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Un secuestro y un asesinato con puntos suspensivos. (I)



Nunca creí que el sargento moriría de aquella manera: su cuerpo quedó tendido en la misma colchoneta de rayas de colores donde la noche (o madrugada) de su asesinato, veía una película de policías en la televisión.

El corte del cuello indicaba la presencia sigilosa de al menos un hombre de expertos cocimientos en el arte de matar a hurtadillas. El uso del arma cortante dejó marcado un surco de izquierda a derecha por donde la sangre había manado con abundancia hasta empapar la almohada y la colchoneta. La herida está descrita detalladamente en el manual de lesiones por arma blanca del instituto de ciencias forenses.


Lunes 31 de marzo 2008
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

No, él no podía haber muerto ni en su cama ni por una cuchillada. El sargento de las tropas especiales guerrilleras debió morir por una bala, al menos, y en los campos de batalla, en el sur del Cerro de Guazapa, durante la guerra civil, donde pasó doce largos años de su juventud. Pero no fue así.

Su vida transcurrió de la guerrilla a la Policía Nacional Civil, donde también llegó a ostentar el grado de sargento, y fue conocido como Felino, en la unidad de Protección a Personalidades Importantes, por sus siglas PPI.

De mis archivos mentales no sale su figura esbelta y elegante, cuando compartíamos la trinchera en la calle La Gloria de Ciudad Delgado, en los momentos más cruentos de la ofensiva guerrillera de 1989, cuando las tropas de la Agrupación Alfa del Batallón Atlacatl, habían logrado sacarnos de la calle Juan Berti a punta de cañón y docenas de granadas de gas lacrimógeno destripadas en nuestra cabeza.

Y recordarlo de aquella manera, sosteniendo su Ak o manipulando la radio de comunicaciones, o simplemente arreglando sus cabellos lisos y castaños, debajo de los cuales se desplegaba su sonrisa de medio lado, es una tentación, un viaje a los asuntos que al parecer algunos siguen pensando que son prohibidos o muy peligrosos.

Todo comenzó el día que la policía llegó a la casa de su madre, una mujer que durante la guerra civil fue encargada de cuidar una casa vieja del municipio de San Marcos, donde se guardaban armas y otros efectos logísticos de los alzados, y lo que se supone fue lo peor, sucedido en las postrimerías de la guerra civil, el ocultamiento de un empresario que fue secuestrado por la guerrilla.

Las tropas especiales de choque y de investigaciones de la nueva policía, se presentaron a la residencia de la mujer, donde ella se había ido a vivir meses después de la firma de los acuerdos de paz, y que estaba ubicada no muy lejos de aquella casa vieja donde ella había pasado encerrada casi diez años.

Todos los documentos, las evidencias, tanto las verdaderas como las implantadas maliciosamente, fueron colocadas en las piezas del expediente o embaladas detalladamente y puestas en los archivos de evidencias. Todo ese mar de pruebas y presunciones sirvieron para que las manos pecosas, arrugadas y resecas de la mujer, fueran apretadas por un par de esposas de acero inoxidable una mañana de aquellas en las que creíamos que todo lo concerniente a la guerra había terminado, al menos en el papel.

El rostro cansado, de abundantes arrugas y canas de la mujer, se dejó ver a raudales mientras era conducida a una casa de seguridad muy secreta, ubicada en el barrio San Esteban de San Salvador, a un par de cuadras al oriente del mercado Belloso.

El inmueble fue destinado para la detención de la mujer y dos personas más que fueron privadas de libertad junto a ella, dos de sus hijos. Un comando especial de la policía fue destacado para resguardar a los tres apresados pues se suponía que debido a la delicadeza del caso podían ser objeto de una operación comando de rescate o de asesinato.

A esa casa de paredes desteñidas y pisos malolientes, llegó el mismo director de la Policía y el ministro de la Seguridad Pública, para tratar de obtener algún tipo de información de los detenidos y llegar al fondo del caso. Las entrevistas no produjeron ningún resultado en esas apremiantes horas del término de la llamada detención administrativa, y en los ojos tristes y cansados de la mujer, el engaño de su supuesta flaqueza revolvió los ánimos de los funcionarios: no iba a colaborar con nadie así llegara alguien a meterle un tiro entre los ojos.

El delito del cual eran acusados era el secuestro. Único que no está contemplado en la Ley de Amnistía que se aplicó a los hechos delictivos sucedidos en el marco de la guerra civil.

Para ese día de la captura, que fue a la vez el inicio de un proceso tedioso, confuso y repleto de burócratas ensacados y encorbatados y papelerías grotescas e impertinentes, el sargento aún estaba vivo y gozaba de una muy buena salud, y el juvenil rescoldo de su sonrisa todavía ponía a sudar a una de sus amantes de la guerra.

Es obvio que esas horas tempranas de su detención eran demasiado importantes para la policía, pues ahí estaban las claves de su caso o la prolongación del mismo. La connotación política del mismo, debido a las implicaciones de una de las organizaciones de la antigua guerrilla salvadoreña, eran un manjar en el manejo político del caso sub júdice.

La reciente disolución de las antiguas policías que estuvieron asignadas a la Fuerza Armada de El Salvador, y el significado político del respeto a los Derechos Humanos, eran efectos claros del escenario donde debían colocar sus pies, tanto el director de la policía como el mismo ministro de Seguridad Pública. No iban a ser tan torpes como para dar un trato inadecuado a las personas detenidas, eso podría deslegitimar lo mucho o lo poco que hubiesen ganado hasta ese momento.

Y la verdad en este punto era esa. Los funcionarios realizaron exclusivamente lo que todo investigador está obligado a hacer: emplazar cara a cara al detenido sin realizar actos prohibidos por la ley. De inmediato supieron que las dos mujeres detenidas no iban a decir esta boca es mía.

Entonces la esperanza se empeñó en el hombre detenido junto a ellas, el más joven, hijo de la mujer vieja y hermano menor del sargento Felino. En efecto, el muchacho dio síntomas de quebrarse y de abrir esas pequeñas puertas tan secretas, como lo son las de la mente de todo inculpado. Pero la astucia de la defensa y la presión de las mismas mujeres evitaron que él pudiera llegar a caer vencido en primera caída.

Y el muchacho tuvo una ventaja: debido a la edad que alcanzaba en el momento de los hechos, debió aplicarse en su persona la legislación de menores. Como consecuencia del tiempo transcurrido entre la fecha en que se consideraba ejecutado el último acto del secuestro y la fecha de la captura, que era superior a cinco años, toda acción en su contra quedaba sin efecto para la legislación salvadoreña. En tal caso el debía salir libre inmediatamente, como así lo fue.

El sargento también se presentó a aquella casa desteñida del barrio San Esteban, para ver a su madre y hermana. Ahí, entre aquellas paredes manchadas y habitaciones vacías, se paseaban sus propios compañeros de armas de la unidad PPI. Las miradas de los agentes de la policía y las del sargento, que en algunos casos había sido su jefe, se cruzaban con un dejo de tristeza y solidaridad, como en un mundo de pureza kafkiana.

¿Quién no sufriría al ver a su vieja madre atrapada entre las fauces del poder punitivo del Estado por un hecho que desde la ciencia criminológica nunca cometió, custodiada por sus propios compañeros?

Muchos piensan que escribir sobre estas cosas es peligroso, temerario. Que puedes ser atropellado al cruzar una calle o morir por amor.

A pesar de esa verdad, hay algo allá donde brilla la luz de la vida que no se extingue cuando se cierran los ojos o se empapan de sangre las telas que hemos vestido, las miradas de esos seres que hemos conocido tan de cerca y que desde el sitio donde se mueven sus rastros, nos piden a gritos que no les dejemos morir en este otro universo, el de la palabra escrita, donde volverán a darnos un dato excelso de sus vidas truncadas.

Nada ha sido más peligroso que vivir. Esto, al menos en la crónica, apenas comienza a temblar, como una ala de colibrí que flota en el aire putrefacto de las mentiras del poder oficial donde siguen latiendo los corazones de esos otros muertos, los de la posguerra.

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