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Segundo Montes,
Siervo de Dios, hombre de ciencia con oficio de sociólogo
Sólo los que mueren, conocen el fin de la guerra.
Platón.
Y sin embargo, todos pasaremos por otras puertas.
También la teoría es uno de los grandes niveles históricos que debemos pasar.
Carl Friedrich Von Weizcsacke.
Pateabas la pelota a lo “Mon” Martínez o “Cariota” Barraza. Pero la sociología la llegaste a manejar como oficio (a lo Pierre Bourdieu) y con la maestría de la “culebrita macheteada” del Mágico. Driblabas a los problemas sociales con tu finta de cristiano, con el quiebre del método científico, y con un taquito de solidaridad goleabas a la ignorancia.
Lunes 31 de marzo 2008
Mario Mejía
Redaccion@centroamerica21.com
El fútbol quedó atrás cuando te fuiste a estudiar humanidades clásicas a Quito; luego estudiaste filosofía y regresaste para hacerte profesor del Externado San José. Pero siempre volvías a la onda de estudiante, como cuando tomaste las clases de teología en Oña e Innsbruck, Austria (me imagino que era requisito metafísico mínimo para un novicio).
Ordenaste tu audacia y fogosidad juvenil como jesuita; después fuiste de los primeros que adoptó nuestra nacionalidad salvadoreña –aunque entonces no era tan nuestra, ni tan de todos-, la que llevaste con orgullo, hasta en la lista que te conduciría a la muerte, la fatal noche en que un montón de respetables señoras, con asustada y rancia arrogancia, clamaron por la cabeza de los responsables intelectuales de la inspiración de muchos alumnos, que los llevó a convertirse en guerrilleros con la suficiente audacia para metérseles en sus mansiones, en la retaguardia estratégica, ganándoles, por sorpresa, la iniciativa táctica a su ejército, codificada con un nombre tan procaz –“ofensiva al tope y punto”-, organizada a lo salvadoreño, con ritmo tropical, participativa, bulliciosa y precipitada en sus preparativos, como solemos ser, como tú aprendiste a serlo también.
Tu apostolado docente lo continuaste en la UCA, pero el amor por la física y los experimentos en los laboratorios de biología eran tus verdaderas trampas de fe para tu auténtica vocación de humanista, de cientista social. También pisaste las no menos peligrosas tentaciones –agustinianas- como administrador y como prefecto de disciplina y rector del Externado.
Pero tú recia personalidad y auténtico amor por el conocimiento científico, y más aún por los seres humanos, te ayudó a vencer esa crisis de identidad (y de comodidad, de la que algunos de tus hermanos no se pudieron librar). Te enviciaste tanto en la dinámica universitaria, que no hubo más alternativa que nombrarte decano de la facultad de Ciencias del Hombre, intentando desde ahí, desde tus visiones científicas, renovar las anquilosadas perspectivas académico-humanistas en el país, poniéndote a hacer sociología, renovándola, actualizándola, radicalizándola.
“De lo que se trata no es sólo interpretar el mundo, si no transformarlo”
Cuando regresaste a El Salvador, después de tu renovada onda estudiantil satisfecha en la Complutense, donde te doctoraste, te clavaste en lo que te gustaba, dando clases de sociología, llegando a ser jefe del departamento de sociología de la UCA, jefe redactor de la ECA, jefe de...bueno, eso de tanta jefatura suena a funcional-estructuralismo-militar, aunque estemos hablando de una compañía de Jesús.
Por tu sensibilidad social te diste cuenta de las necesidades, de los problemas sociales acuciantes, y te preguntaste aquello de la famosa onceava tesis sobre Feuerbach, que “de lo que se trata no es sólo interpretar el mundo, si no transformarlo”...y entonces, el compromiso en el campo concreto era obvio.
En la tradición de una auténtica angustia humanista, como la del padre Arrupe, general de la orden que fundó la organización “Refugiados”, más tu agudo discernimiento crítico-sociológico, fundaste el IDHUCA, en los más aciagos e intensos años de represión, con la democracia cristiana en el poder (paradójicamente), para morir al final con las botas sociológicas puestas, pues en los días de tu asesinato estabas preparando, junto con Alba y Celina, el plan de estudio de la maestría en sociología, que la Compañía de Jesús nunca ejecutó, olvidando tu legado (incluso, cerró la licenciatura en sociología, quizás porque ya no cuadraban las cuentas, o no eran rentables a la misión de la Compañía).
El estudio de los eternos inmigrantes e indocumentados
Terminaste volcándote por la física –la física social, para mejor decir-, lo que te llevó a dominar las reglas del método sociológico de Emile Durkheim (por tu muerte, creo que no alcanzaste a conocer las nuevas reglas del método sociológico de Anthony Giddens).
Cuando te nombraron como superior de la comunidad universitaria, tu presencia significativa terminó de dar el impulso para pegarte más a reflexionar sobre los problemas sociales del país, los más latentes, los más disfuncionales, los más agudos, como el de los desplazados y refugiados de la guerra civil, inaugurando el estudio de los eternos inmigrantes e indocumentados, y siendo uno de los primeros sociólogos en El Salvador que vislumbró la importancia estratégica que para la economía salvadoreña llegarían a tener las remesas.
A tal punto llegó tu aporte en el tema éste de las remesas, que el padre Ellacuría, en vísperas de la ofensiva final, advertiría a los comandantes guerrilleros que la planificaban - pensándola como la insurrección soñada, de foto de manual marxista-leninista, de dialéctica delirantemente científica, que terminaría en el parque Libertad, (a lo cubano, a lo sandinista)-, que la famosa “olla de presión” (que, según ellos, Duarte la había hecho más grande y con mecha más chiquita) tenía un gran hoyo que la descompresionaba socialmente: la migración al norte, la cual tú calculaste en ese tiempo, todavía sin la exactitud estadística del SPSS, ya en más de un millón de salvadoreños, los cuales mandaban anualmente casi el equivalente a la ayuda que Estados Unidos generosamente daba por esos días al esfuerzo contrainsurgente, más el valor de las exportaciones y casi el doble del presupuesto nacional.
Sociología Radical
Así como para Durkheim la sociología no debía hacerse en los gabinetes –hoy hacemos refritos de internet-, tú te fuiste a las comunidades, no sólo a solidarizarte como buen cristiano, sino que llevabas un regalo precioso, el método sociológico. Te fuiste a hacer sociología, a poner a prueba en el terreno a Malinosky, al sistema general de Talcott Parsons, a las “Middle Range Theory” de Merton, a la imaginación dialéctica de los neomarxistas de la teoría crítica, a la teoría de la acción comunicativa de Habermas, a ver cómo se podía reestructurar las estructuras (o la cuadratura del círculo) que habían llevado a semejante crisis humanitaria en el país.
Tu itinerario por las comunidades de refugiados de la guerra de Santa Marta, Colomoncagua y San Antonio, donde ancianos, hombres, mujeres y niños se forjaban a contrapelo de la guerra, donde se acrisolaban nuevos valores humanos, fundiendo los del evangelio con los revolucionarios, donde se intentaba pasar del individualismo egoísta a la solidaridad, de la economía neoliberal exacerbada a la cooperativa autogestionaria donde se vencía poco a poco el analfabetismo, experiencia que, por cierto, debería servirnos como paradigma (en estos días se insiste mucho en la crisis de los paradigmas, pero pocos insisten en la investigación).
Deberíamos rescatar esa experiencia como modelo de labor, recuperando como legado tu estilo de trabajo, el enorme esfuerzo intelectual, el riesgo profesional que corrías en cada lance sociológico en condiciones “desesperadas”, cómo lograbas la reconstrucción de la unidad de lo social devastado, cómo intentabas integrar los diferentes paradigmas sociológicos, los distintos niveles de abstracción, la profundidad de enfoque y el riguroso instrumental conceptual, a una temática universal, mediante los distintos alcances de la teoría social, al utilizar un formal arsenal teórico-metodológico de manera creativa.
Pero al sociólogo no lo debe dirigir ningún sesgo, ningún juicio de valor. Tu te acercaste por humanismo a la gente más sufrida (sesgo de solidaridad cristiano-humanitaria, diría Max Weber), lo que nunca impidió un legítimo interés sociológico por otros temas candentes.
Con tu Sociología Radical también teorizaste en torno a un tema no menos importante e inaccesible para la sociedad salvadoreña: te convertiste en un conocedor experto del ejército, de su rol, sus normas, sus funciones manifiestas y sus funciones latentes –como la represión-, y ese estudio te ganó, a pesar de todo, la amistad de generales, mayores y de otros jefes de otro tipo de compañías... a los que intentaste convencer de que otro orden social era posible, donde el ejército fuera el ejército de todo el pueblo.
En Quezaltepeque, la comunidad cristiana te regaló una linda silla mecedora de bellos acabados en mimbre, en la cual ya no te pudiste mecer por mucho tiempo, pero el tiempo mismo es una mecedora donde ayer se mecían unos, y hoy otros. Tu diálogo interdisciplinario (hoy ausente en la academia universitaria) te convirtió en una conciencia crítica. Hacer sociología fue para ti “un regalo de amor para obsequiar un banquete, donde siempre hubo con qué para todos, y cada cual en su taburete”, como dijo Rutilio Grande.
El ajuste de cuentas
Sociología radical le llamo a esta forma, muy tuya, de comprometer la teoría y la práctica (también de investigación científica están empedrados los caminos Nietzscheanos al infierno de la verdad, que no es más que una multitud de metáforas en movimiento), porque como cristiano, sabes bien que la mejor justicia hacia tus criminales no es la venganza, empezando por esas señoras que clamaron por tu cabeza en la cadena de radio (yo creo que los militares estaban tan abatidos en esos momentos que no se acordaban de ustedes, pero que al escuchar los alaridos se dieron cuenta que sus cabezas las tenían a la mano, casi a la par, y que mientras habían perdido la iniciativa militar, con una precisa e impactante muerte “mediática” de ti y tus hermanos, podrían –y lo hicieron- recuperar la iniciativa estratégica).
El mejor ajuste de cuentas no consiste ya en exigir, de manera obsesiva, castigo o peticiones de perdón. La justicia más tajante sería la que tú implantarías si estuvieras con vida: seguir haciendo sociología.
Porque hacer ciencia es la redención, en la Universidad de El Salvador (única universidad en el país que sirve la licenciatura en sociología), del método hipotético-deductivo, que tú lo simplificaste como ver-analizar-actuar, buscando la superación de los problemas sociales, buscando alternativas a la exclusión social, sexual, económica, cultural, política, buscando enfrentar el desempleo y elevar significativamente los salarios (claro, elevando ante todo la producción), frenar la inflación galopante que golpea a los “de a pie”, transformar en beneficios la globalización tan asimétrica que despedaza a nuestras sociedades, que sigue ladrándonos, clamando el desafío de repensar la sociología, de profundizarla, inspirados en tu trabajo investigativo que la motive a decir algo, y que sea algo importante, como lo demanda la compleja realidad actual.
Necesitamos una sociología que cuestione la no-sociología, reducida ésta a bagaje académico y enclaustrada en las aulas universitarias en forma de vetustas y rancias verdades doctrinales, camuflageadas de ideologías cerriles o políticas despelucadas; Sociología Light, como con certeza tú la llamarías, por ser intrascendente, suave.
Porque hacer ciencia social es difícil, se requiere mucha disciplina, así como una formación sólida y de alto nivel académico. Es también un esfuerzo de equipo, pero sobre todo es una forma de amor a la verdad, a los seres humanos –amor que tú conociste bien-.
Porque desde Saint-Simon, Fourier, Proudhon, Marx, Engels, Bakunin, Kropotkin, Segundo Montes y Arce Zablah, entre otros, el cambio y la utopía social es el gran sextante histórico que anuncia el norte sociológico más que cualquier teoría de largo alcance a lo Habermas o Norbert Elias. Tú teorizaste con el objetivo de averiguar de dónde viene el mal, cómo funciona la causa del mal concreto, quién lo instiga, quién promueve la opresión, qué fuerzas del bloque histórico no permiten una mejor distribución de la riqueza, sin miedo a la verdad, desde una sociología que nos arroje un conocimiento ontológicamente superior cada vez, y llegar así a la estructura misma de la realidad.
Mediante la ciencia social podremos al final reconciliarnos con la cambiante realidad, con una identidad para todos y de todos, más allá de falsas polarizaciones e ideologías vetustas; sólo haciendo Sociología Radical –porque ser radical es ir a la raíz misma de los problemas del ser humano y sus condiciones sociales-.
Hacer sociología como Segundo Montes, un siervo de Dios, un hombre de ciencia con corazón de sociólogo; rescatar, actualizar y profundizar su legado es la asignatura pendiente de los sociólogos y cientistas sociales salvadoreños y latinoamericanos.
De lo contrario, si no pensamos lo impensable, seguiremos escondiéndonos de nosotros mismos. ¡Otros cien años de soledad!
Mario Mejía.
Filósofo y profesor de sociología de la Universidad de El Salvador.
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