en muchos militantes comunistas. Querían
acción y la querían de inmediato.
Salvador Cayetano Carpio, José Salvador Dimas Alas y otros
radicales dirigentes comunistas fundaron, en 1970, las Fuerzas Populares
de Liberación “Farabundo Martí”, FPL.
La mayoría de sus fundadores eran líderes sindicales,
maestros y no faltaba uno que otro cura afiliado a la Teología
de la Liberación. La única diferencia entre el Partido
Comunista y la FPL era en torno a métodos de lucha. Ambas
organizaciones eran marxista-leninistas y pro soviéticas.
Por esos días, justamente, un grupo de jóvenes demócrata
cristianos de familias de clase media, muchos de ellos ex alumnos
de los mejores colegios de la capital y miembros de las juventudes
católicas, se embullaron con la lucha armada. La Universidad
de El Salvador era un hervidero de ideas y debates sobre cómo
darle forma a la guerrilla. El llamado “El Grupo” surgió
como una nueva izquierda, alejada de los tradicionales partidos
comunistas y con fuertes críticas a la Unión Soviética,
pero era tan radical como las FPL y el Partido Comunista.
Después del asesinato de Ernesto Regalado Dueñas,
durante meses no se volvió a saber nada de “El Grupo”;
fue hasta en marzo de 1972, en medio de un candente proceso electoral,
que reapareció con el nombre de Ejército Revolucionario
del Pueblo. Los flamantes guerrilleros mataron a dos guardias cerca
del antiguo Hospital Bloom, y lanzaron un comunicado que decía:
“La guerra de los pobres ha comenzado; la paz para los ricos
ha terminado”.
Alejandro Rivas Mira, de seudónimo Sebastián Urquilla,
era el jefe de la organización. Entre sus primeros militantes
clandestinos estaban ya Joaquín Villalobos, Ana Sonia Medina,
Lil Milagro Ramírez, Eduardo Sancho y Vladimir Rogel, entre
otros. Rivas Mira, me contaron mucho tiempo después, tenía
una personalidad extraña, era un hombre que había
leído mucho, un conspirador nato, de gustos exquisitos y
de sangre fría para tirar del gatillo. Su mujer tenía
el seudónimo de Gertrudis. Según la recuerdan algunos,
era una muchacha bonita, procedente de una acomodada familia capitalina.
Entre 1972 y 1975, el ERP se dedicó a construir todo el andamiaje
de la clandestinidad, a reclutar jóvenes, sobre todo estudiantes
de la Universidad, del Instituto Nacional de San Salvador y del
Bachillerato en Artes. Pero al mismo tiempo realizó una serie
de atentados dinamiteros, ataques a pequeñas guarniciones
de los cuerpos de seguridad, tomas de emisoras, “ajusticiamientos”
de guardias, policías y hasta de vigilantes nocturnos, para
quitarles las pistolas.
Dos hechos marcaron al ERP para toda su historia: los asesinatos
del poeta Roque Dalton, en 1975, y del empresario Roberto Poma en
1977. Todavía en 1979, yo no tenía la menor idea de
que un día iba a enredarme en la historia de esta guerrilla,
ser testigo de sus momentos de euforia y desastre, su auge, sus
delirios de poder, sus acciones militares, su debacle y metamorfosis,
hasta mi ruptura total y absoluta con uno de las más veleidosos
grupos políticos de nuestra historia.
La guerra
Cuando las Fuerzas Populares de Liberación, la Resistencia
Nacional y el Partido Comunista se unieron en 1980, para formar
la Dirección Revolucionaria Unificada (DRU), tomaron cuatro
emisoras capitalinas para hacer el anuncio. Pocas semanas después,
el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) ocupó
simultáneamente más de 20 emisoras en distintos puntos
del país, para exigir que se le admitiera en flamante organismo
unificado.
A los miembros del ERP no los querían. Los acusaban de aventureros,
militaristas, putchistas y de estar infiltrados por la policía.
No les perdonaban el asesinato de Roque Dalton y además dudaban,
en serio, de que fuesen en realidad una organización marxista-leninista.
Desde el asesinato de Dalton en 1975, había corrido bastante
agua, y sangre también, por los clandestinos pasillos de
esta guerrilla.
Un buen día de 1977, Alejandro Rivas Mira (Sebastián
Urquilla), fundador y máximo líder, y su compañera
de cama y andadas, Angélica Meardi (Gertrudis), alzaron vuelo.
La periodista Caterina Monti afirma en un trabajo investigativo
que Rivas Mira se llevó “un par de millones de dólares,
producto del secuestro y rescate del empresario Roberto Poma”.
Rafael Arce Zablah y Joaquín Villalobos, ambos ex alumnos
del prestigioso colegio conservador Liceo Salvadoreño, eran
más que compañeros de guerra. Eran amigos de toda
la vida. Arce Zablah había escrito, cuando tenía poco
más de 20 años, un pequeño estudio sobre la
economía cafetalera del país, titulado: “El
grano de oro”. Eso le dio fama de niño genio. Joaquín
era voluntarioso y organizador. Cualquiera de los dos podría
haber sido el sucesor de Rivas Mira.
Pero Rafael Arce Zablah murió a balazos, en 1975, durante
un combate con la Guardia Nacional en El Carmen, departamento de
La Unión. Joaquín Villalobos, a sus 24 años,
asumió la máxima jefatura de una de las más
agresivas y pragmáticas organizaciones guerrilleras que haya
existido en la historia de América Latina. Desde los primeros
momentos, Joaquín dio muestras de talento organizativo, mucha
astucia, valentía, sentido de poder y sangre fría.
“El pragmatismo es la mejor forma de defender los principios”,
solía decir Villalobos. El aforismo echa luces sobre muchas
de las controvertidas decisiones que a lo largo de su vida guerrillera
tomó Joaquín. La más dramática fue cuando,
con el firme propósito de sacar a Ana Guadalupe Martínez
de la Guardia Nacional, negoció el rescate de Roberto Poma
cuando éste ya estaba muerto.
Mientras las otras organizaciones guerrilleras discutían
largamente sobre “la caracterización del enemigo de
clase”, “las críticas al foquismo”, “los
métodos de lucha” y cosas parecidas, el ERP mantenía
una tremenda actividad. En realidad no eran muchos, pero parecían
miles debido a su capacidad operativa. Estaban convencidos de que,
en El Salvador, la revolución, y sobre todo el poder, estaba
a la vuelta de la esquina.
Todo era cuestión de mostrarse, conseguir fusiles y tiros,
agitar a unas masas desesperadas ante los gobiernos militares y
esperar el momento propicio para desatar una fulminante insurrección
popular. Las otras guerrillas miraban eso como una locura de cipotes
jugando a ser el Che. Ellos tenían que quemar etapas, construir
la vanguardia, desarrollar los frentes amplios y desatar una guerra
popular prolongada que garantizara la pureza del proceso.
Era la época cuando soplaban por todas partes aires de victoria
revolucionaria. El socialismo era un estadio al que, por determinismo
histórico, tenían que llegar, redimidos, todos los
pueblos del mundo. Esa idea fija y justiciera combinada con los
rigores de la vida clandestina, la presión constante del
enemigo, la muerte y la tortura acechando en cada recodo y la terrible
experiencia de matar a otros, forja un perfil psicológico
de suprema intolerancia.
El ERP era, en los años de la guerrilla urbana, una organización
con muy poco sustento intelectual y mínima formación
académica. El informe que a modo de balance escribió
Joaquín Villalobos en 1977 no sólo evidenciaba la
pobreza de análisis, sino también la alta fiebre de
emotividad que producía la mezcla de obsesiones ideológicas
y el deseo de poder que desde muy temprano fue fuente de audacia
y desastre. Imagino que el autor debe sonrojarse, visto a distancia
aquel infame mamotreto.
Lo cierto es que, luego de intensas negociaciones y presiones (desde
Cuba), el ERP fue admitido en la DRU. Poco después se sumó
el pequeño Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos
(PRTC) y se formó el FMLN. El nombre, la bandera y toda la
simbología eran fruto de un efecto imitativo con respecto
al Frente Sandinista de Liberación Nacional, que había
tomado el poder en Nicaragua.
El 10 de enero de 1981, comenzó la ofensiva final. Es probable
que Schafik y Cayetano Carpio pensaran que a lo mejor estos locos
del ERP tenían razón: el poder estaba a la vuelta
de la esquina… (Fin de la primera
entrega)
|