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Artesanías de Ilobasco: la memoria de un pueblo, en un trocito de barro

Más de cinco siglos han transcurrido desde que –en lo que luego se llamaría Ilobasco- el barro fue tomado del suelo y elevado por manos hábiles, para construir con él, primero utensilios, y luego seres y relatos diversos, trocados en piezas de arte y trozos de la memoria de un pueblo, del pueblo de Ilobasco, del pueblo salvadoreño. .

Lunes 31 de marzo 2008
Héctor Benítez
redaccion@centroamerica21.com

 

La alfarería en Ilobasco surge con fines utilitarios, como la confección de recipientes de diversas formas y tamaños. Sin embargo, durante el proceso de “cristianización” promovido por los españoles conquistadores, pronto los alfareros extendieron su labor moldeadora a la elaboración de iconos religiosos católicos.

Así, a mediados del siglo XIX, inicia la producción de figuras destinadas a representar el “nacimiento”, limitándose, en un principio, a la existencia del niño Dios y sus padres, para luego incorporarles la compañía de ángeles, animales de diferentes especies, campesinos y campesinas en sus labores cotidianas, indios, vendedoras con el canasto sobre la cabeza, seres francamente paganos (como la Siguanaba y el Cipitío), hasta llegar a personajes propios de la televisión, ya bien entrada la segunda mitad del siglo XX.

La alfarería (esa labor casi tan antigua como la dominación del fuego por el hombre, a juzgar por los hallazgos arqueológicos de piezas de barro cocido que se remontan a la prehistoria), como oficio y como arte, ha sido elaborada en Ilobasco generación tras generación por artesanos que, sin contar con un grado de profesionalización, nunca han estado exentos de talento creativo e inigualable habilidad en el moldeado del barro, llegando a posicionar su obra en el más alto nivel de toda la región centroamericana.

María Dominga Herrera

Y si de artistas alfareros hablamos, no podemos dejar de mencionar a una de los mejores: María Dominga Herrera.

Nacida en Ilobasco un 4 de agosto de 1911, e hija de alfareros, María Dominga Herrera es considerada la precursora de las artesanías de barro en miniatura, desde que en 1926 confeccionara una pequeñísima muñequita y, maravillada ella misma por su pulgarcita creación, se dedicara a trabajar el barro en ese formato. Su obra ha sido, desde entonces, fuente inagotable de inspiración para un sinnúmero de artesanos, y codicia de coleccionistas privados de todas partes del mundo.

Y así, rebasando las fronteras de la icónica religiosa, la obra tanto de María Dominga Herrera como la de sus demás colegas, empezó a invadir los terrenos de la cotidianeidad, mediante la elaboración de figuras de barro representando al campesinado, a la vendedora del mercado, a policías y militares, a borrachos con la botella de aguardiente en la mano, a la lavandera inclinada sobre la piedra, al hombre con saco y corbata, a los mariachis, entre otros personajes, sin olvidar a los de la televisión como superhéroes y diferentes prototipos.

Museo de Arte Popular

Una importante selección de las obras más representativas de los alfareros de Ilobasco la podemos encontrar en el Museo de Arte Popular donde, según Madeleine Imberton, curadora del mismo, se ha procurado conservar y mostrar al público una variedad de artesanías de diversos autores, tipos y temáticas, yendo desde lo religioso hasta lo vulgar –obsceno, dirían algunos, como hombres con enormes falos o parejas copulando-, pasando por las sorpresas –miniaturas escondidas por tapaderas, representando diferentes motivos-, los “procesos”, que son escenas secuenciales y los “cuadros”, complejos escenarios que muestran plazas, sitios de trabajo, esparcimiento, etc.

Otra variante, concerniente a la artesanía de Ilobasco, la podemos encontrar en un hecho relativamente nuevo. Este producto, cuya venta se circunscribía hasta hace algunos años a la época navideña, y a católicos, se ha extendido ahora a toda época y comprador, siendo ya común encontrar estos productos en centros comerciales durante todo el año, y en las casas de toda clase social como apreciados objetos decorativos.

Sin embargo, la exportación en masa de estos objetos hacia otros países que no sean los del resto de Centroamérica es algo que sigue esperando, a pesar de iniciativas enmarcadas en los Tratados de Libre Comercio (TLC´s) firmados por El Salvador, y que no han arrojado resultados importantes.

Así, Madeleine Imberton, al ser interrogada sobre si los TLC´s han incidido positivamente en la venta de las artesanías de Ilobasco, ella no duda ni un instante en responder lacónica y tajantemente: “No. En nada”. Según ella, esto debido, principalmente, a la fragilidad del producto derivada en la dificultad de embalarlo adecuadamente, para que pueda llegar entero a destinos lejanos.

La miniatura, patrimonio cultural

Por otra parte, y algo que sí ha incidido en que el producto se venda a otros países, aunque tal vez no a gran escala, es la notable popularización ganada por este tipo de artesanías (especialmente las “miniatura”), merced a la proyección de los artesanos y al eco divulgador de instituciones como el Museo de Arte Popular, vitrinas donde los turistas extranjeros pueden conocer la obra y valorar su importancia.

¿Pero cuál es su importancia? Definitivamente, que los artesanos han sabido plasmar en sus pequeñas creaciones la historia de todo un pueblo, su desarrollo y diversas manifestaciones a lo largo de tantos y tantos años, a través de un realismo simple y de una creatividad y habilidad complejas. Creaciones donde, a juicio de Imberton, el fin último es la expresión, más que la “fotocopia” de la realidad en sus formas, colores y proporciones exactas. De hecho, la relativa deformación de los personajes de arcilla es casi una constante, sin que se deje de reconocer en ellos a los personajes representados.

Sin embargo, el fenómeno de la producción en masa de las artesanías de Ilobasco, como cualquier proceso masificador, ha conllevado una disminución en la calidad del producto. Y es que muchos artesanos, por un evidente afán de comerciar sus creaciones, se han desinteresado de cuidar los detalles –a veces minúsculos- que convirtieron otrora la elaboración de estas artesanías en auténticas obras de arte.

¿Acaso murieron las María Dominga Herrera? Sin duda que no, pues Ilobasco no carece de artesanos respetables y, al mismo tiempo, respetuosos de la herencia cultural puesta en sus manos por sus ancestros. Pero hay dos hechos concretos: Primero, que los artesanos deben sentirse obligados a preservar y practicar la más depurada dedicación en la elaboración de las artesanías de barro (principalmente de las miniaturas, donde los cuidados detalles significan todo), para propiciar que el producto sea cada vez más y más apreciado por públicos exigentes –como el europeo-, derivándose de ello un aumento en las ventas y en el valor de sus productos.

Segundo, que todas las instituciones que tengan como fin de sus actividades la preservación y proyección de los patrimonios culturales salvadoreños, se muestren interesadas en apoyar a los artesanos de Ilobasco en la capacitación, técnica para la elaboración de su obra, y mercadológica para la comercialización de la misma.

De esa manera, este bien cultural nuestro, el de las artesanías de barro ilobasquences, se convertirá en rédito para todo El Salvador y, principalmente, para los artesanos de Ilobasco, hábiles creadores de seres y relatos diversos, recolectores de trozos de la memoria de nuestro pueblo.

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