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Transgénicos: ¿solución contra el hambre o futura plaga mundial?

El tema de los transgénicos se está poniendo muy de moda en El Salvador y el mundo entero. Hay quienes nos hablan de ellos como de productos altamente perniciosos para la salud humana y de la vida en general. Otros nos dicen que los transgénicos llegarán a cumplir una muy noble labor a favor de la humanidad. Las dudas crecen, y también la extensión de los cultivos transgénicos.



Lunes 7 de abril 2008
Héctor E. Benitez
redaccion@centroamerica21.com

 

Los productos transgénicos deben presentar una etiqueta que los identifique

¿Qué son estos productos: solución o problema, cura o enfermedad?

Los transgénicos, u “organismos genéticamente modificados” (OGM´s), son aquellos a los que se les ha insertado un gen de otro organismo, con el fin de conferirle un atributo o característica del “donante”. El intercambio de genes puede darse entre todo tipo de seres animales y vegetales. Así, podemos colocarle a una planta un gen animal y viceversa (incluyendo, entre los receptores y donantes, a bacterias y virus).

Pero manipular genéticamente los organismos no tiene un fin lúdico. Surge ante la necesidad de contar con seres (vegetales o animales) más capaces de luchar en contra de situaciones propias de la naturaleza –como sequías, variaciones térmicas drásticas, plagas, etc.-, así como de volverlos más beneficiosos para el consumo humano –enriqueciéndolos con vitaminas, minerales y hasta con medicamentos para enfermedades específicas-.

Las falencias alimentarias de grandes segmentos poblacionales en el mundo, los altos precios de los alimentos, la destrucción de siembras por contaminación y otras causas, han llevado a la biotecnología a producir varios OGM´s. Por ejemplo, papas a las que se les ha inoculado un gen proveniente de un pez que habita en el Polo Norte, y que es el encargado de que resista las bajas temperaturas, con el fin de que no se vean afectadas por las heladas. También hay plantas de maíz, soya, algodón y otras, con genes que les confieren resistencia contra los herbicidas y las sequías.

Eso nos podría poner a pensar en que, si todo el trigo que se cultiva en Australia y Ucrania fuera genéticamente modificado para soportar las sequías, actualmente no estaríamos pagando precios tan elevados por la harina y otros derivados del trigo. Es decir que, a simple vista, los OGM´s son –o serán- una auténtica bendición. Pero hay muchos que piensan precisamente lo contrario.

Los argumentos de quienes condenan la creación, producción y consumo de transgénicos van desde los de índole moral (“es jugar a ser Dios”) hasta los político-económicos (“el problema del hambre es de distribución de los alimentos” o “los grandes laboratorios productores de OGM´s desean monopolizar la producción y distribución de alimentos”).

A favor y en contra

Hay otras consideraciones en contra de los OGM´s. Morena Murillo, experta en bioseguridad, biodiversidad y transgénicos, de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES), asegura que muchos de los organismos genéticamente modificados son tratados con antibióticos, de tal manera que al ser consumidos, “generarían en las personas resistencia a los antibióticos”. De igual manera afirma que “la fertilización de especies vegetales naturales por otras transgénicas destruiría la biodiversidad”.

Murillo critica que en países como Estados Unidos, Brasil, Argentina, Chile, China y España ya se estén produciendo estos productos, sin estar seguros de la inocuidad de ellos. Aunque, por otro lado, también está clara de que no hay pruebas contundentes para asegurar que el consumo de transgénicos, o de productos derivados de transgénicos, cause daño a la salud humana.

Otra es la postura del científico Albert Sasson, doctor en Ciencias Naturales por la Universidad de París y consultor de alto nivel de la ONU en temas de biotecnología. En una conferencia dictada en San Salvador el pasado 4 de abril, en la cual abordó la experiencia europea con los transgénicos, el Dr. Sasson hacía la siguiente reflexión: “¿Creen ustedes que la Unión Europea habría aceptado el ingreso de productos transgénicos, si supiera que podrían ocasionar daños a la salud del ser humano?”.

La reflexión no es en sí misma contundente en favor de los transgénicos, pero algún grado de confianza en ellos aporta, dada la tradición democrática y de conciencia social de los países del viejo continente.

Manifestaciones en contra de los productos transgénicos en plantanciones europeas

Pero una cosa son los gobernantes y otra los gobernados. El mismo Sasson está conciente de que la mayor parte de los europeos rechaza estos productos, dado el alto nivel crítico que han desarrollado, que los lleva a estar sumamente informados antes de tomar decisiones que podrían afectarles.

Por ejemplo, en Francia, donde ya están autorizados los cultivos de algunos OGM´s, estos siguen sin cultivarse. ¿La razón? Nos la da Sasson: “Los agricultores no son tontos. Ningún agricultor se va a poner a producir lo que sabe que no podrá vender”.

Pero no es ese el asunto. Lo importante es, más que el simple hecho de autorizar el ingreso y la producción de transgénicos en Europa, que la Unión Europea se preocupó primero por conocer a fondo si los OGM´s eran perniciosos al ser humano, y luego por desarrollar una regulación estricta y eficaz –que contempla, por ejemplo, niveles máximos de concentración del gen incorporado en un determinado organismo-, para evitar cualquier riesgo a la salud, por mínimo e imprevisible que éste sea.

Transgénicos en El Salvador

La experta de la UNES asegura que el consumo de OGM´s, o de derivados de ellos, podría ocasionar al organismo diversos problemas asociados con el gen inoculado. Sin embargo, el Dr. Sasson asegura que la mayor parte de soya que se utiliza en Europa para alimentar al ganado es transgénica, -proveniente de EE.UU., Argentina y Brasil- y que en la carne de este ganado ya no se encuentran rastros genéticos de la soya, dada la transformación que se opera en el sistema digestivo.

Entre 1996 y 1997 se realizaron en el mundo cerca de 10 mil pruebas de modificación genética de plantas. En los últimos diez años alrededor de la mitad de los ensayos han estado relacionados con la tolerancia a herbicidas de amplio espectro, y casi 90% han sido realizados por grandes compañías químicas.

Empresas trasnacionales como Monsanto, DuPont y Novartis, que son las principales impulsoras de la biotecnología, presentan los cultivos transgénicos como una manera de reducir la dependencia de insumos químicos con un alto costo ambiental.

Entre los cultivos diseñados para la tolerancia genética a herbicidas se incluyen actualmente: alfalfa, algodón, arroz, avena, caña de azúcar, maíz, papa, sorgo, soya, tomate y trigo, entre otros.

La amenaza a la biodiversidad, deriva de la tendencia a la uniformidad del paisaje rural a partir de la apertura de amplios mercados internacionales para productos específicos. Adicionalmente, el actual régimen de protección de los derechos de propiedad intelectual, del que se benefician principalmente, las transnacionales, impide a los agricultores reutilizar las semillas, aumentando así la posibilidad de que unas pocas variedades lleguen a dominar todo el mercado.

Los defensores de los cultivos resistentes a los herbicidas, aseguran que los mismos permiten a los agricultores simplificar el manejo de malezas. Señalan que dichos cultivos abaratan los costos al posibilitar el empleo de herbicidas de amplio espectro, cuya potencia hace que se requieran menos aspersiones y que además se descomponen relativamente rápido en el suelo.

El mayor riesgo ecológico es que la liberación a gran escala de cultivos transgénicos puede provocar, vía la polinización, la transmisión de genes a plantas silvestres que podrían transformarse así en malezas

En atención a estos y otros riesgos, diversos países han empezado a establecer regulaciones más severas para la liberación en el campo de semillas transgénicas y para la comercialización de productos derivados de organismos vivos modificados.

El Parlamento Europeo decidió que toda compañía que libere plantas transgénicas al campo deberá contar con un seguro, y votó en contra de la liberación de cualquier organismo vivo modificado que contenga algún gen de resistencia a antibióticos.

En Australia y Nueva Zelanda los consejos para la estandarización de los alimentos decidieron obligar a los productores de alimentos a indicar en la etiqueta si los ingredientes contienen derivados de organismos vivos modificados.

Las autoridades del estado de Rio Grande do Sul, en Brasil, emitieron un decreto que obliga a los investigadores y productores de transgénicos a presentar estudios de impacto ambiental y a obtener "certificados de bioseguridad" para continuar con sus labores en esa entidad.

Al margen de ello, para el científico es importante otro hecho que concierne a países agrícolas –como lo son la mayoría de los países latinoamericanos-, y al beneficio que podrían obtener cultivando OGM´s. Asegura que las cualidades superiores con que se puede dotar a diversas especies mediante la manipulación genética, permitirían alimentar mejor a un mayor número de población en estos países.

El consultor de la ONU recordaba las palabras del expresidente chileno Ricardo Lagos, durante el Foro Internacional de Biotecnología, celebrado en ese país andino: “Nosotros, los países en desarrollo, no hicimos la revolución industrial del siglo XIX. No hicimos la revolución tecnológica del siglo XX. Nos perdimos esas dos revoluciones de la humanidad: la revolución verde no nos la perderemos”.

Aunque, definitivamente, la revolución de los transgénicos no es de perdérsela o no. Es más bien de, en caso de asumirla como propia, estar conscientes de sus potencialidades positivas y negativas, y estar dispuestos a someterla a todos los controles y normas necesarios. Y a tantos filtros como los que tuvo que superar en Europa, pero adecuados a las condiciones sociopolíticas y económicas imperantes en Latinoamérica y demás países en desarrollo.

Sasson valora la discusión seria y profunda que se realizó en la Unión Europea en el tema de los OGM´s, en la que participaron científicos, gobernantes y gobernados, para luego aceptar la necesidad de que coexistan las tres agriculturas practicadas –la intensiva, la orgánica y la transgénica-, bajo los criterios de eficiencia, racionalidad y benignidad para con el medio ambiente.

El ministro de Agricultura y Ganadería de El Salvador, Lic. Mario Ernesto Salaverría, consultado sobre la posibilidad de introducir en el país el uso de especies genéticamente modificadas, aseguraba con firmeza: “Primero, como gobierno, queremos conocer lo que piensan los agricultores, ganaderos y pueblo en general sobre la producción y consumo de transgénicos. Luego de ello tomaremos las decisiones respectivas, buscando que sean las correctas, y asegurando las regulaciones necesarias en caso de aprobarse su uso”.

Y, según el Dr. Sasson, ése es el camino correcto, el debate socioeconómico y político entre todos los sectores de un país, para luego dar el paso trascendental de “adoptar, adaptar o rechazar” el uso de transgénicos que, a su juicio, no son la solución al hambre mundial, pero sí una posible vía de solución, integrada con otras, como un sistema de repartición de alimentos justo y una auténtica práctica democrática.

No hay que olvidar que toda tecnología conlleva riesgos. Pero mientras no exista ese debate del que hablan el Dr. Sasson y el Ministro Salaverría, seguirán dominando los prejuicios de quienes ven en los transgénicos el fin de los problemas que aquejan a la humanidad, y de quienes ven en ellos el fin de la vida sobre el planeta Tierra.

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