“Cayetano se va a morir cuando mire esto”, me dijo don Fabio Castillo Figueroa, y me mostró Bohemia, la famosa revista cubana. Era finales de 1981 y estábamos en una casa ubicada en la carretera sur de Managua. En la portada de la revista aparecía una fotografía a toda página de Joaquín Villalobos, a quien presentaban como “el más joven y experimentado estratega político-militar de la revolución salvadoreña”.
Lunes 31 de marzo 2008
Geovani Galeas
(Octava parte)
redaccion@centroamerica21.com
“Esto, en el lenguaje político de los cubanos, significa casi un reconocimiento a un jefe de Estado, y deja claro que Fidel está dándole a Villalobos el papel de principal dirigente del frente”, me dijo don Fabio. El problema era que el coordinador general del FMLN y su mayor referente, desde el momento de su fundación, era Cayetano Carpio. ¿Qué había sucedido para que eso comenzara a cambiar?
Por esas fechas yo había estado apoyando a Joaquín Villalobos en la elaboración de un balance sobre la situación del FMLN, y había percibido una diferencia en el trato que los contactos cubanos comenzaron a dispensarle. Si lo llamaban por teléfono preguntaban por “el Lobito” o por el “el Jefe”, y esas llamadas eran cada vez más frecuentes.
Luego del fracaso de la ofensiva general guerrillera de enero de 1981, las cinco fuerzas revolucionarias salvadoreñas se reagruparon en sus respectivas zonas de influencia en el campo. Los militantes, los simpatizantes y los aliados del FMLN, dentro y fuera del país, que habían creído en la posibilidad de un desenlace victorioso, esperaban una explicación por parte de la comandancia insurgente.
En paralelo, el ejército comenzó su contraofensiva y durante los primeros seis meses de 1981 se sucedieron fuertes operativos militares en todos los reductos guerrilleros. Esa contraofensiva también fracasó en la medida en que no logró su objetivo de aniquilamiento y, por el contrario, las guerrillas no solo sobrevivieron sino que lograron algunas victorias en el terreno.
Hacia septiembre de ese año, el FMLN hacía público un balance de la situación: el argumento central consistía en que si bien la ofensiva general no había logrado la consecución de los objetivos estratégicos, sí había permitido el fogueo de mandos y combatientes, pero sobre todo la consolidación de una retaguardia efectiva donde poder concentrar y entrenar sus tropas, hasta el punto en que habían comenzado a pasar de las escuadras y los pelotones a la conformación de compañías y hasta brigadas. Resistir, desarrollarse y avanzar, había sido la consigna.
El balance era optimista y su telón de fondo, o su base, era el fortalecimiento de la unidad de todas las fuerzas revolucionarias. En ese periodo, en lo concerniente a la elaboración de la estrategia militar y a la formulación de una línea política que contemplaba la combinación de la guerra con una propuesta el diálogo y la negociación, había comenzado a destacarse Joaquín Villalobos, comandante en jefe del ERP. De hecho, se había convertido en el principal interlocutor de Fidel Castro y los sandinistas, los aliados estratégicos del FMLN.
Pero entre Villalobos y Cayetano Carpio no existía prácticamente ningún tipo de afinidad. El mencionado balance, asumido como postura oficial del FMLN, estaba fuertemente influenciado por Villalobos pero no era compartido por Carpio. En agosto, justo un mes antes de que ese balance fuera dado a conocer, el Comando Central de las FPL, encabezado por Carpio, había evaluado la situación de manera totalmente distinta.
Las diferencias
El informe elaborado por Carpio en esa reunión del Comando Central de las FPL, aunque era de carácter interno, fue conocido por el resto de dirigentes del FMLN y por los aliados, y a nadie le cayó en gracia. He aquí uno de sus pasajes:
“Durante los meses de enero y febrero, de 1981, sobre todo después de la ofensiva, fueron cada vez más grandes las presiones del imperialismo, de la burguesía europea, y de los gobiernos democráticos amigos, para que no apareciera el FMLN como dirigido por las corrientes marxistas-leninistas dentro del mismo (...) La RN y el ERP fueron proclamando su filiación democrático burguesa y fueron siendo muy claros sus intentos de quitarse el aspecto marxista-leninista que habían proclamado anteriormente, e irse dando el barniz socialdemócrata, e incluso solicitaron las condiciones para ingresar a la Internacional Socialista. Eso significaba plantearle a la burguesía internacional que el FMLN está integrado por diferentes intereses de clase, no solo por los intereses fundamentales de la clase obrera y el campesinado, sino que el FMLN representa también los intereses de la burguesía y que esos intereses son los que deben dirigir esa unidad y esta revolución”.
El documento en cuestión iba mucho más allá en sus conclusiones y disparaba juicios peyorativos y de clara desconfianza, no solo al ERP y la RN, sino a las otras fuerzas del FMLN, que habían logrado un consenso en torno a las líneas políticas y militares, y se empeñaban en hacer avanzar su unidad hasta la conformación de un partido único:
“Las otras organizaciones están pensando que la guerra es necesario terminarla digamos ya dentro de un mes, y que la guerra prolongada es dañina. No se basan en la realidad de que mientras más combatimos más nos fortalecemos. A las otras organizaciones no les podemos quitar de la cabeza el deseo de tirar los fusiles. No, allí no puede haber un partido único. El partido de la clase obrera necesita una sola ideología: el marxismo-leninismo. No podemos hacernos tontos tratando de ignorar que entre el FMLN hay influencias de la Democracia Cristiana mundial y de la Social Democracia. La Social Democracia es la teoría de la burguesía que trata de endulzarse y subir a su carro burgués al proletariado”.
Carpio no renunciaba a la idea de construir el partido único, pero en su concepción “el verdadero partido comunista, vanguardia indiscutible de la revolución salvadoreña”, no podía construirse a partir del FMLN sino sobre la base del fortalecimiento y la hegemonía de las FPL. Así lo explicitaba en el referido informe:
“Si nosotros consideramos que no debemos organizar el partido del proletariado a partir de las FPL, porque ya existe el FMLN, estamos cayendo en el más grave error la más grave interpretación de lo que debe ser la lucha de clases para hacer avanzar los intereses del proletariado (...) Por suerte vimos que esa meta era idealista, utópica, infantil”.
El problema
Pero así como el balance presentado por el FMLN como una postura oficial no era tal, pues no contaba con la aprobación de las FPL, tampoco el informe de Carpio, aprobado por el Comando Central, era la posición de toda la dirigencia de las FPL. Una parte de esa dirigencia ya había dejado de comulgar en los hechos con las ideas de Carpio. Se trataba de un grupo de cuadros de la Comisión Política, encabezados por Mélida Anaya Montes, segunda al mando en las FPL.
Casi cinco años antes, luego de la corta primavera pluralista y antidogmática protagonizada por Felipe Peña dentro de las FPL, Carpio había previsto ese problema que, a su juicio, tenía base en la creciente incorporación de elementos no proletarios, sino más bien pequeñoburgueses, tanto en la base como en los organismos de dirección de las FPL.
Así, en el informe que elaboró para el primer Congreso de las FPL, realizado en 1976, advertía de posibles problemas futuros.
“No poner el acento fundamental en la clase obrera, retardaría la proletarización marxista de nuestra organización sustituyéndola por las características pequeñoburguesas del grueso de su membresía. Esto generaría un menosprecio por el papel rector que debe alcanzar la clase obrera en nuestra revolución”.
Ya para finales de 1981, en efecto, para el resto del FMLN Carpio se había convertido en el obstáculo de la unidad, en tanto que Mélida Anaya Montes había pasado a ser la ventana oxigenante dentro de las FPL. Desafortunadamente para Carpio, esa misma idea la compartían también Fidel Castro y los sandinistas, quienes por su ayuda financiera, logística y en entrenamiento militar, tenían cada vez mayor peso en las decisiones internas del FMLN.
Una cosa era enfrentarse a Joaquín Villalobos y a Schafik Hándal, a quienes Carpio evidentemente despreciaba, pero otra muy distinta era oponerse a una decisión de Fidel Castro, el jefe de jefes entre los revolucionarios latinoamericanos. Y en los planes de Fidel Castro ya no había cabida para las ideas de Carpio.
Eso quedaría demostrado en una reunión de la comandancia general del FMLN realizada en La Habana, en diciembre de 1981. En esa reunión, de la que nada o muy poco se ha hablado, Castro sometería al legendario comandante Cayetano Carpio a la mayor humillación de su vida, al obligarlo a firmar, contra su propia y expresa voluntad, un documento que lo obligaba a acatar la estrategia político-militar consensada por los otros cuatro comandantes del FMLN.
(Continuará)
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