Cuando ya Batistessa, profundamente agradecido por ser tratado
como un ser humano normal, se encontraba en la habitación
que compartiría con su amigo, el barbado le contó
la historia de su vida.
Se llamaba Horacio Silvestre Quiroga Corteza y había
nacido en El Salto, Uruguay, el último día del
año 1878. Cuando era apenas un bebé de brazos
estuvo presente cuando su padre, Prudencio Quiroga, murió
al disparársele accidentalmente la escopeta, que llevaba
en una posición incorrecta, al descender de una lancha.
Su madre, Juana Pastora Corteza, asustada por el disparo y la
visión del marido herido, dejó caer al bebé,
que se golpeó contra las tablas del muelle y casi cae
al agua.
|
 |
Fue un niño tímido, asmático y algo tartamudo.
Cuando Horacio cumplió doce años, Pastora vuelve
a casarse con Ascensio Barcos, a quien el niño tomó
gran afecto. Pero cinco años después del matrimonio,
Barcos sufrió una hemorragia cerebral que lo dejó
paralítico y afásico. No conforme con su suerte,
Barcos, utilizando el poco movimiento que todavía tenía
en una de sus piernas, logró arrastrarse hasta donde
guardaba la escopeta, puso el caño en su mentón
y accionó el gatillo con el pie. Horacio, en ese entonces
de diecisiete años, quien se había esmerado en
cuidarlo, fue el primero que acudió al oír el
disparo, encontrándolo muerto.
No fue sino hasta que Horacio cumplió 22 años
que comenzó a escribir poesía. Admiró la
obra de Leopoldo Lugones y de Edgar Allan Poe. A Lugones lo
conocería en un viaje fluvial y éste lo invitaría
a su casa en Barrancas. Mantuvieron una amistad que duró
hasta la muerte.
Con el nuevo siglo, Quiroga viaja a París donde permanece
durante 4 meses. Visitó la Exposición Universal,
participó en un torneo de ciclismo y conoció a
Rubén Darío. Sin embargo, se desencantó
pronto de la Ciudad Luz, que le pareció demasiado banal
y frívola. Las penurias económicas lo forzaron
a regresar al Uruguay.
|
 |
A su regreso, publica su primer libro, Los arrecifes de coral.
Pero la alegría de su primera publicación se vio
opacada demasiado pronto por nuevas tragedias. Sus dos hermanos,
Pastora y Juan Prudencio, mueren de tifoidea.
Poco después, en Montevideo, a principios de 1902, Guzmán
Papini publicó en un periódico una nota en la
que vinculaba a Federico Ferrando, gran amigo de Quiroga, con
un ladrón. No había otra manera para Ferrando
de restaurar su honor más que batirse en duelo con Papini.
Quiroga se ofreció para explicarle a Federico el uso
de un arma de fuego, acostumbrado como estaba desde niño
al manejo de las mismas. Héctor Ferrando, hermano de
Federico, había comprado por encargo de éste una
pistola de dos caños. Quiroga tomó el artefacto
para explicarle el funcionamiento, pero en el momento en que
quiso detener el gatillo, éste se accionó escapándose
una bala que entró por la boca de Federico, matándolo
al instante.
Traumatizado y adolorido por tal suceso, decide mudarse a Buenos
Aires, para vivir con su hermana María. Leopoldo Lugones
lo invita a participar como fotógrafo en una expedición
de estudio de unas ruinas jesuíticas. Aquel fue un viaje
decisivo para Quiroga, quien arribó por primera vez a
la región de Misiones donde el clima y la vegetación
se instalarían en su imaginario personal para siempre.
Compró un terreno en el Chaco donde intentó sembrar
algodón. Como empresa aquello fue un fracaso, pero marcaría
el comienzo de su vida como hombre de campo.
Publica cuentos en revistas y periódicos, se enamora
y se casa con una de sus alumnas de la Escuela Normal, Ana María
Cires, y se va con ella a vivir a San Ignacio, en Misiones.
Construye una casa completa con sus propias manos. Eufórico
por la vida en la selva, obliga a la esposa a parir a su primera
hija ahí, nada más que con el auxilio de Quiroga
como “comadrona”. Nace así Eglé, bautizada
con ese nombre por un personaje de Dostoievski. El siguiente
hijo, Darío, nacería en un hospital de Buenos
Aires, ante la rotunda negativa de Ana María de repetir
la aterradora experiencia anterior.
Quiroga crió a sus hijos de una manera muy particular.
Los acostumbró a la selva y a los animales. Los exponía
a situaciones de riesgo medido para que se valieran por sí
mismos y no fueran temerosos. A menudo los dejaba dormir a solas
en la selva o sentados al borde de un precipicio, para gran
horror de su madre. Eso provocó fuertes desavenencias
en el matrimonio, que junto con la lejanía de todo, las
dificultades económicas, las fracasadas empresas que
Quiroga emprendía y la diferencia de edades entre ambos,
desembocarían en un final terrible.
|
 |
Cansada de rogarle a Horacio que regresaran a Buenos Aires,
Ana María Cires tomó una sustancia conocida como
“sublimado”, un lento veneno que la tendría
en agonía durante 8 días hasta finalmente morir.
Quiroga quemó toda su ropa, todas sus fotos y desapareció
cada objeto que pudiera recordarle a ella y a su propia culpa,
por no haber accedido a las peticiones de su mujer.
Regresó a Buenos Aires con sus hijos y se dedicó
exclusivamente a criarlos y a escribir. Publicó varios
volúmenes de cuentos que le valieron respeto y prestigio.
Conoció a dos jóvenes de quienes se enamoró.
También conoció a Alfonsina Storni, con quien
tuvo una muy buena amistad y hasta un romance, según
se rumoró.
Haría un intento más por vivir en Misiones, esta
vez con su segunda esposa, María Elena Bravo, amiga de
su hija Eglé, 30 años menor que él. Con
ella tendría una hija, María Elena, que sería
conocida como “Pitoca”.
Había logrado algo de estabilidad económica gracias
a sus libros, pero los tiempos literarios definitivamente estaban
cambiando. La aparición de Oliverio Girondo, Leopoldo
Marechal y Jorge Luis Borges, críticos y discriminadores
de todo lo producido anteriormente, influenciaron en el cambio
de gusto literario de los rioplatenses. Las obras de Quiroga
comenzaron a decaer a tal punto que su novela Pasado de amor
apenas vendió 40 ejemplares. Esto lo desilusionó
fuertemente.
También habían comenzado los problemas con su
joven esposa quien no podía adaptarse a la vida en la
selva y a criar a su pequeña hija en aquellas circunstancias.
María Elena tomó a la niña y regresó
a Buenos Aires.
En esos días ya se habían manifestado los primeros
síntomas de una enfermedad para cuyo diagnóstico
Quiroga viajó a Buenos Aires.
La tarde del 18 de febrero de 1937, una junta de médicos,
después de análisis, exámenes y una cirugía
exploratoria, le anunció al amigo barbado de Batistessa
que tenía cáncer prostático y que no había
nada más que hacer.
Al saber la noticia, Quiroga pidió permiso para dar un
paseo y visitar a su hija fuera del hospital, permiso que le
fue concedido. Pasó por una farmacia y compró
cianuro. Regresó al hospital. Mezcló el polvo
en un vaso con agua. Y en presencia de Batistessa, Horacio Silvestre
Quiroga Corteza, de 58 años, sintió en su propio
paladar el amargo sabor del cianuro, tan similar al amargo sabor
de todas y cada una de las desgracias de su vida.
Posteriormente, su gran amigo Leopoldo Lugones, su querida Alfonsina
Storni y sus dos hijos, Eglé y Darío, también
se suicidarían.