|

Los límites del arte
Alguien dijo que los artistas tienen el toque de Midas: todo lo que tocan se vuelve oro. No sé hasta dónde puede ser esto verdad y hasta dónde puede llegar a ser una farsa. Últimamente el arte se está volviendo una especie de maldición. Una maldición que no tiene límites ni pudor, ni mucho menos tiene un mensaje humano que llame a la reflexión y al cambio de actitud de aquellos que se dicen que son sensibles a la realidad y que entienden la imaginación a través del arte.
Lunes 31 de marzo 2008
Krisma Mancía
Redaccion@centroamerica21.com
En el arte hay límites y uno de los límites es respetar la sensibilidad y la inteligencia de las demás personas. Un cuadro pintado absolutamente de blanco es un cuadro pintado absolutamente de blanco, y de allí que no tengo nada más decir, excepto que es un simple cuadro pintado absolutamente de blanco que no dice nada. ¿Tan difícil es?
Pero como la cuestión es que la nueva ola es ser artista conceptual y como no quiero quedarme atrás en la memoria a corto plazo de la efímera historia del arte, aquí les digo cuales son los pasos que haré para hacer mi propia instalación conceptual:
Primero. Hay que tener presente que el arte conceptual debe ser una obra de arte que requiera del artista un esfuerzo mínimo. O sea, no hay que matarse tanto con acuarelas, lienzos, barro y todo eso, sino que simplemente hay que ejercer la costumbre de reciclar. De este modo nos ahorramos el gasto de comprar materiales caros y perder años en una académica para aprender a usarlos. No es necesario. Además, ¿quién se va a fijar en esas pequeñeces?
Segundo. Es necesario centrarse en un tema. Digo, ahora lo importante es aparentar estar interesado en las cuestiones personales y que “digan algo” a los demás. Algo cotidiano y con mucho sentimiento. Veamos… una colección de objetos personales amontonados de equis o ye manera para explicar mi dolor es un buen tema para empezar. Diremos, pues, que el sufrimiento del artista es algo extraordinario.
Tercero. Lo novedoso es ocupar nueva tecnología y al mismo tiempo que demuestre mi aborrecimiento a la globalización, a la injusticia hacia los pobres y por lo tanto hacer de eso una protesta.
Cuarto. Buscar los materiales. Me acabo de enterar de que tocar el tema de la maternidad ha sido ya expuesto. ¿Y a eso a quién le importa? El plagio está en boga y la artista se sentirá complacida al saber que existe una plagiaria de su obra maestra. Lástima que soy muy obsesiva con la limpieza de la casa y que he botado los biberones de mi hija desde que ella tenía un año. Igual sucedió con la ropa que ya no le quedaba y otras cosas que fueron desapareciendo por ocupar demasiado espacio. Pero creo que tengo por allí una buena cantidad de juguetes que pensaba regalar. Eso me servirá y de paso explico la vida de mi hija y lo doloroso que fue estar en un hospital diez días a causa de un parto complicado.
Debo hablar de lo difícil que es ser madre las veinticuatro horas del día y a la vez ser escritora y todas las cosas añadidas a ser mujer. No quedaría nada mal agregar un basurero, crayolas quebradas, una manta vieja, un par de zapatos blancos y unos pañales desechables nuevos, porque mi hija dijo que no quería usarlos más y quedaron allí y ahora hay que economizar. La vida está tan cara que no me debo dar el lujo de desperdiciarlos y me da pereza ir al basurero más cercano y buscar y regresar bien contenta con una bolsa llena de pañales usados. Además me daría vergüenza de que no sean de mi hija, sino del hijo del vecino. Eso sería indecente de mi parte por no ocupar algo que de verdad ha salido de mi hija, así que anulo esa posibilidad. Hay que ser sinceros en esa parte.
Quinto. Manos a la obra. Una vez escogidos los materiales es momento de darle forma al concepto. Se me antoja teñir todos los juguetes de colores pastel, de preferencia un sólo color para dar la impresión de que es algo serio y profundo. Me gusta el celeste para recalcar las diferencias de género. El blanco es universal, pero es un color frío. Para multiplicar mis esfuerzos hay que agregar algo que nadie olvidará: un espejo, una silla, un audio de una maquina de escribir, fotos, los primeros garabatos que mi hija hizo en el kinder y juguetes regados en el piso alrededor de la pequeña manta.
Para darle dramatismo y hablar del consumismo: un cenicero donde siempre estará un cigarro encendido. Para darle un toque social, económico, ecológico y político: los pañales en el basurero y un cántaro por aquello de la falta de agua. El contacto cultural: un libro roto en la esquina junto con una postal de Paris. Un perro vivo colgando del techo será el elemento lúdico y desgarrante.
Sexto. Encontrar un lugar donde exponer. Eso no debe ser difícil. Nada más llego a un lugar, presento mi tarjeta de artista conceptual y se me abrirán todas las puertas del mundo. Y si los organizadores del lugar se niegan a recibirme con los brazos abiertos, no importa, la calle es el mejor lugar para llevar el arte a la población y quejarse de faltas de espacio y compresión.
Séptimo. Por último, hay que tener un discurso para la prensa. Diré, por ejemplo, que mi arte es una verdad desechable, una ilusión momentánea, que no importa que nadie lo entienda, que lo importante es que la persona que lo aprecia haga en su mente un mensaje a partir del objeto-arte que se le presenta. Listo. Ya todo preparado para pasar a la historia en mis quince minutos de fama.
|