Suscríbete al Newsletter

Boletín semanal gratis

 

Google
 
 
 

Bolero

 

Dicen (pero Jorge Luis Borges sabe más) que el tango es una serpiente de lupanar. El bolero es entonces el lupanar de los sentimientos hondos y volubles que van del cielo de un anhelado beso adúltero al infierno del desprecio y el olvido: “Y la sangre que manaba confundiose con el vino, y en la cantina este grito a todos estremeció: mozo, sírveme la copa rota, que me destroce la boca esta fiebre de obsesión… quiero sangrar gota a gota el veneno de su amor”. Mejor, ni Shakespeare.


Lunes 7 de abril 2008
Geovani Galeas
geovanigaleas@hotmail.com

 

GEOVANI GALEAS

Yo supe por mi amigo Eraclio Zepeda que a mediados de los años ochenta, infatuado por el premio Nobel, o en un arranque de excesiva confianza en sus propios poderes creadores, Gabriel García Márquez le prometió a Rubén Blades que le escribiría una docena de boleros, seguramente tanto o más inmortales ya no digamos que el de Ravel, sino que de los boleros de verdad como “Adoro”, “La gloria eres tu”, “Piensa en mí” o “Bésame mucho”.

¿Cómo no iba el prodigioso novelista a superar en dos plumazos a esos bohemios cuasi analfabetas que eran Manzanero, Portillo de la Luz , Agustín Lara y Consuelito Velásquez?. Esos que a golpe de ron, desvelo y despecho, y no pocas veces contra la pureza gramática, pergeñaban en bares de mala muerte aquellos estrapalucios sentimentales que decían que si te vas por esos mares de locura, cuida que no naufrague tu vivir; o que me quemes los ojos si es preciso, vida, pero nunca digas que no volverás; o que tu párvula boca aún siendo tan niña me enseñó a pecar.

El caso es que pasó el tiempo y Rubén Blades seguía fumando mientras esperaba. Y ya podía esperar cien años más sin tener quién le escribiera… sus boleros al menos. La musa cabaretera, aquella mariposa equivocada entre en la luces de Nueva York, se le hacía la de a mil al mejor prosista en lengua hispana, que le dicen. Y que según la lengua viperina de Eraclio, no pasaba de un primer y deplorable verso al tenor del estropicio de un amor que era un vicio… o alguna bobería por el estilo.

Desesperado, el inmenso autor de “El amor en los tiempos del cólera” tocó a la humilde puerta yucateca de un enano cabezón con voz de cabra melancólica, y de apellido Manzanero por añadidura. “Maestro”, me contó Eraclio que dijo el novelista, “enséñeme a escribir boleros”.

Después de casi un mes de vana enseñanza y peor aprendizaje, Manzanero, queriendo ser diplomático, le dijo a García Márquez que mejor siguiera escribiendo novelas. No hubo modo de que aquél monstruo de la literatura comprendiera que todo lo que había que hacer era poner en letra que esta noche pecadora, justo al borde de la aurora, emborráchame de amor. O más sencillo aún: que esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tu… Eso era todo.

Decía Borges que siempre que había emprendido el estudio de la filosofía lo había interrumpido la felicidad. Lo que interrumpe mis más modestos estudios es el bolero, que para mí se vuelve una de las formas de la felicidad en las voces de sensuales cadencias arrabaleras de María Luisa Landín, Toña la Negra y Olga Guillot. O de sus dignas herederas: Tania Libertad, Eugenia León y Simone de Brasil.

SUBIR
 
 

  


 

 

© Derechos Reservados 2007