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El “boom” y sus sin embargos

El “boom” latinoamericano será lo que se quiera, pero hay algo cierto: surgió de la visión de un editor fuera de serie, Carlos Barral, quien vio en nuestro continente algo más que dictadores, bananos, costumbrismo y un modernismo que ya sacaba ronchas. Vio una literatura emergente –aún lo es– joven –también– y con una potencia que Europa estaba perdiendo, ensimismada en su tradición de siglos, entre la herencia de los grandes maestros del pasado y la necesidad de renovarse.

Lunes 31 de marzo 2008
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

Barral reunió una serie de nombres que eran desconocidos incluso en sus países, los colocó en las editoriales que manejaba –Barral Editores y Seix Barral– y los echó al mundo. Quizá no haya algo que pueda definirse como “literatura latinoamericana”, pero ésa fue la impresión que dio el “boom”: gente que, desde el mismo ámbito, producía literatura original, de una variedad que iba de los oscuros Onetti y Sábato al barroco Roa Bastos, pasando por Mario Vargas Llosa, quien hizo de la novela casi una ciencia exacta (al menos hasta “La guerra del fin del mundo”, cabe anotarlo).

En la colada entraron otros escritores fuera de serie, como Gabriel García Márquez –a quien Barral, curiosamente, no aceptó en su catálogo– y Julio Cortázar, y se consolidaron otros como Jorge Luis Borges y Alejo Carpentier. Todos ellos eran “latinoamericanos”, así, en abstracto, y la visión que se tuvo fue de que un mexicano como Carlos Fuentes, un cubano como Carpentier y un argentino como Borges coexistían en un espacio limitado –sólo México es del tamaño de Europa– y casi vivían en casas aledañas y juntos hacían asados los fines de semana.

Esa patria, “Latinoamérica”, sin embargo, existía sólo en algunas editoriales –hay que incluir Sudamericana, Siglo XXI, Fondo de Cultura Económica, Emecé, Vergara y un par más–, y no dejaba ver lo que aún es evidente: la poca cantidad de personas que escriben de manera universal en cada uno, y todos, los países del subcontinente. Puede tomarse esa aseveración de manera negativa, pero se logró, a través de un movimiento editorial inteligente, crear una identidad regional y ligar a gente dispersa por la geografía, la ideología, las diferencias estéticas y lo que se desee.

Se tiene la impresión de que Barral –obviando lo de García Márquez– tenía, además de una visión literaria lúcida, un sentido comercial extraordinario; seis o siete de los escritores a los que publicó llegaron a estar, y aún están, entre los más vendidos y respetados del habla hispana. La verdad es que, sí, supo reconocer a algunos de esos escritores, pero publicó a decenas de otros con menos suerte en materia de ventas. A principios de los noventa todavía se encontraban libros publicados en los años sesenta y setenta en oferta, en grandes cantidades, en librerías de saldos.

Eso no demuestra que Barral jugara al azar, sino a la variedad. Y también los escritores podían tener, si pasaban de un estándar de calidad más bien alto, la oportunidad de lanzar su obra al mundo. Es difícil saber, cuando se trata de libros, por qué algunos pegan fuerte y otros no, qué tipo de empatía debe crearse entre El Lector –o sea miles o millones de personas que no se conocen– y el autor. El único modo de saberlo, para un editor, es lanzarse a la arena, promover su “producto” y esperar. Vender uno o mil ejemplares a la semana es importante a la hora de sacar las cuentas, pero también lo es echarse al ruedo. Los que vendan más compensarán los “libros de riesgo”, y algo positivo quedará.

Dos o tres décadas más tarde, algunas editoriales grandes trataron de jugar de nuevo al “boom” latinoamericano, pero con reglas diferentes. En general, esperaban que cada uno de los autores que se publicaban fuera un éxito comercial por lo menos mediano; luego, en lugar de apostar a la originalidad, pusieron énfasis en imitadores –o poco menos– de los autores del “boom” anterior, y tuvimos una lluvia de escritores de “realismo mágico” o de “lo real maravilloso”, de autores de libros acerca de las guerras y posguerras, con poco énfasis en la calidad del producto, todo ello en un formato que asegurara una base mayor de lectores. Entre todo ello venía lo que se dio en llamar “literatura light”.

Algunos de esos autores pegaron bien, porque en efecto se amplió la base de lectores: para quienes no soportan a García Márquez, allí está Isabel Allende; para los que no comprenden a Vallejo, Huidobro o Hernández, Mario Benedetti es un paliativo. Etcétera.

Hasta las editoriales “alternativas”, las que siempre se dedicaron a la literatura de riesgo, como Tusquets y Anagrama, jugaron un poco –o bastante– al juego, y frente a las estanterías con sus libros es ahora difícil escoger, entre tantos nombres y títulos, uno que suene potable. En los tiempos del “boom”, uno podía estar casi seguro de que ciertas editoriales pondrían libros por lo menos dignos de controversia. El problema, quizá, fue que los criterios de editor cedieron paso a los del gerente. El resultado no fue una baja en la calidad de la literatura, sino que la prioridad es satisfacer al público “nuevo”, que es más amplio, y los lectores de viejo cuño sólo de vez en cuando se ven representados y satisfechos.

Parece haber una reversión en ese fenómeno, y con razón. Muchas editoriales le apostaron a escritores que creyeron “populares” y sus libros –como muchos de Barral– están ahora en bodegas y librerías de saldos. Para un editor, eso es parte de los gajes del oficio; para un gerente puede ser la ruina. Pero la literatura siempre encuentra su camino, y siempre es más temprano que tarde.

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