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Un secuestro y un asesinato con puntos suspensivos. (III)
El sargento Chepe sale del patio, recién bañado y con ropa limpia. Entre unas cajas decartón y un ropero encontró unos trapos para hacer el cambio de mudada. Ahora camina mientras sostiene el espejo redondo en una mano y con la otra el peine. Me mira y entonces comprendo su pregunta.
Es el silencio de la calle, demasiado para ser una guerra. Le da volumen a su radio y comienza a llamar a las patrullas. Algunas responden entre huelgos, pero hay un pelotón que ni por las moscas. Ambos salimos a la calle y de verdad aquello parece un cementerio, ni soldados ni guerrilleros. Todos se fueron a casa, pensamos.
Lunes 14 de abril 2008
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Avanzamos media cuadra y no hay rastros del pelotón, seguimos hasta detenernos frente a una puerta abierta de par en par. Entramos y vemos ahí el cuadro: más de veinte guerrilleros amontonados en el patio, incluyendo un chileno de cabeza rapada llegado de Cuba, oficial por cierto, que tiene entre sus piernas una ametralladora PKM.
Todos están tirados en el suelo, recostados en las mochilas. La mayoría son casi unos niños y han decidido esperar la muerte ahí, amontonados como pollos, no quieren combatir ni un minuto más, dicen.
El chepe me mira y comenzamos a echarnos la perorata, bueno soy yo, él era escaso de palabras. Después de estar en ese juego de ver con gestos histriónicos hacia la calle y hacia adentro de la casa, los convenzo de que es mejor intentarlo otra vez, que ahí van a morir todos o, lo que es peor, los van a capturar, les digo yo, y los van a despellejar, que el miedo lo tengo también y con intereses morosos. Al final se levantan y van de nuevo a retomar las posiciones de ese sector.
El sargento siempre ríe cuando le recuerdo el episodio. Igual es ahora, que estamos en una gasolinera de Metrocentro, jugando a conspirar. Muchos guerrilleros fueron unos gatos en la táctica de choque frontal, pero nunca aprendieron a conspirar frente a los suyos. La vida me enseñó a golpes que la palabra enemigo era simple, si la veías hacia fuera, pero adentro, señores, es de donde debías cuidarte de verdad. Ese mundo me fue puesto en las manos, o quizá fui yo el que se lo tomó.
El caso no es legal, le digo, es político, ni él ni yo tenemos más poder que el de alzar una mano para detener un autobús. Aún así la mujer que está entre las rejas es su madre y por ella él debe dar la cara, y lo hace.
Soy yo el que le digo que tomemos dos o tres lugares para vernos y que le pongamos un indicativo. Lo prefiero así. Al principio leo en sus ojos, y en los de su hermano, Juancito, otro guerrillero, que pensamos en conspirar contra la policía. Pero no es de ellos que hay que esconderse, le digo, nosotros no hemos hecho nada para escurrirnos de la policía, no, el asunto es mucho más peligroso.
No hay delito en defender a su madre, menos para un abogado actuar en un juicio. Y eso estaba muy claro. Él siguió siendo el sargento Felino de la policía. Aunque es obvio suponer que tuvo seguimiento, él y cualquiera que haya estado vinculado al caso, pero porque de no haberlo hecho la policía, sería porque los jefes del caso fueron unos incompetentes.
Hacía falta escudriñar a nombre de quién estaba inscrita la casa. Y este sí es uno de esos movimientos tácticos que amenazan con ser una gran noticia. De pronto, debido a la poca imaginación forense de la policía, aparece la escritura como caída del cielo, y en efecto hay un nombre, el de un ex comandante de la guerrilla.
Todo el plan policial, al verse contaminado con las claras intenciones políticas, se va al precipicio, eso no lo saben ellos por supuesto, uno lo ve allá a lo lejos, pero para que eso suceda debe haber carne fresca que comer, porque esas maquinas se alimentan de carne humana.
El hombre que aparece como dueño de la casa no ha sido jamás un estratega militar, su título de comandante es más formal que otra cosa. Un periodista se acerca al tribunal y dice entre un grupo de abogados que eso lo saben “allá arriba”, que el tipo no mataba ni una mosca, pero no hay más a quien joder, por el momento.
Claro que si la casa estaba a su nombre no había remedio. De acuerdo a las leyes que estaban siendo aplicadas al caso, por el solo hecho de ser el dueño de un inmueble donde se hubiese cometido un secuestro, uno pasaba de inmediato a ser al menos un cómplice, o coautor.
En este momento debo aclarar una cosa: estoy refiriéndome a un caso sucedido durante la guerra, concretamente en el año 1991, aunque tocó los últimos días del conflicto. Después se realizaron otras investigaciones sobre hechos cometidos en la posguerra, donde la madre del sargento ya no estaba ni viviendo en aquella casa vieja, y donde estaban involucrados otros inmuebles y otras personas, de estos últimos hechos no hablo aquí, ese es otro tema. Interesa aquí la guerra y sus hechos.
El caso era por demás jugoso para sus usos publicitarios, aunque tratado mediocremente.
Vemos entonces que tenemos una escritura y un dueño. Siempre tuve una duda sobre este asunto, por lo siguiente: esa casa había sido comprada muchos años atrás. No es típico que tú ejecutes una operación de guerra como la mencionada en una casa que está a tu nombre. Si lo haces es porque no fuiste jamás a un curso de operaciones especiales o estuviste dormido. Hay ocasiones en que la memoria te puede traicionar. Es posible que nadie haya reparado a nombre de quién estaba esa casa.
De todas maneras es importante detenernos en un asunto legal: en la mayoría de códigos penales se suele hablar de varias categorías de delitos: comunes, comunes conexos con políticos y políticos. Esta diferenciación no es antojadiza, es el sentido de la política criminal al momento de abordar las crisis de las sociedades modernas.
Cuando un país está en guerra esas categorías adquieren mucho más valor, puesto que en ese teatro los actores suelen mostrarse en dos planos. No sólo por las acciones que realizan, sino por su naturaleza constitutiva. La Fuerza Armada era el ejército que actuaba bajo la legalidad imperante, y conste que esto no quiere decir que no violaban la ley, no, hablo del origen institucional del organismo, en cambio la guerrilla es por naturaleza ilegal en todas sus manifestaciones, es decir, la legalidad es el poder hecho norma jurídica contra el que lucha.
Y volvemos al asunto de la amnistía. Con pleno conocimiento de esos fenómenos es que se perdonan todas las categorías de delitos, salvo el secuestro. En el caso de la guerrilla, por principio, sus actos tienen un contenido político, es así, por mucho que fuesen condenables. Todos los secuestros ejecutados por los incipientes movimientos guerrilleros de los años setentas tienen una motivación política, de igual forma las ejecuciones de los alcaldes durante la guerra, actos de finalidad política manifiesta. Ese secuestro del que hablo no es diferente a ninguna de esas operaciones en cuanto a su naturaleza política.
Ahora bien, los secuestros cometidos por aquella banda de militares que puso en jaque a varios sectores de la misma derecha, tienen una finalidad tal que no es posible colocarlos en línea con la política, fueron hechos de naturaleza común.
Pero igual, ni unos ni otros fueron amnistiados. Y todo para darle carne a los buitres, claro la carne de siempre, la de los descalzos.
Imagínese usted, amigo lector, si como es sabido, en los cuarteles de la mayoría de unidades militares del país, había cárceles clandestinas, donde algunas veces se llevaba agua al menos, o frijoles, para los presos políticos, y allá arriba, en las cocinas había mujeres preparando alimentos para todo mundo, algunas de ellas sabían muy bien que debajo de sus peroles, estaban cocinando otra carne, la de cientos de personas que nunca más volvieron a casa, cuyos rostros no volvieron a ser acariciados por su amores. La pregunta es: ¿Vamos a meterlas a la cárcel por haber preparado esa comida cuando los coroneles y generales que comandaban esas guarniciones nunca estarán tras las rejas?
Claro que el asunto es mucho más complejo: fue muy fácil amnistiar las torturas en masa, los asesinatos, las desapariciones forzadas, los bombardeos a la población civil, los crímenes contra niños, pero no los secuestros. Todos los grupos de poder tienen un punto de honor, la derecha parece haberse agarrado con uñas del secuestro, en cambio, los muertos y los desaparecidos, no pocos por cierto, y los torturados no parecen importarle a la izquierda oficial, más que como recurso propagandístico.
Es inevitable pensar en la inmoralidad de todos esos acuerdos políticos, aunque es medio tonto decirlo, digo, “inmoralidad en política”, son a estas alturas de la vida, meras palabras que el viento se terminará llevando.
Tanto la Fiscalía, la policía, pero los acusadores particulares de la empresa privada lo tenían muy claro. Y ahí uno se percata de ello, sabe, porque yo me reuní con todos ellos y mientras escuchaba sus palabras, vi sus ojos y sus trajes elegantes.
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