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La historia y la sangre
“Libertad se escribe con sangre… El Salvador será la tumba donde los rojos terminarán”, así inicia y termina el himno de la derecha. Muchos militantes y dirigentes de ARENA que han evolucionado, al cantar esta última estrofa de su himno, lo toman como un recuerdo -nostálgico quizás-, de aquellos momentos de guerra y confrontación política; pero aun han de quedar unos pocos que añoran y sueñan con esos aciagos momentos de derramamiento de sangre.
“Porque el color de la sangre jamás se olvida…los masacrados serán vengados”. Esta es una de las consignas que mejor sintetizaba el sentimiento de odio y venganza que dominaba los corazones de la mayoría de jefes y combatientes del frente, durante el conflicto. Aun quedan -también unos pocos por suerte-, militantes de izquierda, que gritan y creen en este tipo de consignas propias de la guerra.
Lunes 31 de marzo 2008
Juan Ramón Medrano
Redaccion@centroamerica21.com
El Obispo Mártir
El 24 de marzo del 2008, se cumplieron veintiocho años del asesinato del Arzobispo de San Salvador, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, a manos de un escuadrón de la muerte de la derecha. En medio de la guerra, la muerte de Monseñor Romero, los sacerdotes jesuitas y miles de muertes más, eran recordadas a través de la consigna “Por los muertos, nuestros muertos, juramos vencer”.
Todos sabemos que Romero fue un líder carismático, en sentido estrictamente religioso, pero también en la acepción psico social de Max Weber: por que fue la voz de los sin voz, su voz de denuncia surgió para defender a los mas necesitados, en los momentos de mayor represión contra el pueblo; todos conocemos las palabras de su última homilía pronunciada un día antes de su muerte, con las que llamaba al ejército a desobedecer las órdenes de matar a sus hermanos, en especial, de la población civil desarmada; pero pocos conocen sin embargo, sus opiniones en relación a la violencia en general.
Yo lo conocí, cuando él era el padre Romero, y yo un niño de diez años, que iba con mi madre a recibir la doctrina católica a la catedral de San Miguel; y lo volví a ver junto con Rodrigo, otro miembro de la dirección nacional del ERP, en 1979, unos meses antes de su martirio, cuando fuimos a visitarlo al Seminario San José de la Montaña. Esa vez, no solamente nos dio la bendición, como lo hacía conmigo en San Miguel; también nos dejó saber, de manera muy clara y enérgica, que estaba en total desacuerdo con las acciones violentas de la guerrilla, al igual que con las del ejército. De este y otros pasajes sobre mi niñez y militancia revolucionaria, hablo en mi libro autobiográfico “Memorias de un Guerrillero”.
En los últimos años, Monseñor Romero ha sido designado para su canonización y santificación, por el Vaticano. Independientemente de que haya sido tomado como estandarte por la izquierda y negado o adversado por la derecha. Ahora, realmente monseñor Romero es nuestro muerto, junto a los cerca de cien mil muertos entre los que se encuentran muchos sacerdotes, dirigentes del movimiento popular, población inocente y guerrilleros, que murieron en combate o fueron asesinados por la derecha; al igual que empresarios, funcionarios de gobierno y miembros de la Fuerza Armada , muertos en combate o asesinados por la izquierda.
Monseñor Romero, en proceso de santificación, es hoy más que nunca “nuestro muerto”, el de todos los salvadoreños, de izquierda, derecha y centro, de políticos y no políticos; por que murió, no por abanderar posiciones políticas o ideológicas, si no por defender el derecho a la vida, por su disposición al máximo sacrificio, el dar la vida por el prójimo, como nos enseñó Jesucristo. Su sangre derramada en el momento más sublime de la misa, -junto a la de los sacerdotes jesuitas que murieron asesinados nueve años después-, abonó nuestro suelo, para que su semilla del llamado al amor y la paz, germinara diez años después, con la firma de los Acuerdos de Paz, en enero de 1992.
El Máximo Sacrificio
En la pasada semana santa, celebramos la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, quien realizó el máximo sacrificio a favor de la humanidad. “ Tomad y bebed, esta es mi sangre…haced esto en conmemoración mía”, fueron las palabras pronunciadas ante los doce apóstoles en la última cena por Jesús de Nazareth, el carpintero hijo de José y Maria, el hijo de Dios; y han sido pronunciadas por dos mil años más, por los sacerdotes católicos en el momento de la eucaristía, el más sublime de la misa católica.
La sangre derramada voluntariamente es el máximo sacrificio de la historia, el del hijo de Dios que murió en la cruz, para redimirnos de nuestros pecados. Es la contraposición al otro derramamiento de sangre, el del primer asesinato de la historia, el de Caín contra a su hermano Abel; uno de los primeros pecados de la humanidad, -el segundo, después del pecado original-, según la Biblia. “La voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra”, fueron las palabras de Dios, a Caín, el fraticida.
Lejos estamos de la guerra fraticida de los años setentas y ochentas, del derramamiento de sangre entre hermanos, por razones políticas e ideológicas. Pero la violencia social y las muertes de muchos salvadoreños inocentes a manos de delincuentes, es un nuevo flagelo en nuestra sociedad.
Ahora, en el proceso de construcción de la democracia en El Salvador, no podemos negar que hay desempleo y falta de oportunidades; pero en el campo político hemos avanzado muchísimo. Durante el conflicto, los cuerpos de seguridad, en lugar de cuidar, asesinaban a los miembros de la oposición, ahora, no podemos negar que siempre hay problemas de excesos y violaciones a los derechos humanos; pero a diferencia de los tiempos de la guerra, la sangre de los policías, junto a la de ciudadanos inocentes, es derramada por los delincuentes de maras y crimen organizado.
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