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Rojo abril y el culto a la personalidad
Una de las nefastas herencias del siglo veinte, además de las guerras, ha sido la tendencia del culto a la personalidad. Práctica, que generalmente se desarrolló en sistemas totalitarios y círculos de tendencia sectaria. Datan de esa época figuras arquetípicas de caudillos como Lenin, Stalin y Mao, a quienes todavía se les venera con voluntarismo religioso en ciertas masas con furibundo fetichismo.
Lunes 7 de abril 2008
Walter Iraheta Nerio, escritor salvadoreño radicado en Suiza
Redaccion@centroamerica21.com
Entre esos figurones se encuentra Hitler y Mussolini, y en otro plano Elvis Presley, Marilyn Monroe y otras estrellas cuyos fantasmas y seguidores les mantienen vivos.
Aquí nos vamos a ocupar del personalismo político, de modo que al observar el fenómeno se concluye que el caudillismo no surge al azar, sino se trata de un entramado psicológico-político en el que interactúan procesos conductuales del caudillo megalómano y un aparato colectivo genuflector. Esos elementos conductuales reflejan una personalidad ávida de exaltación, reconocimiento y veneración a niveles obsesivos. Los genuflectores, se entiende, esperan recompensa y escalar en la nomenklatura , y en suma, tal política podrá tener impacto en cierto grupo poblacional sino, subyugar a toda una sociedad.
En el arquetipo del caudillo se manifiestan rasgos traumáticos derivados de infancias difíciles o fracasos en la juventud: Lenin era un fracasado abogado que pierde a su hermano anarquista cuando le estalla una bomba con la que pensaba atentar. También en el panteón latinoamericano se encuentran casos de dirigentes con infancia traumática por la pobreza, otros proceden de sectores acomodados y se consideran indiscutibles mesías predestinados a causas redentoras, para luego terminar convertidos en dictadores.
Las catástrofes humanas con millones de muertos del totalitarismo, como las víctimas del GULAG soviético y la revolución cultural de Mao, se explican en parte por esa tendencia del culto a la personalidad, el voluntarismo y la negación de los derechos políticos en un Estado policiaco. Tales catástrofes son advertidas aún por la misma teoría sociológica al enunciar que «el culto a la personalidad es adverso al marxismo porque contradice literalmente el pleno desarrollo de las masas y su ejercicio democrático».
No es extraño entonces que, en ese desbrujulamiento idelógico, el bolchevismo se haya convertido prontamente en leninismo, como antes a las teorías de los llamados socialistas dialécticos se les llamara marxismo para celebrar a Marx.
Otro aspecto que interesa destacar en el contexto del fenómeno totalitario-personalista, son las consecuencias sociales que llevan a la aniquilación de los valores intrínsecos de las personas y la supresión de los derechos políticos.
La uniformidad del pensamiento, las directrices verticales, la desarticulación de vínculos sociales más allá de una célula o konsomol convierten a los sujetos o inviduos en objetos-números predeterminados para una función: Sí y sólo sí –mecánicamente- para cumplir una misión.
En el capítulo salvadoreño el fenómeno del culto a la personalidad no ha sido extraño, se conoció en los años 80 cuando en las células de una de las organizaciones integrantes de aquel FMLN guerrillero, se promovía hasta el delirio la leyenda del dirigente guerrillero Salvador Cayetano Carpio, también conocido como Marcial.
Se trataba de una atmósfera psicológica con efectos bumerán, de modo que la leyenda escapaba del mundillo militante y tenía gran resonancia –quizá con más eco- en muchos círculos de románticos intelectuales metidos a revolucionarios de cafetín y revistilla. Al dirigente Marcial se le llegó a llamar pretenciosamente: el Ho Chi Ming latinoamericano, al punto que luego simplemente le llamaban: «el Tío» -alias del timonel vietnamita.
Lo llamativo de las alabanzas y leyendas no era solamente la exaltación de las cualidades del dirigente Marcial, sino el tono con el cual los heraldos las contaban. Se podía advertir que tales leyendas buscaban demostrar un estatus preferencial y una afinidad. Y más que mostrar al héroe, mostrarse a sí mismos en gestos, obras y preceptos monásticos.
Pasados unos años la historia de «los monges rojos» se revirtió con los sangrientos hechos de abril de 1983 en Managua, que terminaron con la vida de la dirigente Ana María y el mismo Marcial. Fue entonces más llamativo mirar que de la noche a la mañana, aún sin explicaciones claras de las muertes, todos aquellos aduladores y genuflectores se convirtieron en detractores.
Como otro efecto bumerán, en los meses posteriores al rojo abril de 1982 a quienes antes inflaban la figura del dirigente, se les escuchaba las más negras, amargas y ridículas descalificaciones con las cuales satanizaban a su antiguo héroe. Con tales opiniones pendulares quedaba al descubierto la inconsistencia ideológica, y de otra parte la carencia de criterio propio, lo cual dejaba el vacío para iniciar el culto a cualquier otra personalidad.
Pero el culto a la personalidad no es historia archivada en oscuro museo, sino un jinete que campea por llanos, montes y ciudadades promoviendo dirigentes históricos, caudillos que reparten piñatas y hacen referendos para perpetuarse en el poder. Quizá sea redundante decirlo, pero la medicación contra la psicopatología del culto a la personalidad, es el relevo democrático al interior de los movimientos políticos.
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