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Los buenos libros

A menudo se cuestionan clasificaciones o géneros narrativos sin dar verdaderos argumentos de fondo y entre las justificaciones se toma el atajo de que sólo hay libros buenos y libros malos . Hasta ahí no se esboza criterios estéticos ni se aclara si la opinión llega desde la perspectiva moralista o del barómetro del hedonista.

Lo bueno y lo malo no son elementos estéticos sino categorías religiosas. Que nos guste o que nos desagrade un libro no es sinónimo automático de buena o mala literatura, pero estas conclusiones nos faltan frente a la duda de comprar un libro entre un océano de títulos cada vez más abrumador.



Lunes 24 de marzo 2008
Walter Iraheta Nerio, escritor salvadoreño radicado en Suiza
Redaccion@centroamerica21.com

 

WALTER IRAHETA NERIO

Talvez puedan ayudar un poco los catálogos o las reseñas de revistas como brújulas de lectura, dadas las especialidades, géneros y público objetivo. En todo caso es aventurado recomendar títulos, aun cuando esté dada la convención ficcional entre autor y lector.

No se niega que hay libros mal escritos en los que cuesta avanzar porque el novelista hace de poeta metiendo metáfora tras metáfora o hace de enciclopédico con citas entre paréntesis o frases entre guiones yxclamaciones y corchetes y centenas de entrecomillados y tantos intermediarios de una presunción estilista. Como una avenida llenísima de rótulos publicitarios.

Un libro es insufrible cuando nunca comienza la historia y adelanta aclaraciones y prevenciones y confesiones y cátedra ontológica del mal y Dios y la charla teológica contra el mito cristiano y la fábula bonachona del mito griego y enseguida un taller de estilo novelístico y todavía un sermón de antimperialismo hasta que por fin aparece la dueña del apoteósico love story . Caso verídico de un escritor considerado «barcos insignia».

En una novela de una señora catedrática dada a las causas con labels progres y coronada de premios súper famosos encontramos a una campesina que sabe más que una enciclopedia, y entre intrascendencias de aldeanismo y alcurnia uno fallece de tedio. Mete la hora demasiado exacta a cada rato: “a las tres y cuarenta y tres minutos con tres segundos llegó a la estación del tren y a las tres y cuarenta y cinco…”.

Que las comas estén mal puestas o que se abuse del relato en quince páginas sin párrafos no significa que un libro sea malo. En ocasiones la lectura se vuelve escabrosa por las malas traducciones, sobre todo cuando se abusa de la jerga. Nos contaba un crítico que en cierta traducción argentina aparecía el f iurer diciendo a un agente de la policía: ¡Ché… pibe… a esos boludos hay que darles macana!

No faltan libros sacados por los pelos. Al parecer hay escritores que se sienten obligados a «parir» un libro cada año o presentarse como escritores todo terreno y de una obra maestra caen en picado sobre un bodrio. Para colmo queriendo hacerse los chistosos, como ocurre a cierto semiólogo, del cual hablaremos en otro capítulo. Eso del humor es un arte muy pero muy difícil de manejar y no basta sacarse manuales de cómo leer un manual.

Se puede creer que la lista de Los libros más vendidos es una guía de lectura, lo cual solamente refleja una tendencia de marketing y los especialistas ya nos advirtieron que no confundamos best seller con pastiches, ni libros-hamburguesa con la literatura, que los premios tienen su tinglado y hay premios que son una institución y premios que son un escándalo. Antes el librero podía recomendarnos autores o títulos, ahora hay cada vez menos libreros porque los libros están en los supermercados junto con las cebollas.

Pero nuestras dudas no se limitan a la narrativa. En estos días se encuentra cada poemario que uno se pregunta si dejamos de ser lectores y nos han confundido con el ginecólogo o hacemos de doctor corazón, según se vea. Eso sin contar la cantidad de lemas, banderas y manifiestos contestatarios que cuelgan en los versos.

Ciertamente Las Letras es una de las pocas repúblicas donde la soberanía de las ideas y los deseos pueden realizarse ilimitadamente, que hasta peligra culminar en libertinaje. Pero del mismo modo es en la república de Las Letras donde también los lectores podemos ejercer plenamente el libre albedrío de la elección.

Es obvio que no se trata aquí de desbordar el pesimismo en los lectores. Hay excelentes libros. Los especialistas nos dicen que debemos elegir a los clásicos universales, y al respecto Augusto Monterroso relataba que la revista barcelonesa Quimera le pidió hacer una lista de los 15 mejores libros del siglo. Monterroso sugirió entre otros: En busca del tiempo perdido de Proust, Ulises de Joyce, La montaña mágica de Thomas Mann…

Por su cuenta hace un par de años Harold Bloom también publicó un canon literario con una extensa lista de autores, que seguramente usted y yo estamos pensando: Shakespeare, Dante, Milton, Dickens, Cervantes. También sugirió una lista de títulos de literatura infantil. En ambos casos Bloom es claro en señalar que es un canon del mundo occidental.

Los buenos libros son los que perduran, y como nos dice el crítico Miguel García Posada el canon anglosajón será siempre distintinto al canon latino. A su juicio en diez siglos solamente han sobrevivido diez autores latinos entre los que están Virgilio, Horacio, Ovidio, Cicerón…

Sabemos que hay libros fabulosos que no necesitan recomendación, si tomamos en cuenta el criterio de pasar un momento placentero. Ésto me ocurrió con La copa de cristal de Bram Stocker, que es un canto a la belleza y la libertad. No la libertad panfletaria a la que se adscriben los «escritores contras» que están contra todo, sino esa libertad del ave en el aire o de la ola que besa la costanera que añora desde la mazmorra un condenado que talla la copa de cristal que deslumbraría en la fiesta de la belleza. Ante tal belleza el rey le daría la libertad y nuestro amigo artista se reencontraría con su amada Aurora.

No hay acuerdo definitivo entre académicos, críticos y escritores donde median intereses, gustos y temperamentos, pero al final hay algunos títulos comunes. Concluyamos que si buscamos buenos libros, para los lectores hay soluciones cercanas antes de buscar rarezas en el escaparate de las excentricidades. Comencemos por leer a nuestros autores nacionales, sin excepciones.

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