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Páginas luminosas:
La política según Salarrué
La vitamina P
La principal actividad, el eje alrededor del cual gira la vida de algunos pequeños pueblos del mundo, es la política. Casi todos, tanto los llamados ciudadanos que se dedican a ella de manera permanente como aquellos que son meros expectantes, tienen su atención fija en el centro de aquel remolino que se traga la vida entera de las pobres gentes. La política en estas tribus semi-bárbaras es el tótem de la plaza central adonde por ambición o por temor, por vaciedad o por inercia van en los tres aspectos del día a depositar su ofrenda del fanatismo, a hacer su sacrificio del cordero.
Los sacerdotes de la política tienen la plena certeza de que todo el mundo mantiene sus ojos fijos en ellos; en lo que ellos hacen, y en el oído atento a lo que ellos dicen. Los salvajes están en realidad atentos constantemente a las ceremonias, discutiendo día y noche las obras de los afortunados que han llegado al pináculo de aquella aspiración embriagadora. Se interesan porque no saben de otra cosa, porque para ellos la vida es aquel camino pedregoso y desarbolado. Se interesan porque temen o porque ambicionan dominio y riqueza.
Pobres pueblos estos. Las actividades de la ciencia, del arte, de la filosofía, están olvidadas, despreciadas, aterradas. La autoridad está en la cumbre de la política y las vidas están condicionadas por ella. Los ciudadanos no son timoneados por la razón y la justicia, por la sabiduría del filósofo y científico. Hay desorden porque hay fanatismo político.
Habemos hombres que creemos en una forma distinta de vida. Habemos hombres que creemos que se piensa y se razona con la mente, se siente y se ama con el corazón, y que los hombres que administran la vida de un pueblo deben ocupar el nada despreciable puesto del estómago y demás vísceras reguladores de la vitalidad. La cabeza de un pueblo está representada por los hombres de ciencia y filosofía, y ellos deben discutir las leyes y adaptar inteligentemente las funciones al medio.
Esta clase de hombres deben ocupar desinteresadamente los congresos y demás asambleas. Y un poder ejecutivo habrá de hacer funciones de administración. Sencillez y sentido de la responsabilidad. En ningún caso este administrador de la inteligencia, del sentimiento y los bienes de un pueblo, deberá sentarse en trono de oro y empuñar cetro de gran poder.
En aquellos pueblos que no tienen hombres en abundancia, para ocupar los puestos de responsabilidad, son peligrosos los cambios frecuentes y obligatorios, que habrán de relegar a los que son capaces y enaltecer a los que nada pueden y todo lo enturbian.
Creemos que cada pueblo debe darse el gobierno que le conviene, sin meterse dentro de un patrón preconcebido, adoptando por imitación sistemas imaginados por otra clase de colectividades. Esta imitación simiesca es la que ha llevado a muchos pueblos niños a la infelicidad. Hay siempre una forma de gobierno buena para cada pueblo, y solo se precisaría la buena voluntad y el interés desinteresado para encontrarla.
Hay verdades que suenan a ingenuidad. ¿Cómo hacer para que un pueblo se desligue por un instante de los demás del mundo, y estudie sin ver hacia afuera su mejor forma de gobierno? Habrá que empezar por levantarle la loza pesada del temor. ¿Qué gobierno hará eso?
Mientras tanto a estos pobres pueblos políticos no se les puede hacer olvidar la administración y el poder para ocuparse de la vida, dejando a aquellos con sus obligaciones. Todos los ciudadanos están atentos a lo que sucede en la política, a las sorpresas y los cambios que esta forma rudimentaria de poder ofrece. ¿Cómo puede hablársele de arte, o de ciencia, o de filosofía? Ellos vuelven indiferentes la cabeza a toda manifestación que no esté marcada con el sello al rojo de la política; beben política, respiran política, sudan política desde el colegio hasta la tumba.
Las instituciones de enseñanza, de caridad, de religión, de obrerismo, de agricultura, todas están engrapadas con la política y no giran sino al impulso de fuerzas interesadas en la única actividad de importancia. Las voces de los hombres libres de esta peste de la política son para ellos zumbidos de zancudos. Y tarde o temprano esos zancudos son aplastados de una palmada, por el temor de que puedan inocular la fiebre de la cordura.
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