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Miseria del espionaje cubano

 

El teniente de reserva Eliseo Alberto Diego, con treinta y seis meses de servicio militar activo en La Habana, recibió una orden terrible a finales de 1978: tenía que informar periódicamente, a los aparatos de inteligencia y contrainteligencia, sobre las actividades de su padre y sus hermanos. Y lo hizo. Pero, a la larga, lo que escribió, fue un célebre informe contra sí mismo.

Lunes 24 de marzo 2008
Geovani Galeas
geovanigaleas@hotmail.com

 

GEOVANI GALEAS

Eran los tiempos en que "el frente de batalla en la contienda entre Cuba-Estados Unidos se había desplazado a tiro limpio hasta las costas de África (...) y por obra y gracia de la política de reunificación familiar, y por primera vez en veinte años de disputas ciegas y sordas, se permitía un acercamiento entre los de la isla y los del exilio".

El padre del teniente era un poeta de prestigio mayor en Cuba y el mundo entero: Eliseo Diego, sus hermanos eran dos protagonistas del mundillo cultural habanero: la Fefé y el Rapi.

Los visitante de Miami, "gusanos convertidos en mariposas" gracias a los dólares y a los regalos que traían consigo, invadieron la isla y el hogar del famoso poeta. "Necesitamos que nos mantengas al tanto de lo que sea habla en tu casa. Nunca se sabe dónde va a saltar la liebre. Es cosa de rutina. No te prohibiremos relaciones con extranjeros, como está ordenado, pero te pedimos colaboración en esta tarea".

El primer impulso del teniente fue negarse pero sabía que, en su caso y debido a la disciplina militar, aquello era una orden. Como quiera que sus superiores intuyeron sus reservas, apelaron a un argumento más bien cruel pero revelador de las circunstancias: "para amargarme la vida me dejaron solo en la oficina ante media docena de informes escritos en mi contra y firmados de puño y letra por antiguos condiscípulos del Instituto, vecinos del barrio y algún que otro poeta y trovador, de esos que solían visitar el patio de mi casa para decir o cantar sus versos a mi padre".

El teniente leyó lo que "sus amigos" habían escrito: que su familia era descendiente de la aristocracia; que él mismo no había renegado claramente de su formación cristiana, y que hacia 1969 aun iba a misa; que después de misa enamoraba a una muchacha que no era miembro de la Federación de Mujeres; que su casa estaba repleta de literatura burguesa y era visitada con sospechosa frecuencia por intelectuales existencialistas; que solo se le conocían novias hermosas, lo cual podía significar una actitud elitista ante la mujer.

También le habían dejado un informe contra su familia. Pero la revolución exigía, cuenta el teniente, anteponer los principios a los sentimientos. La auténtica familia es la revolución, La verdadera lealtad, con la revolución.

"Amanecí doscientos años más viejo. Depuse las armas. Voluntariamente. A primera hora de esa mañana, después de izar la bandera en el campamento, entregué mi rendición por escrito". Solo que, pensaba el teniente, aquello no era un informe "contra" su familia si no "sobre" su familia. El hecho es que, en todo caso, en Cuba todos se espiaban unos a otros, y todos informaban en secreto a los aparatos de inteligencia y contrainteligencia. "El chisme adquirió metodología política (...) En mi opinión, lo que realmente contaba para el Estado era contar con un archivo comprometedor, no una reseña sobre el posible acusado sino un arma contra el seguro confidente. Un texto donde cada uno de nosotros firmaba, a veces sin darnos cuenta del peligro, el compromiso de nuestro propio silencio, pues tarde o temprano esa página escondida en los naufragios de la historia podría salir a flote con su carga de mierda arriba".

Cuando, muchos años después, ya viviendo fuera de la isla como un escritor tan prestigioso como su padre, el teniente Eliseo Alberto publicó su "Informe contra mí mismo", y reveló lo arriba descrito, al referirse a los informantes, que son todos los ciudadanos cubanos, hizo la siguiente reflexión:

"No soy quién para juzgarlos, pero si a alguien le preocupa el dato digo aquí que los perdono, pues es la única manera de perdonarme a mí mismo. Sé que muchos no estarán de acuerdo conmigo, porque por causa de esos informes fueron condenados injustamente a la cárcel, la soledad o el destierro, y hay que tener cojones de oro para perdonar lo imperdonable. Los comprendo, yo también firmé aquellos informes contra o sobre los míos".

Un día de pronto dejaron de pedirle el resultado de su espionaje: "Deben haberse cansado de mi prosa poética, de mi lirismo. Me faltaba carácter, vocación, principios. Yo seguía siendo un comemierda. Un cero a la derecha de la izquierda. Me dejaron en paz, ya me tenían archivado. Yo estoy preso en ese archivo".

Conocí al ex teniente Eliseo Alberto en un café de Coyoacán en la ciudad de México. Yo había sido amigo de su hermano Rapi, un loco genial. Leí tu informe, le dije, "No importa, nadie es perfecto", me respondió, y acto seguido me pidió que le contara detalles del asesinato de Roque Dalton, a quien había conocido en Cuba, y admiraba y quería "hasta las lágrimas", según me dijo.

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