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Silvano Matasiete

 

Doña Herminia Perla y Perla de Perla, mi abuela, solía recibirlo rindiéndole un honor que sólo dispensaba a dos o tres mortales en el mundo: ponerle de propia mano una gota de perfume detrás de cada oreja. Él comenzaba sus pláticas diciendo: “Yo muchas veces he estado preso, Herminia… pero siempre por homicidio”.

Lunes 14 de abril 2008
Geovani Galeas
geovanigaleas@hotmail.com

 

GEOVANI GALEAS

La explicación buscaba dejar intacto su prestigio de hombre cabal que urgido por una afrenta a su honor, o por una ofensa a los suyos, se había visto obligado a imponer justicia por su propia mano. Llegaba a Jocoro en un caballo negro lustroso y de gran alzada. Usaba sombrero de ala grande, botas altas y revólver niquelado al cinto. Se llamaba Silvano Luna y le apodaban Matasiete.

Era un hombre de los de antes. No sabía leer pero tenía su terrenito, su milpa y algunas reses, y también tenía fama de haber sido buen campisto y diestro esgrimista. “En el filo del machete anda el bien y anda el mal, Herminia. Es el trabajo pero también puede ser la muerte. El machete es un conocimiento. Quien no sabe el machete lo agarra en son de pleito y ya es finado”, solía decir.

Había sido el campisto mayor de los Borgonovos afincados en Moncagua. El patrón había traído de Europa un torito cebú con lucero en la frente y patalbo, y le había dicho me lo cuidás como a la niña de tus ojos. Silvano Luna contaba después que cumplió la tarea con tal solicitud que para la bestia era imposible conciliar el sueño si él no la arrullaba cantándole unos versos: “Cortando limitas verdes, me dio sueño y me dormí… cortando limitas verdes, y acordándome de ti…”

Silvano no era hombre de dolamas, pero un día lo dobló la fiebre a fuerza de escalofríos y calambres en las canillas. Como a las tres de la tarde pidió permiso para ir a que Domitila, su mujer, le hiciera unos bañitos de guaro macho con canfolitol y hojitas tiernas de guásimo, y agarró camino por veredas profundas en una mula algo sombrista.

A la media noche, en el caserío de Silvano se oyó un estruendo de fin de mundo que sacó de los catres y las hamacas de pita a todos los vecinos. Era el ronco motor del primer automóvil que llegaba a esos montarrascales. Era el patriarca de los Borgonovos en persona quien así llegaba a la humilde puerta de Silvano Luna, acompañado por cinco hombres de a caballo.

“El torito se puso malo desde que ya no te sintió, Silvano. Oteaba el aire con el hocico buscándote el olor y mujía como llorando. En la noche ya no aguantó, reventó manilas, se llevó entre las patas a los jornaleros, saltó cercos y salió a buscarte, pero hace viento contrario y agarró para otro lado… Te doy lo que pidás, Silvano, pero traémelo”.

Lo único que el campisto pidió fue el caballo mismo del abatido patriarca de los Borgonovos, “porque al patalbo no lo alcanza otra bestia ni por vía de encantamiento, patrón”, le dijo.

Silvano salió a galope abierto en medio de la oscurana. Ya rayando la aurora divisó en una lomita la esbelta silueta del cebú recortada contra el horizonte. To-to-totouu… To-to-totouu... lo llamó a todo pulmón. “El patalbo se paró en seco y luego se vino trotando hasta mí, meniando la cola como un perrito. Yo nunca he llorado, Herminia, pero esa vez sí sentí ganas, o quizá era el sudor que me picaba en los ojos, quién sabe”.

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