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Editores con prisa, escritores sin prosa
Una de las imágenes más difundidas del editor literario ideal lo coloca junto al escritor de ficción, quizá de pie detrás de su hombro, haciéndole observaciones acerca de ciertos pasajes del relato que podrían mejorarse, eliminarse, plantearse de otra manera. Y el escritor, con una resistencia más bien formal, hace casi lo que el editor le dice, o propone opciones que, en fin, también funcionan.
Lunes 24 de marzo 2008
Rafael Menjívar Ochoa,
escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Esta imagen coloca al editor como parte fundamental –casi anónima, pero fundamental– del proceso creativo. Y de que los hay, los hay. A este autor le ha tocado ver en diversas ocasiones, en diversas editoriales, en un par de países, al editor “trabajando” con el autor alguna novela que podría ser mejor si se le cambiara esto, si se enfocara de otro modo, si se redactara mejor.
A veces esos editores se dedican a la literatura, y lo que desean es publicar un buen libro, salido de las manos de alguien que ha tenido una buena idea pero una ejecución pobre. Además de su papel “natural”, el editor juega el de maestro, o de corrector muy especializado.
Los objetivos de un editor de este tipo pueden ser varios: apostarle a un escritor nuevo que, quizá, con ese taller individualizado pueda tener un buen segundo libro por su cuenta, mientras el primero ya está publicado; quizá ver el libro que él mismo no es capaz de escribir, o apostarle a un libro que puede ser un buen éxito comercial, y para el cual el escritor es sólo un vehículo.
Los escritores que aceptan trabajar –y publicar de inmediato– con un editor de este tipo rara vez llegan lejos: se quedan con ese único libro, se vuelven dependientes del editor o deciden “independizarse” y apostarle a su propio ingenio. Cuando llevan sus textos a otros editores, se dan cuenta de que han abandonado algo que podrá no ser una mina de oro, pero sí de prestigio. Y allí andarán, con un par de libros de cierta calidad ya publicados, pero incapaces de igualarlos o superarlos, sin saber por qué.
A este autor le tocó atestiguar cómo a un escritor de renombre, quien había escrito una interesante novela con un tema prehispánico, compleja y con planteamientos novedosos, recibió una oferta de publicación de una editorial también de renombre, a cambio de que recortara la novela al mínimo posible e hiciera una versión para niños. El escritor, perplejo, dijo que no, porque no se podía: no estaba pensada de ese modo, no tenía nada que ver con niños. Quizá hubiera podido hacer otro libro, pero la gente de la editorial quería “esa” novela modificada de “ese” modo.
Es probable que el mundo de los best–sellers funcione en parte así: se le encarga a un escritor una novela destinada a venderse mucho y éste alquila sus talentos para hacer lo que la editorial desee. Y santo derecho. Pero en el mundo de la literatura “seria” –hay que llamarle de algún modo–, de los escritores profesionales y de los editores que hacen lo que deben hacer, puede resultar inconcebible que alguien quiera meterle mano a un texto para obtener “algo mejor”, algo que se venda más, algo que podría ser la novela que quizá necesitemos, pero que no hay aún quien la escriba.
En un mundo editorial ideal, sólo deberían existir dos palabras: “Sí” y “No”. Funciona o no funciona. Se publica o no se publica. La obra es lo bastante buena tal y como la entregó el autor o no lo es. Siempre es necesario un corrector de estilo bien calificado, porque las erratas y los gazapos son inherentes a la escritura, pero no más. Pensar en un editor que permite que se corrijan –o lo haga él mismo– evidentes faltas de redacción y ortografía va más allá de lo que debiera tolerarse: las herramientas mínimas de alguien dedicado a las palabras son, precisamente, esas palabras y sus reglas de uso.
En los últimos quince o veinte años, editoriales de alcance mundial se dedicaron a la “creación” de escritores y a la publicación, por millones, de libros deficientes. Hubo quienes se dieron cuenta del fenómeno, y lo han denunciado o se han dedicado a buscar alternativas. No la autoedición, sino las editoriales y editores independientes, que aún creen en la literatura “a la antigua”. Otros, como siempre, decretan la muerte de la novela, de la creatividad literaria, el fracaso de una generación, y quizá ellos mismos sean parte del fenómeno, y por eso no lo comprenden.
Quizá haya que buscar por el lado de la prisa. La prisa por publicar, la prisa por vender, la prisa por tener el nombre de uno en la estantería, la prisa por tener un catálogo de gente nueva y de calidad. Y habría que ver por el lado del ego, que después de las palabras es materia prima fundamental para un escritor. Mal usado lo puede matar; bien administrado quizá lo convierta en alguien digno de leerse, sin que un editor “de ésos” esté sobre su hombro, dictándole lo que debe escribir y lo que no, para mayor gloria de nadie.
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