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Historias de nuestra historia
El bandido generoso

A comienzos de 1800 una sombría noticia corrió al oriente del Lempa.

Un grupo de bandoleros despojaba las caravanas de viajeros que iban en sus carretones de mulas por los pedregosos caminos. Dirigía la banda un hombre vestido de negro, no desprovisto de cierta elegancia, con una larga capa que cubría la grupa de su cabalgadura, igualmente negra, y se hacía llamar el Partideño.

Paralelamente comenzó a circular otro rumor con aires de leyenda. Un hombre aun joven distribuía ropa y bienes de fortuna entre los castigados campesinos de los alrededores.

Lunes 7 de abril 2008
Ricardo Lindo
redaccion@centroamerica21.com

 

Ilustración de Salvador Choussy

Las autoridades no tardaron en concluir que se trataba de una sola y misma persona.

Las pesquisas, sin embargo, no daban resultado, porque los campesinos parecían empeñados en ocultar la identidad el héroe, que en un lugar era alto, blanco y con patillas, y en la casa vecina más bien moreno y de escasa estatura. Aunque quizás los campesinos no intentaban engañar a la justicia, sino que vestían los hechos con el espíritu fantasioso de la leyenda que ellos mismos habían creado y de la cual no podían ya escapar.

El comerciante francés Henri Dupré, quien perdió por esa vía un cargamento de madapolán con barbas y sin ellas y de calzones hechos (sic) destinados a vestir a las damas de sociedad, dejó en sus declaraciones una aguda descripción de ese “bandit de grand chemin”, que debemos traducir por bandido de camino real.

Henri había sido asaltado al atardecer. Los jinetes, cuyas siluetas destacaban contra el sol poniente, le recordaron a los míticos caballeros del Apocalipsis.

Lo detuvieron con cortesía y el hombre de negro le dirigió algunas palabras en francés, inquiriendo calmadamente por los asuntos de estado en la por entonces tormentosa patria del comerciante. Después continuó la conversación en español y le explicó que necesitaba su mercadería, añadiendo, con una sonrisa visible bajo el pañuelo que ocultaba parcialmente su cara, que de este modo las cabalgaduras de “monsieur” llegarían más descansadas a la ciudad. Luego, cambiando su gesto amable por otro súbitamente duro, dio orden a sus hombres de proceder.

No lo despojó de la cadena de plata que pendía de su cuello, ni del anillo que ostentaba un luminoso diamante.

Henri Dupré hizo ver a las autoridades que la facilidad en el cambio de expresión del bandido dificultaba su descripción. Era, no obstante, más bien frágil, de rasgos finos y tez morena, de mediana estatura, de ojos oscuros, y debía tener unos treinta y cinco años. Sus largas manos hubieran sido imaginadas con mayor facilidad portando una pluma que una pistola y ni su aspecto ni su modales revelaban la ardua vida que debía llevar. El comerciante concluía su declaración rogando que se le devolviese lo que debió pagar en concepto de impuesto de almojarifazgo.

La policía continuó infructuosamente las investigaciones. En San Miguel creció el temor, pues se esperaba la llegada de un gobernador recién nombrado, quien no había sido advertido del peligro.

Afortunadamente, el gobernador llegó sin contratiempos pese a su escasa guardia, y el recibimiento tuvo la solemnidad del caso, con gallardetes en las calles y banda de música. En el baile de esa noche, algunas damas lamentaron no haber podido estrenar su vestido de madapolán, con barbas o sin ellas.

Al día siguiente el gobernador escuchó con preocupación creciente lo relativo al Partideño y leyó los legajos que se acumulaban al respecto. El último indicaba que habían sido vistas indígenas con vestidos de madapolán, con barbas o sin ellas, bajo los cuales se encontraban, sin duda, los calzones hechos. Fueron aprehendidas, pero no hablaban una palabra de español. El gobernador, compadecido, ordenó que fueran puestas en libertad, y convocó a una reunión para esa misma tarde a los notables de la villa.

Estos expusieron sus quejas al representante del Rey, quien permaneció inmóvil y silencioso.

Habló al final. Habló de la belleza de los campos, de la tierra noble y generosa en la cual vivían. Su voz alcanzó proporciones de río, a cuyo paso los reflejos describían los arbustos, los animales y las nubes. Habló de la sangre de los reyes, que es azul, y dijo que esa sangre era el añil que los indios producían con el trabajo de sus brazos, a los que ellos, explotadores españoles, trataban como bestias.

Los rostros de los señores se perlaban de sudor helado. Los centinelas apostados en las puertas los miraban con ferocidad y no había escapatoria posible.

El Partideño continuó refiriéndose a sí mismo.

Niño abandonado, fue encontrado, envuelto en sus pañales, en el pequeño depósito situado a este fin en el convento de las carmelitas, que era giratorio para que las monjas no vieran el rostro del depositante.

Expósito expuesto a todos los vejámenes, adquirió educación, más tarde, entre los frailes, y llegado a la adolescencia abrazó los hábitos. Le fueron entregados entonces sus pañales, entre los que encontró una medalla con las armas de un noble español, que no era otro que el gobernador al que ellos, caballeros españoles, esperaban en lugar suyo. Por infidencia de un confesor supo que él era hijo de ese noble, quien estuvo en la provincia en su juventud y tuvo relaciones con una muchacha indígena, muerta de parto. A lo largo de los años, su padre había hecho llegar al convento de las monjas, y después al de los frailes, pequeñas sumas de dinero.

Como fraile vio azotar muchas veces a los indígenas e incluso asistió a una matanza de indios que se negaban a pagar la alcabala real.

Fue así como él y otros doce frailes, indignados, se decidieron a tomar las armas.

Por último, el Partideño hizo saber a los notables que entregaría al auténtico gobernador, pero, entretanto, ellos permanecerían atados en la sala de la gobernación.

Llegó la noche. Los notables atados vieron a los frailes apagar una a una las bujías, los oyeron arrastrar el arca de la alcabala, llena de monedas hasta el tope, supieron que se alejaban en sus caballos cimarrones.

Un río de sangre azul corría entre ellos y la noche.

A la madrugada apareció el gobernador de verdad en la plaza principal, amarrado a un palo en paños menores.

La policía dio caza a los fugitivos. La respuesta del gobernador fue cruel. Les perdonaba todo, menos la humillación de que había sido objeto. Los prisioneros fueron condenados a la horca. Vestidos con sus hábitos de fraile, colgaron del patíbulo, monstruosos títeres con la lengua de fuera.

Los niños cantaron canciones alusivas y jugaron al ahorcado.

A las tres noches fueron vistos los frailes cabalgando. Iban al Purgatorio, religiosos que no habían sabido luchar con las solas armas de la fe, aunque hubieran sentido rectamente.

Consta en los archivos que al comerciante Henri Dupré le fue denegada la devolución del impuesto de almojarifazgo, cobrado en concepto de un cargamento de calzones hechos y de madapolán, con barbas y sin ellas.

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