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NOCHE DEL ERMITAÑO
Ilustración de Salvador Choussy

 




Lunes 14 de abril de 2008
Ricardo Lindo
redaccion@centroamerica21.com

 

I

El fraile comenzó a escribir: “Con la parte de otoño que a mí me corresponde, en la provincia de San Salvador, en el año de gracia de 1538, relato…”

Una rotura larga interrumpe aquí el grueso pergamino del fraile. También el pergamino parece ahora una hoja de otoño y las líneas de tinta parecen nervaduras de esa gran hoja seca.

Ya en su segundo viaje a las islas del Caribe, Cristóbal Colón había traído dos frailes astrólogos. Después vinieron otros a América, monjes que tenían algo de magos y otro tanto de sabios. Eran los guardianes de la ciencia de Oriente, la de esos árabes y judíos que los Reyes Católicos echaron de España, no obstante haber financiado los últimos, en buena parte, las tres célebres carabelas. En cuanto a los astrólogos, se vieron asociados desde un comienzo a la empresa del navegante genovés, pues con su influencia inclinaron la balanza de los monarcas a favor de Colón, poniendo mucho en el platillo de la Reina , quién, verdaderamente, nunca empeñó sus joyas.

Los sostenía una idea, aprendida de los sabios de Toledo que con las cabezas envueltas en turbantes escrutaban la profundidad de la noche. La idea, ajena al vulgo, era considerar el mundo como una esfera que los monjes creían más bien pequeña, inmóvil, situada al centro del Universo. En torno girarían el sol, la luna y los planetas, como un mecanismo de relojería.

Así, cuando Colón regresó a la corte a dar noticia de las tierras que encontrara, ellos vieron confirmados sus conocimientos, de los que por otra parte apenas dudaban. Y cuando pudieron venir al Nuevo Mundo, no dejaban España con amargura como los árabes y judíos, sino con ansia investigadora, más que de conocer nuevas tierras, de conocer nuevos cielos.

Que de extraño entonces que el hidalgo don Pablo de Peñaranda de Bracamonte, noble venido a menos, sin bienes de fortuna, sospechoso de tener sangre árabe, fraile y astrólogo, ya en edad otoñal, llegara a Cuzcatlán en los albores de la Conquista , y escribiera cuanto vio de los cielos.

Sabemos que no vivió largo tiempo en nuestras tierras. Acusado de ponerse babuchas y turbante pare ver el firmamento, fue condenado por la Inquisición y quemado vivo. Pero él apenas se dio cuenta, pues era de noche, y observaba los astros mientras ardía la pira. Quizás escuchaba, como tanto había deseado, la música de las esferas. Quizás descendieron a recogerlo sus amadas constelaciones. No se quejó, en todo caso, pero, lamentablemente para la Historia , sus escritos corrieron la misma suerte que él. De sus haberes sólo se salvaron sus babuchas, que al parecer pasaron a manos del anticuario don Hermógenes Pérez en fecha reciente, y se salvó la página que van a leer, parcialmente consumida por el fuego, única hoja de otoño en una latitud donde el otoño es un desconocido.

II

“…y yo, pobre ermitaño dado a las cosas de la astrología, he de confiar al pergamino las cosas que vi, no para honra mía, sino para servicio de quienes aman lo que atañe a los astros.

Mi oficio es predicar en estas tierras nuevas la doctrina del Evangelio. Innumerables veces he celebrado la santa misa en un claro del bosque, entre el chillido de los monos y el canto de los pájaros, rodeado de indígenas que se acercaban a ver con admiración el trabajo de la casulla, las campanillas y el sagrario, y escuchaban el latín de la misa como quien intenta descifrar el lenguaje de las aguas y el viento. Sus semblantes oscuros observaban la milagrosa ceremonia con apasionada inquietud, cargada de reservas y anhelos.

Pareciéronme ignorantes e inocentes, como los animales y los niños.

Y en las noches claras de diciembre me dediqué al cuidado de las estrellas.

No he visto en otros parajes noches a tal extremo luminosas. Es tan claramente visible el río de la Vía Láctea que aun antes del nacimiento de la luna uno proyecta sombra. He visto aquí constelaciones que no se hallan consignadas en los mapas y he intentado pergeñar sus dibujos sobre un globo celeste. Cómo he deseado, año tras año, la luminosa llegada de diciembre para observar, echado sobre la hierba, las altas estrellas. He puesto en el dominio de la noche cuanto hay en mí de vida y de verdad, ermitaño aliado a los astros. Cristo sonríe en los cristales de la noche y mueve el aire de las constelaciones.

Pasado el formidable tiempo de aguas, llegan los vientos de octubre, que van barriendo nubes por el cielo, y la atmósfera se va preparando para la fiesta de las maravillosas estrellas. El dorado verano se ha instalado y se prolongará seis largos meses.

Una tarde, inclinado sobre un mapa del cielo, fui interrumpido en mis meditaciones por un indígena amigo mío. El indio examinó el mapa con atención y me hizo numerosas preguntas. Me dijo que a él también le interesaban los astros y que me llevaría a un sitio desde donde se ven mejor que en otras partes.

Poco después fuimos a un lago que lleva por nombre lago de Güija. Tomamos un cayuco que él manejaba con un solo largo remo con paletas en ambos extremos, según la usanza de aquí, y llegamos a una isla llena de grandes piedras con grabados, la cual isla en su lengua es nombrada Igualtepec. Llamáronme la atención esos grabados, que eran representaciones de muy extraños animales, serpientes sobre las que parecían cabalgar muchos niños divertidos, un hombre con una pierna que él llamaba Hurakán, guacamayas y monos con orejeras, como esos adornos que se ponían los papas de entre los indios.

Brillaban las estrellas. Subimos a la cúspide la isla, que tiene forma de montículo, y vi en lo alto una pirámide.

Sin que mediara causa aparente sentí en la frente algo como un golpe. Descendí viendo piedra por piedra, y comprendí que esas inscripciones eran diseños de constelaciones y cálculos astrológicos según el arte extraño de estos indios, que súbitamente fueron dados a mi entendimiento. Esa era la obra de los sabios de esta tierra, indios que yo, y otros como yo, creímos ser simples como los animales.”

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