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El club de los escritores suicidas
Cuando vivir duele (Coda)


“Los hombres de genio, los grandes creadores, ¿no se encuentran precisamente entre los depresivos y los melancólicos?”, preguntaba Aristóteles ya en su tiempo .

Como decíamos al comienzo de esta serie, la relación entre enfermedad mental, suicidio y creatividad siempre ha estado bajo la lupa pero nunca ha podido comprobarse científicamente. Aunque no hay estudios específicos que analicen el suicidio entre escritores, hay varios sobre su relación con la enfermedad mental que han arrojado conclusiones interesantes.




Lunes 24 de marzo de 2008
Jacinta Escudos
jescudos@gmail.com

 

Arnold M. Ludwig, un profesor de psiquiatría ya retirado del Centro Médico de la Universidad de Kentucky, realizó una investigación cuyos resultados fueron publicados en 1995 en el libro The Price of Greatness: Resolving the Creativity and Madness Controversy ( El precio de la grandeza: resolviendo la controversia entre creatividad y locura ).

Ludwig estudió a más de 1,000 personalidades prominentes con 18 profesiones diferentes, 8 de ellas del área creativa y artística. La investigación lo llevó a concluir que eran los artistas los que tenían mayores problemas. Entre sus sujetos de estudio, el 20% de los poetas había cometido suicidio en comparación con el 4% de suicidios de todas las otras profesiones examinadas.

En el estudio de Ludwig, los poetas vivían un promedio de 59.6 años y los científicos sociales 73.5. Los escritores de no ficción llegaban a los 70.6 años y los músicos apenas alcanzaban los 57.2.

Algunos años después, el psicólogo James C. Kaufman, de la Universidad del Estado de California, analizó a 1,987 escritores muertos, tanto hombres como mujeres, de diversos orígenes (estadounidenses, canadienses, mejicanos, chinos, turcos y de Europa del Este).

Los resultados fueron publicados en la revista Death Studies en Noviembre del 2003, bajo el título “The Cost of the Muse: Poets Die Young” (“El precio de la musa: los poetas mueren jóvenes”). Su estudio determinó que los poetas viven en promedio 62.2 años comparados con los escritores de no ficción que viven un promedio de 67.9 años. Los dramaturgos viven un promedio de 63.4 años y los novelistas 66. Uno de los puntos que pudo definir esta investigación fue que las mujeres poetas morían antes que los hombres.

Según Kaufman, el motivo por el cual los poetas tienden no sólo a tener una menor expectativa de vida sino una mayor disposición a las enfermedades mentales se debe a las dificultades propias de su oficio. “Lograr generar un ingreso como poeta es prácticamente imposible”, dice Kaufman, “lo cual puede generar mucha angustia”. Además, la naturaleza de su oficio los obliga no solamente a trabajar en soledad, sino que su área de trabajo es totalmente emotiva, obligándolos muchas veces a adentrarse en un mundo introspectivo e íntimo del cual posiblemente no siempre salgan ilesos.

Otra investigación, realizada en 1975 por David Keith Simonton, profesor de psicología de la Universidad de California, había arrojado ya resultados similares. Simonton definía que entre 420 escritores analizados, era difícil encontrar un poeta que no tuviera algún tipo de patología, entre alcoholismo, adicción a las drogas, depresión o suicidio. “Quizás”, especulaba Simonton “la gente utilice la poesía como una forma de auto-terapia para sus problemas y las patologías son las que disminuyen sus años de vida”.

Pero no todos están de acuerdo con esta teoría. Maxine Kumin, poeta y gran amiga de Anne Sexton, afirma que hay muchos poetas que viven vidas normales, sin adicciones ni problemas mentales. “Lo que pasa es que hay una lúgubre fascinación, una fascinación casi erótica por los poetas que mueren jóvenes”, afirma.

Otro estudioso del tema, James Pennebaker de la Universidad de Texas en Austin, afirma a su vez que “es muy posible que escribir poesía fue lo que hizo que Sylvia Plath viviera más tiempo”, por lo que ser poeta no sería necesariamente “un oficio peligroso para la salud”. Afirmaciones similares se hicieron sobre Anne Sexton y Virginia Woolf. Escribir, de hecho, las mantuvo vivas durante un tiempo más del que posiblemente hubieran vivido si no hubieran contado con ese recurso.

Suicidios anunciados

A pesar del avance en las investigaciones genéticas que definen como hereditarias muchas condiciones y enfermedades, entre ellas, varias dolencias mentales, se cree que el suicidio no es necesariamente una condición hereditaria. En muchos casos, es una conducta adquirida o influenciada por varios factores, entre ellos el abuso de alcohol y drogas, el entorno psico-social y por supuesto, las enfermedades mentales.

Entre los escritores estudiados durante esta serie, varios de ellos tuvieron parientes o amistades que recurrieron al suicidio, a veces cuando el escritor era un niño o muy joven. Esto podría haberse inscrito en el sujeto aún en formación como una “salida válida” para una situación dolorosa. Muchos de ellos, si no todos, sufrieron repetidas crisis depresivas y varios tipos de trastornos mentales.

Los problemas económicos, la imposibilidad de escribir, acusaciones de plagio, decepciones amorosas, enfermedades incurables y el traumatismo de la guerra fueron algunos de los detonantes que hicieron que recurrieran al suicidio.

Por otra parte, en la obra de todos los escritores estudiados, había referencias constantes a la muerte y al suicidio. ¿Podría el conocimiento de ello haber prevenido que recurrieran al recurso? Posiblemente no. Los familiares de varios de ellos declararon que no les cabía duda que podrían suicidarse. Lo que no se podía saber era cuando.

El suicidio parece ser menos frecuente entre los escritores latinoamericanos y más frecuente entre los europeos y estadounidenses. Así mismo, las mujeres parecen suicidarse menos que los hombres (o hay menos información sobre ellas). Esto es apenas una suposición que me atrevo a hacer a raíz de la investigación realizada para esta serie y bien merecería un estudio como los citados al inicio de esta nota.

El interés por los autores suicidas es innegable. Quizás haya en ello algo de morbo o la inquietud en los lectores de una obra truncada por motivos extra-literarios, cuando la vida y el dolor individual se imponen sobre la esperanza y la literatura.

Lo cierto es que la muerte administrada por la propia mano ha contribuido a que estos autores sean considerados poco menos que mitos, individuos que en sus navegaciones por los infiernos personales, se aferraron a la literatura como una tabla de salvación que no logró sacarlos a flote. Individuos que, a través de sus escritos, lograron palpar con sus manos la piedra de la locura de la que hablara Alejandra Pizarnik, como una advertencia, como un objeto fascinante y aborrecido a la vez, y al cual nosotros los lectores accedemos, entre aliviados y curiosos, admirando el atrevimiento de quien osa ir más allá.

Los sobreviven sus palabras, el detalle de sus enajenaciones y la historia de sus atormentadas vidas que, junto a su excelencia literaria, no nos permite olvidarlos.



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