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¿Por qué fusiló Fidel Castro al general Arnaldo Ochoa? (IV)



Los acusados son puestos en una fila de sillas, frente al estrado donde lucen los uniformes de gala de los generales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias encargados de decidir el destino de sus vidas. Es muy difícil saber dónde está el defensor, obviamente porque no lo hay, y los que han de interrogarlos para después dictar la sentencia, no se diferencian en absoluto entre sí, todos, jueces y fiscales, inclusive el público, representan la ferocidad latente de un mundo de caníbales trajeados con uniforme de camuflaje revolucionario, como lo indica el editor del libro de Norberto Fuentes, Dulces guerreros cubanos.


Lunes 7 de abril 2008
Berne Ayaláh
redaccion@centroamerica21.com

 

Los hermanos de La Guardia, Tony y Patricio durante el juicio

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¿Quiénes son esas personas que deben responder con las palabras que son puestas en su boca por la fuerza y el tono de un inquisidor de estatura medieval? ¿Cómo podemos llamar a ese procedimiento que parece haberse dado antes de la Revolución Francesa , aunque sucedió doscientos años después y en un lugar símbolo de la revolución socialista?

Hay un elemental derecho de cualquier hombre o mujer del mundo de hoy, así haya robado una gallina, asaltado un banco, matado a su madre, violado a una mujer, o ejecutado cualquier hecho cuya condena moral ha adquirido el peso de la norma penal: el derecho a guardar silencio, a no declarar en contra de sí mismo.

No todos los ordenamientos jurídicos de nuestro planeta han llegado a fundar la búsqueda de la convivencia con la utilización de tales mecanismos de protección en contra de todo acto arbitrario del Estado, pero es un principio de carácter universal. El dejar el silencio o la confesión al arbitrio del acusado es la prueba de que la humanidad alcanzó una forma generalizada de asumir el hecho criminal, dando pasos en dirección contraria de la venganza primitiva.

Podemos estar o no de acuerdo con este principio, no obstante, más allá de ello, y de los debates que siguen en pie, hablar o no en contra de uno mismo es un punto que define la condición del poder que impera a favor o en contra de los ciudadanos de un país determinado, en todo caso su cultura.

El general Arnaldo Ochoa, el capitán Martínez, los hermanos de la Guardia , y el resto de acusados, confiesan en el juicio instalado en su contra por el gobierno cubano a través de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Aunque vale aclarar que al decir “confiesan” uno siente un reproche que crece en la medida que analiza cada uno de los momentos del juicio. Más bien sería adecuado indicar que fueron obligados a confesar.

¿Qué tipo de régimen es el que requiere de la confesión impuesta y masiva de los acusados para fundar la verdad del hecho investigado? Se nos ha enseñado en las escuelas de derecho modernas, las de tendencia democrática, que la confesión debe ser el último recurso de un Estado Constitucional de Derecho en la búsqueda de la verdad. ¿Es que acaso el socialismo no tiene nada que ver con la democracia y con la constitucionalidad moderna? Quizá todo depende de qué socialismo hablemos o si es o no un asunto de régimen sino de conveniencias políticas de carácter estratégico de un grupo determinado.

Hay una alusión inequívoca de los acusados al momento de confesar: la figura endiosada de Fidel Castro, aún estando no “en el banquillo de los acusados”, pues hasta las formas del juicio fueron maquiavélicamente tan estudiadas que los inculpados debieron estar de pie, y no sólo de pie, sino en una postura incómoda y de espaldas a un grupo considerable de militares del público que parecen unas hienas en espera de comerse la carne de aquellos que antes fueron sus propios compañeros, y frente a esos incólumes acusadores que no pierden el tiempo en esconderse en los brazos amorosos de la revolución. Esto es un dato demasiado replicado para que sea una casualidad.

No puedes evitar recodarles a ellos mismos, que fueron los que te dijeron palabras como estas: debes estremecerte ante cualquier injusticia del hombre, en cualquier lugar del mundo. Su ángel más preciado lo dijo.

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Es muy difícil, sino imposible, que todos los acusados de un crimen confiesen contra sí mismos en el mismo juicio. La evidencia tomada de la casuística permite observar que la conducta de los acusados a la hora del juicio no es unánime, alguno de ellos caerá por el peso de la moral propia o de las trampas del sistema legal que le ofrece alguna oportunidad a cambio que declare en contra de los demás, no pude ser de otra manera pues la actitud frente al juicio es sicológica, tan genuina como la huella dactilar.

Arnaldo Ochoa frente al tribunal que lo sentenció a muerte

En el caso del general Ochoa, todos lloran, idolatran a Fidel, aman la revolución, dicen estar avergonzados de lo que hicieron, y no tienen dudas en decir que merecen ser castigados, poco les falta que pidan el arma para darse el tiro. En el fondo saben cuál es su destino, eso sí y por eso están temerosos.

Un sistema es considerado democrático cuando, entre otras cosas, sus juicios penales se desarrollan guardando las básicas garantías reconocidas por los estatutos de Derechos Humanos. El juicio del general Ochoa no reúne ni siquiera un mínimo nivel de respeto por esos valores.

A un acusado se le puede obligar a confesar de muchas formas, no sólo a través de la tortura, la amenaza o la intimidación. Si nos atenemos exclusivamente al juicio, la forma en que los inculpados son acosados, interrumpidos, pero en el carácter sumamente sugestivo e intimidatorio de las preguntas del fiscal, nos damos cuenta que esos hombres están ahí humillados, y por tanto obligados a responder lo que sus verdugos quieren que digan.

La justicia no tiene por finalidad humillar al acusado, ese es un dato morboso del hombre cuando actúa por su cuenta, el derecho representa valores colectivos. La forma de dirigirse al acusado, al menos en los estrados judiciales, tiene una solemnidad en la que no es que se busque mimar al criminal, sino dotar al sistema de la dignidad que la comunidad que lo juzga se debe a sí misma.

La sugestión, como sistema del interrogatorio de testigos es legítima cuando el abogado defensor o el fiscal, deben contrainterrogar al testigo que ofreció la parte contraria. Es un mecanismo de contradicción cuya finalidad es la búsqueda de la verdad. Pero en el caso del acusado este mecanismo sólo opera si él se ofrece como testigo, pero además nunca se debe hacer sin un abogado defensor con quien debe consultar si le conviene o no ir al estrado. Cualquier abogado medianamente técnico del mundo les hubiera recomendado a los acusados abstenerse de declarar.

En nuestro caso, como hemos apuntado, no hay defensor en un sentido real, y si no hay defensa técnica, la sugestión se vuele un recurso represivo por medio del cual se obliga a los acusados no sólo a admitir los hechos y su responsabilidad en los mismos, sino todavía algo mucho más grave, a pedirle a los juzgadores que se aplique sentencia condenatoria.

Ese último hecho es vergonzoso pues en los casos en que el acusado admite los hechos, es muy típico que pida clemencia a quienes han de decidir sobre sus vidas.

En ese juicio, al que muchos consideran uno de los últimos procedimientos de corte estalinista puro, se utilizaron palabras y giros que no se corresponden más que con las bufonerías de un circo romano. Y todo lleva por finalidad reducir al acusado al nivel más bajo y ruin.

El capitán Martínez es emplazado por el fiscal para que confiese no sólo acerca de sus visitas a Colombia y de los vínculos con Pablo Escobar, sino para que entregue al general Ochoa. Y así lo hace, asegurando que es éste quien le ha dado la orden de entablar los contactos con el capo de la droga.

Al mencionar ese hecho, el general Ochoa, que está tras él, sonríe irónicamente y mira hacia otro lado, hacia la silla del coronel Tony de la Guardia , como buscando la mirada del que sabe que aquello que se dice ahí es una mentira.

No es la misma actitud que se verá más adelante en el general de división. El hombre rígido, sereno, que antes ha parecido sentirse seguro de quién sabe qué, se va volviendo quebradizo, su voz, su rostro, su mirada será al final un acto puro de contrición impuesta, como debía de ser en un juicio que poco difiere al que realizaron los curas católicos en la santa inquisición. El acusado deberá confesar sometido por la tortura, no importa aquí el tipo de tortura, que bien puede ser la amenaza de dañar a la familia, deberá sentirse arrepentido, pero además su carne consumida por el pecado deberá tener un final tormentoso, y aún así aclamará el amor a su dios. El fuego estará presente, en el de los fusiles claro está, y los dioses no hace falta mencionarlos, sabemos quiénes son.

Un hecho simbólico y perverso es la forma como son llamados al estrado los hermanos gemelos de la Guardia : vestidos de la misma manera, con camisas de manga larga a cuadros, puestos uno al lado del otro, mientras son obligados a declarar en contra de sí mismos. No hay duda de que la maldad de ese montaje quiso dejar por establecido el valor genético de los pecadores, comprobar que la revolución no sólo hace cerdos del tamaño de un chivo, sino que ha tenido hijos gemelos que antes de ir a morir, fueron los consentidos de su madre, la revolución.

Esos hombres lloran, pero el llanto que uno ve en sus rostros no es el que se busca hacernos creer por quienes permitieron la filmación, el del arrepentimiento, sino el de el dolor por haber sido traicionados por la élite para quienes trabajaban, y no sólo eso, ahí, ya se sabe, y usted lo puede ver en sus rostros, cuál será su final, aunque se supone que la sentencia no llega aún.

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Los militares cubanos enjuiciados en el caso Ochoa, cometieron un delito común, narcotráfico, de acuerdo a la acusación formulada, pero fueron enjuiciados por una cúpula de militares, rodeados de militares, por fiscales y jueces militares, por un estado militar, por un público militar. Era muy difícil que salieran ilesos.

Aunque la forma del sistema aplicado en el caso Ochoa sea el apuntado, el verde olivo, el contenido del mismo es esencialmente político. Los interrogatorios van y vienen al señalar el peligro en el que se puso al Estado cubano, y obviamente a quienes lo gobiernan.

Sería ingenuo pensar que Fidel y los demás que organizaron este juicio y lo llevaron hasta sus últimas consecuencias, lo hicieron mal. Desde la ciencia del poder lo hicieron muy bien, excelente, era la única manera de salvar una vez más la legitimidad de su modelo de Estado, y de salvarse a sí mismos.

En ese sentido, es irrelevante si todos los acusados fueron en verdad narcotraficantes, si sólo algunos, si además estaban implicados funcionarios de más alto rango, incluyendo a los máximos dirigentes, o sí junto a todo eso o independientemente de ello, se fraguaba una crisis política interna influida por el proceso de la Perestroika ; poco importa pues la crisis sólo podía ser resuelta de tajo. Si todos esos elementos confluyeron o no, pasó a un segundo plano con la decisión tomada, al menos desde la versión oficial.

Este caso, a pesar de los años pasados, sigue siendo muy polémico, pues aquellos que siguen defendiendo la revolución cubana a toda costa, lo justifican, en cambio hay otros, muchos también, que condenan la acción. Y fíjese usted, estimado lector, que los motivos por los que unos lo condenan y otros lo justifican, son los mismos: la traición y la defensa de la revolución.

Hay quién piensa que fusilar a los militares era la forma de defender la revolución pues ellos eran unos traidores confesos, los otros consideran que se traiciona a la revolución cuando se mata de esa forma a sus héroes y que la mejor manera de defenderla es no admitiendo esos hechos tan tiránicos.

Las experiencias en las izquierdas han tenido esta trágica connotación, nos hemos matado entre nosotros mismos desde antaño, y hay quien no tendrá el valor de encarar la muerte pero le sobrarán los cojones para matar a su propio compañero, y no se dará cuenta que su actitud no es más que la reproducción de un modelo que sólo puede sobrevivir en la medida que se aplica a sí mimo, mañana querrá más carne, y podrá ser cualquiera de la de esos que antes han aplaudido o participado de esos mecanismos de limpieza, entonces comprenderá el significado de estar frente a los lobos, pero será demasiado tarde.

¿Si debes respetar la vida de un prisionero, cuando estás en una guerra, donde por antonomasia no estás para otra cosa que para matar, porqué no salvas la vida del compañero que cometió un error? ¿Cómo es que puedes ser amigo del comandante Tirofijo y de sus FARC, pero contrariamente matas a uno de los tuyos por hacer algo que hacen tus amigos externos?

La brisa nocturna del potrero donde el general Ochoa sintió el beso final de la isla que le vio nacer, arrastra el rumor del poeta, entonces comprendió que era cierto, en esos días no salía el sol sino su rostro y en el silencio, sordos del tiempo, gritaron sus ojos: ay de esos días terribles, asesinos del mundo. Y se desplomó sobre las hojas dormidas para seguir la columna del comandante Camilo Cienfuegos en la ruta hacia Pinar del Río, semanas antes de ver caer a Batista.

Nosotros volveremos en la siguiente entrega con las intimidades de uno de los escritores más emblemáticos y consentidos de la revolución cubana, en este pequeño viaje por el mundo de los oscuros poderes cubanos, Norberto Fuentes, que por un pelito se salvó de que le metieran una manguera de balas.



Primera Entrega:
¿Por qué fusiló Fidel Castro al general Arnaldo Ochoa?

Segunda Entrega:
¿Por qué fusiló Fidel Castro al general Arnaldo Ochoa? (II)

Tercera Entrega:
¿Por qué fusiló Fidel Castro al general Arnaldo Ochoa? (III)

Cuarta Entrega:
¿Por qué fusiló Fidel Castro al general Arnaldo Ochoa? (IV)

 

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