
¿Por qué fusiló Fidel Castro al general Arnaldo Ochoa? (IV)
¿Cómo es que se detecta la operación de narcotráfico de los hermanos de la Guardia y el general Ochoa, según la versión del propio Fidel Castro?
El ministro del interior Abrantes, es, al parecer, el personaje más débil del grupo de los acusados. Era el jefe de la entidad bajo cuyo mano se realizaron las operaciones, pero no sólo eso, es a quien se encomienda dar seguimiento a la investigación.
Según Fidel, debido a una serie de noticias que le intrigan y que andan por ahí de boca en boca, en las que se habla del aterrizaje clandestino de aviones en un punto de las playas de Varadero, que, aunque le parecían falsas, como muchas otras que se han dicho sobre la isla, le ordena al ministro Abrantes que realice una investigación pormenorizada.
No se aclara que se haya colocado un trabajo de contraespionaje para controlar al investigador, pero, aunque no lo diga Fidel, el asunto tiene una obviedad tal que es improbable que no se haya infiltrado un trabajo paralelo, dadas las características del caso.
Lunes 31 de marzo 2008
Berne Ayaláh
redaccion@centroamerica21.com
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No sólo Pablo Escobar tenía sus amigos en el M-19. Aquí es donde aparecen los nexos de la inteligencia cubana y el mismo movimiento guerrillero de Colombia.
Todo indica que Fidel sintió sospechas de los informes que Abrantes le estaba presentando, no sólo porque en ellos hubiera algún indicio de que se estuviera tratando de encubrir a algunas personas o de ocultar informaciones, sino por la misma personalidad del jefe de Estado cubano: el maestro de la sospecha letal.
Es así que se manda a traer a uno de los informantes de la inteligencia cubana, el colombiano Navarro Wolf, uno de los comandantes del M-19. Pero hay un “pequeño error” en la visita de este colombiano a la isla cubana, no se entrevista personalmente con Fidel. Su visita es atendida por un equipo de “compañeros” y por el propio ministro Abrantes.
Navarro Wolf retorna a Colombia por la puerta de atrás sin decir adiós, nunca logra ver a Fidel ni le da las supuestas informaciones tan preciadas que lleva consigo. Si le damos credibilidad a la versión del máximo jefe de Estado, quien afirma que debido al arduo trabajo no le pudo atender, y que por tanto delegó a otras personas para que lo hicieran, podríamos concluir que de alguna manera, aunque muy básica, las personas involucradas en las investigaciones del caso, eran, al menos hasta esos momentos, de una alta confianza para su persona, pero, en todo caso, independientemente del nivel de confianza, debió poner a sus espaldas a otros hombres también de su confianza y a otros tras de éstos.
Es importante plantear que estamos tomando como verdadera la hipótesis oficial, y es sólo a partir de sus premisas que orientamos nuestro análisis, pues como el buen lector lo habrá notado, no estamos tocando aún en detalles en esta entrega, la tesis de la coautoría de las máximas autoridades cubanas en el narcotráfico, ni el peligro que representaba para éstos la actitud crítica del grupo de oficiales acusados, y sus supuestas simpatías con las reformas políticas surgidas en el movimiento comunista internacional a raíz de la Perestroika.
Nadie informó a Fidel que el colombiano del M-19 había retornado a su país, nadie, al menos es lo que él afirma. Y, es sospechoso, ya que debido al trabajo del gobierno, debe reunirse con el ministro Abrantes casi a diario, por largas horas o en pequeños momentos, para tocar asuntos delicados o insignificantes pues Abrantes, según la versión oficial, consultaba todo a Fidel. Pero hay dos cosas que el ministro nunca le informa: que el colombiano ha salido de Cuba y si brindó o no informaciones sobre el caso del general Ochoa y los hermanos de la Guardia.
Fidel indica que cuando se da la visita del colombiano le pregunta a Abrantes: “¿Ya lo vieron? ¿Ha dicho algo de importancia? Me responde: No nada de trascendencia .”
En ese momento, según la versión de Fidel, ya se tenía suficiente información sobre las operaciones del general Ochoa y los hermanos de la Guardia. Ante la respuesta dada por Abrantes, aumentan las sospechas, pues su informe en lugar de confirmar otras fuentes, muestra una evidente evasión.
Hay una cuenta en el extranjero a nombre del general de división Arnaldo Ochoa, es la misma de la que nos habla Norberto Fuentes, donde se deposita dinero de los sandinistas, planteando que es dinero para compra de suministros de la revolución en Nicaragua. La suma que calcula la fuente oficial es de doscientos mil dólares, cantidad que se vuelve risible para el mismo general Ochoa, como lo indica Fuentes.
El conocimiento del caso que tiene en sus manos Fidel es muy avanzado cuando se dan los informes de Abrantes, aunque no lo explica, deja por sentado que él esperaba que por la vía del Ministerio del Interior le llegara una confirmación del trabajo de los otros equipos de la inteligencia cubana.
Aquí es donde hacemos un pequeño paréntesis: Ramonet le pregunta a Fidel si los oficiales cubanos tenían cuentas en Panamá, la respuesta del jefe de Estado es inevitablemente curiosa: “Es posible. No conozco los detalles”. Nos quedamos por el momento con esa parte de la respuesta. El maestro de la aplicación concreta de la conspiración política moderna sólo podía sostenerse arriba si conocía los detalles del entorno de su poder.
Es obvio que aquí no requerimos de ninguna genialidad especial para darnos cuenta de que Fidel está mintiendo, y mentir en tal circunstancia no es ningún pecado, ningún error, es una actitud necesaria y normal, más cuando tú eres el que representa el poder y tienes ante ti a un maldito periodista.
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Las investigaciones van cercando al grupo de los militares inculpados, de tal manera que de un momento a otro ellos se darán cuenta que son fisgoneados por sus propios compañeros.
Y es que la condición de los oficiales, sus prerrogativas dentro de los círculos del poder cubano, nos llevan a suponer, inevitablemente, que tenían sus allegados, sus subordinados que les podían dar información acerca de lo que estaba sucediendo en su contra. Además, aquellos a quienes se encomendara un informe que pesara en contra de los acusados, podrían negarse a traicionar a sus propios compañeros.
Fidel indica que en un primer momento no se estaba investigando al general Ochoa por narcotráfico, sino por el manejo inadecuado de fondos, resultado del poder ostentado por él al haber participado en muchas misiones internacionales, una de ellas relacionada con las operaciones en Nicaragua para contrarrestar los ataques de la Contra y otras actividades de Estados Unidos relacionadas con la llamada guerra sucia.
Como es imposible entrevistar a los colaboradores del general Ochoa sin que él se de cuenta, un asunto muy propio de las estructuras militares terminará por darse: el careo del propio acusado. A esto le llama Fidel “franqueo”.
Franquearse, o en otras palabras, confesar en un despacho privado, tiene sus riesgos: que el franqueado oculte información, manipule los datos o que mienta de forma total. Es de suponer que, en cualquiera de las hipótesis del caso, el general no iba a ser tan honesto, no podría esperarse lo contrario del oficial más condecorado de la historia de la revolución cubana, un artista del arte militar.
Ochoa se reúne en varias ocasiones con Raúl Castro, un hecho que el mismo Fidel confirma y todos los testigos, inclusive los que obran a favor de los acusados. Debido a que no hay más posibilidades de seguir avanzando en la investigación, se ordena su detención, a la que sus amigos llaman traición, la de sus propios jefes, y no la de él, como lo indica la versión oficial.
Aquí es donde ocurre otro hecho no muy creíble de la versión de Fidel. Hasta este momento, como se ha indicado, al general Ochoa no se le investiga por narcotráfico. En el ínterin de su detención, se encuentra una tarjeta de un hotel de la ciudad de Medellín en los efectos personales del capitán Martínez, y éste confiesa, según Fidel, los nexos con Pablo Escobar y las órdenes recibidas de parte del general Arnaldo Ochoa.
Una investigación de las características indicadas no podía venir y tropezar, en el mes de junio de 1989, fecha indicada por Fidel, con una evidencia tan novelesca, no por su forma sino por las implicaciones que reporta para el caso.
Veamos: no es que consideremos que un descuido como ese, el de quedarnos con una tarjetita de hotel, siendo agentes de trabajo conspirativo, sea un error imposible, no, ese no es el asunto. Un agente puede quedarse con la liga de una mujer, una marca de cigarrillo, o cualquier otra evidencia, pues el agente, más allá de su formación es un hombre de carne y hueso, y como tal puede errar. El asunto no creíble es asumir que a partir de esa tarjetita se desentraña el caso, sólo un mes antes de que se fusile al héroe nacional Arnaldo Ochoa y a los otros oficiales.
Esa investigación, de ser cierta y no un montaje clásico, no pudo ser una improvisación o una suerte, todo lo contrario, debió tener como antesala un seguimiento de incalculables proporciones y la participación de varias instancias y muchos recursos del Estado.
Pero el informe dado por el militante del M-19 llegará de todas maneras a las manos de Fidel, aunque parece demasiado increíble la forma como él lo describe. Indica que por casualidad, un día se encuentra al oficial Alejandro Rodas Marrero, quien había atendido a Navarro Wolf, y es éste joven oficial quien le informa en un pasillo, descrito por Fidel así: “Oye ¿Qué fue lo que tú hablaste con Navarro? Y él responde: ¿Usted no recibió el informe que yo le entregué al ministro Abrantes? Le digo: No, ¿tienes copia? Dice: Sí.”
Asegura Fidel que se fue conversando con el joven oficial y le ordena inmediatamente que le lleve el informe. Y Abrantes que según Fidel, le entregaba “todos los papelitos” no le entrega ese informe. Vaya, dice uno, Fidel rompiendo las escalas de mando tan infantilmente.
Ahí, según versión oficial, se da el emplazamiento del ministro del interior. En el informe de Navarro Wolf se indica lo que ya antes se ha dicho: que el coronel Tony de la Guardia tenía vínculos estrechos con Pablo Escobar.
Más allá de que el contenido del informe sea cierto, lo que no está en duda, pues hasta su propia hija lo ha relatado, hay algo que llama la atención: es poco probable que el jefe del Estado cubano venga y se de cuenta de semejante información por una de esas casualidades surgidas en un pasillo y como resultado de una conversación con un joven oficial de baja graduación. Teniendo los servicios de inteligencia que él tenía, y que sigue teniendo, debió haber buscado desde antes al joven oficial que se entrevistó con Navarro Wolf, pues como él mismo lo reconoce, la cantidad de oficiales investigados y la importancia de sus cargos volvía necesario para los fines del caso, aplicar un celo especial en las investigaciones y darle una estructura soberbia de contraespionaje del más alto nivel.
Salvo que estemos ante un montaje, aunque el caso se describe a grandes rasgos como lo que es, una operación a gran escala de narcotráfico continental, vemos en las pesquisas descritas por Fidel Castro una constante: el hallazgo de evidencias por meras casualidades y una suerte de lotería que apunta al premio mayor.
La casualidad, o si usted lo prefiere, la suerte, está presente en toda investigación criminal, es muy cierto. El investigador puede tropezar con una o más evidencias de peso mientras busca a los culpables, pero en la estructura de toda buena investigación basada en los métodos de la criminalística, por principio no hay suerte: la casualidad en la investigación es ante todo una causalidad, la de una buena investigación. La suerte no es una premisa para descubrir un crimen, salvo que se trate de una artificio, una construcción política para ocultar el verdadero hecho.
De cualquier manera, el asunto aquí no es negar que la inteligencia cubana haya tenido informantes en Colombia, Panamá, Nicaragua, o en cualquier otro lugar, sino de qué manera las informaciones surgidas encajen en la totalidad del caso.
Y mire usted, estimado lector, Fidel mismo al relatar el caso nos brinda ese escurridizo sentido de la casualidad, de la ligereza y la superficialidad, al decirnos que no conocía o que conocía poco ciertos pormenores, más sin embargo hay momentos, como si se olvidara de lo antes dicho, afirma lo contrario: “Con esas operaciones se llegó a reunir unos tres o cuatro millones de dólares, tal vez más. Pero no estaban robando; yo, que seguía cada detalle, me percataba de eso.”
En relación al dinero, tomando en cuenta los volúmenes de la droga y las utilidades que pudo reportar un movimiento de semejante envergadura, esos tres o cuatro millones de los que se habla son muy pocos, algo que nos dice con claridad Norberto Fuentes al indicar que el mismo Ochoa le ha dicho que él era un hombre de novecientos millones de dólares o mucho más.
La alusión última al conocimiento de los detalles por el propio Fidel Castro confirma su condición de maestro ejecutor de la conspiración moderna. De no conocer los detalles hubiese caído el mismo año 1959, y esos detalles no llegaron a él por una casualidad o una suerte, sino por una muy bien articulado plan.
Nuestra ventaja es que su boca se abrió como la del pez fuera del agua, y ahora tenemos las mejores evidencias para seguir escudriñando este caso: su propia versión y la de los testigos privilegiados que protagonizaron junto a él esta historia.
Primera Entrega:
¿Por qué fusiló Fidel Castro al general Arnaldo Ochoa?
Segunda Entrega:
¿Por qué fusiló Fidel Castro al general Arnaldo Ochoa? (II)
Tercera Entrega:
¿Por qué fusiló Fidel Castro al general Arnaldo Ochoa? (III)
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