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Cayetano, 25 años después

Uno de los problemas que hace poco transparente a la izquierda en general es que explica o justifica muchas de sus decisiones y acciones –y no las más positivas– a partir de las decisiones y el accionar de sus adversarios. Un verdadero proyecto político no necesariamente debería depender de lo que haga “el otro”, sino de ideas y convicciones propias.

Lunes 14 de abril 2008
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

Una revisión a las entrevistas con Fidel Castro, por citar una figura emblemática, muestra una constante: en el momento en que se cita alguna carencia en el sistema cubano, la respuesta se desvía a lo que ocurre en Estados Unidos o en Haití: en Estados Unidos hay un sistema evidente de desigualdad social, Cuba es pobre pero Haití está bastante peor, por lo tanto Cuba está bien. Etcétera.

En el plano nacional se presentan irregularidades en los partidos polares, como el inicio anticipado de la campaña electoral. Bajo el tecnicismo de que mientras no se solicite el voto explícitamente no hay ilegalidad, el país ha visto cómo se dejan de lado muchos problemas prioritarios, y así será durante un total de dos años, hasta la elección de 2009. Y aún no comienza la campaña de manera oficial.

Bastaría con una interpretación no ideologizada de la ley por la Asamblea Legislativa o la Corte Suprema para que las campañas se declararan ilegales y se impusieran sanciones serias. Es ingenuo pensar que los llamados de Mauricio Funes y Rodrigo Ávila a convertirlos en presidente no son una clara y abierta petición de votos, aun sin que se mencionen las palabras prohibidas: voten por mí.

Pero hay un acuerdo tácito o concertado –no se puede saber– de no leer la buena ventura entre gitanos, así sean de ideologías diametrales.

La Ley de Amnistía es otro ejemplo: evidentemente va en contra del espíritu –e incluso la letra– de los Acuerdos de Paz de 1992: hay investigaciones que deben hacerse, juicios que deben establecerse, responsabilidades que depurar y dar a la publicidad. Es un asunto de simple justicia y sentido común.

El pretexto para no entrar en esos “detalles” molestos es que, en aras de la reconciliación y la paz social, no deben abrirse viejas heridas, etcétera, cuando son heridas que no han terminado de cerrarse y, si la psicología humana funciona como funciona, no se cerrarán mientras no exista un proceso de exposición, aceptación, duelo, enojo, lo que sea. El silencio o el eufemismo sólo pueden conducir hacia una sociedad enferma, muy similar a la que vivimos ahora.

Hay varios temas que la izquierda ha dejado para una fecha indefinida, y eso puede significar nunca. Uno con un valor histórico y psicológico de primera magnitud tiene que ver con los hechos que rodearon el asesinato de la comandanta Mélida Anaya Montes (“Ana María”) y el posterior suicidio de Salvador Cayetano Carpio (“Marcial”). Este 12 de abril se cumplieron 25 años del suicidio, ocurrido seis días después del aberrante crimen contra la ex dirigente magisterial.

Tengo la sospecha de que, mientras más furibundos sean los ataques en contra de alguien, más posibilidades hay de que las acusaciones sean falsas o, por lo menos, hayan sido exageradas. Y los ataques contra Marcial han sido desaforados. La imagen que se ha difundido desde 1983 del obrero panificador y líder histórico de las luchas sociales en El Salvador son casi asunto de caricatura.

La acusación más grave contra él es, desde luego, que fue autor intelectual del asesinato de “Ana María”. Sin embargo no sólo no se ha mostrado evidencia más allá de las acusaciones de la dirigencia de las FPL y otros organismos políticos y político–militares, sino que se ha ocultado de manera deliberada que “Marcial” fue explícitamente exonerado de culpa por un tribunal nicaragüense en abril de 1984, un año después de su suicidio.

Como en el tema de la campaña electoral que se desarrolla desde hace meses, el FMLN ignora a sabiendas una verdad legal. En otras palabras, se pone por encima de la legalidad en aras de un fin que considera superior: la persistencia del FMLN y su proyecto. En otras palabras, es válido ignorar la legalidad en aras de un fin superior, como en los tiempos de la guerra... y con un fuerte lastre de los tiempos de la guerra.


Esta visión es evidentemente compartida por sus principales adversarios políticos, y por eso es posible que ambos utilicen la legalidad de manera “flexible” –por decir lo menos– y acepten que “el otro” haga otro tanto.

Son veinticinco años ya en que el FMLN ha mantenido el caso de “Marcial” en un limbo de adjetivos, verdades a medias y mentiras completas, como algunas de las aseveraciones que hace Salvador Sánchez Cerén en su autobiografía (“Con sueños se escribe la vida”).


Salvador Cayetano Carpio, legalmente inocente del delito que se le imputó, es, por derecho propio, un hito fundamental en la historia no sólo de la izquierda o del sindicalismo en El Salvador, sino de la historia a secas. Poco a poco, a fuerza de años, han ido apareciendo informaciones que van ubicando un poco mejor el caso y algo de lo que hubo detrás de su suicidio. Habrá quien lo crea inocente o culpable, por encima de la verdad legal de un veredicto, pero eso a la larga no es importante. Lo importante es saber. Es parte de nuestro derecho a saber quiénes somos, de dónde venimos y quiénes quieren gobernarnos; quizá eso lleve a cambios de rumbo y a un poco más de honestidad a la hora de hacer política.

(¿Por qué será que uno tiende a sonreír cuando se menciona “honestidad” y “política” en la misma frase?)

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