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Cayetano Carpio, un asunto pendiente

Por de pronto, la tumba de Carpio se encuentra desde hace más de una década en el cementerio de Santa Tecla. En algún momento de los noventa, un amigo de Carpio y su esposa, Tula Alvarenga –sindicalista histórica si las ha habido–, logró que los sandinistas “liberaran” los restos del comandante, enterrados en la base militar de Jiloá, en Managua. Hubo una condición, tácita o explícita: que los restos se trasladaran a El Salvador sin ruido ni ceremonia. Así se hizo.

Lunes 21 de mayo, 2007
Rafael Menjivar Ochoa, novelista salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

RAFAEL MENJIVAR

El 6 de abril de 1983 se produjo el salvaje asesinato de Mélida Anaya Montes, comandante Ana María , de las FPL, en las afueras de la ciudad de Managua. Un comando armado, en connivencia con los escoltas de la antigua dirigente magisterial, la degolló y le dio más de ochenta golpes de picahielo.

Seis días después, Salvador Cayetano Carpio, comandante Marcial , de la misma organización guerrillera, se suicidó de un disparo en el corazón. Junto con la noticia, se dio a conocer que el comandante Marcelo , responsable de inteligencia y seguridad de las FPL, había sido el autor intelectual del asesinato de Ana María , perpetrado por gente bajo su mando. Marcial , impactado por la evidencia, se habría quitado la vida.

Unos meses después, el gobierno sandinista y el FMLN cambiaron la versión: el autor intelectual del crimen había sido Marcial , Marcelo sólo fue el ejecutor y, descubierto el complot, el primero se quitó la vida. De ese modo, uno de los más importantes dirigentes sociales latinoamericanos, con cuarenta años de luchas, pasaba a convertirse en un simple asesino, y así se mantiene en el imaginario de la izquierda.

Lo que nunca se dijo es que, en el juicio celebrado en Managua un año después, en el cual se condenó a Marcelo , Carpio fue exonerado de manera explícita por el juez del caso. Es decir: desde marzo de 1984, Carpio es legalmente inocente del asesinato de Ana María , algo que la dirigencia del FMLN ha olvidado decir en los últimos 23 años, quizá en espera del momento adecuado, que aún no llega.

Antonio Morales Carbonell, en el libro Nuestras montañas son las masas (Edition Del Keil, Viena, 1999), reproduce una parte del expediente del juicio contra Marcelo . El abogado defensor del caso, el 15 de marzo de 1984, solicitó “que se consigne en la sentencia a dictarse si se han aportado o no pruebas que permitan tener a Salvador Cayetano Carpio junto con Marcelo , como coautor intelectual. La procuraduría lo ha mencionado como tal y en honor a la verdad histórica debe hacerle relación a este asunto en su sentencia. Hasta el momento la procuraduría no ha presentado ninguna.”

El juez del Juzgado Segundo del Distrito del Crimen en Managua, sentenció que, “ de conformidad con el art. 186 del Código de Instrucción Criminal, en razón de su fallecimiento debe sobreseerse definitivamente en la presente causa a Salvador Cayetano Carpio ( Marcial ), mencionado por la Procuraduría Penal como autor intelectual del delito investigado. Siendo opinión de esta autoridad que se adhiere a lo expresado por el defensor Gutiérrez Mayorga en su escrito de defensa, que no fueron aportadas pruebas en el proceso que respalden tal imputación.”

Aceptada la inocencia de Carpio, quedaría el “misterio” de su suicidio, un tema que requiere de mayor investigación y espacio que una simple columna en una revista semanal.

Por de pronto, la tumba de Carpio se encuentra desde hace más de una década en el cementerio de Santa Tecla. En algún momento de los noventa, un amigo de Carpio y su esposa, Tula Alvarenga –sindicalista histórica si las ha habido–, logró que los sandinistas “liberaran” los restos del comandante, enterrados en la base militar de Jiloá, en Managua. Hubo una condición, tácita o explícita: que los restos se trasladaran a El Salvador sin ruido ni ceremonia. Así se hizo.

Hasta hace poco era apenas un bloque de ladrillos, una capa de cemento y un par de manos de pintura de cal. Había sólo un rótulo muy pequeño que la identificaba: “Familia Carpio–Alvarenga”.

La tumba se ha ido llenando de cosas: una cerca de metal, luego una bandera de las Fuerzas Populares de Liberación, FPL, colocada en un palo largo. Después, mosaicos, más estructuras de metal, más banderas y, de tarde en tarde, ramos de flores, hojas volantes, ofrendas de todo tipo, casi todas anónimas.

Parece que cada vez hay más personas que esperan que alguien diga un poco de la verdad. Sólo un poco. Lo demás llegará solo.

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