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Alberto Masferrer

En 1931, Alberto Masferrer puso su doctrina vitalista al servicio de las aspiraciones presidenciales de Arturo Araujo, para quien redactó un programa de gobierno pleno de promesas en beneficio de las mayorías.

Matilde Elena López ha descrito como el anciano de 63 años sacó fuerzas de flaquezas y “se volcó a la lucha con una pasión inmensa. Fue el alma de la propaganda y el motor silencioso de aquel movimiento sin precedentes. Se fue por las aldeas y los caseríos a decir su palabra vitalista que, según él, iba a tornarse realidad desde el gobierno laborista de Araujo”.




Lunes 7 de abril 2008
Redacción
redaccion@centroamerica21.com

 

 

Alberto Masferrer

El triunfo electoral fue arrollador. Masferrer luchó desde su curul de diputado para que se hiciera realidad todo lo que él mismo había ofrecido al pueblo en nombre de Araujo. Pero el gobernante, sometido a la presión de los grupos poderosos, postergó el cumplimiento de sus compromisos. El descontento cundió y los ánimos comenzaron a caldearse. La gran tragedia estaba incubándose:

Masferrer comprendió que había comprometido su causa en manos de un hombre débil e incapaz. Se vio estafado y perdido. Veía alzarse un movimiento que ya no podía detenerse con promesas; hervía debajo una lucha sorda que pronto iba a romperse en un estallido tremendo. Dice Matilde Elena López.

“Sagaz como un zorro Maximiliano Hernández Martínez había concertado a última hora una alianza con Araujo, y ganó por ello la vicepresidencia de la república. Allí se emboscó el conspirador. Los sueldos dejaron de pagarse, el crédito del país se vino al suelo, la corrupción administrativa iba creciendo en forma descarada, y el pueblo gemía abajo impotente y defraudado”.

Y Masferrer comienza entonces el dramático periplo hacia Guatemala y Honduras. En El Salvador, mientras tanto: golpe de Estado, Directorio Militar y entrega del poder al general Maximiliano Hernández Martínez, insurrección y represión brutal. Ante esas noticias, Masferrer colapsa y regresa moribundo al país. Con cuánta amargura, con cuánta desolación y dolor debió escribir estos versos:

Un andrajo de vida me queda: se perdió
en misérrimas luchas lo que era fuerza y flor.
Rateros y falsarios hacen explotación
de mi luz, de mi anhelo, de mi fe y mi valor.
¡Cuánta odiosa mentira serví sin querer yo!
¡Cuánto lucro y engaño con mi luz se amasó!
Porque fui humilde y simple; porque en toda ocasión
creí que quien me hablaba tenía sed de Dios.
(...)

Ahora con los harapos de mi fe y mi valor
y lo que todavía me resta de ilusión,
He de alzar un castillo y en él, como blasón,
en un palo de escoba y hecho un sucio jirón,
haré flamear al viento mi enfermo corazón.
Y en ese vil andrajo que será mi pendón
Escribiré con sangre, menosprecio y rencor
este emblema del hombre que es su propio señor:
Para juzgarme, nadie; para acusarme, yo.

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