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El canal de Panamá en plena faena de construcción


Mi abuelo el Silver-Roll

Entre Jim y el abuelo Alfonso no había mucho en común, excepto el gusto por la cerveza y el hecho de que, por el color de sus pieles, ambos estuvieran en el silver–roll , lo cual significaba que ganaban la mitad que los trabajadores blancos –la dudosa aristocracia de los explotados–, inscritos en el gold–roll.

Lunes 28 de mayo de 2007
Rafael Menjívar Ochoa
redaccion@centroamerica21.com

En 1943 el abuelo Alfonso, padre de mi padre, se fue a Panamá a trabajar como estibador. Tenía treinta y ocho años, según mis cuentas –su lápida dice que murió a los 91–, y desde los quince había sido chofer de camiones de carga por salarios miserables. No ganaba siquiera para pagar un mal cuarto; él, la abuela y los cuatro hijos vivían en la parte trasera de un taller mecánico, propiedad de don Tomás Regalado.

Mi padre siempre estuvo seguro de que el abuelo no iba sólo a buscar un poco de dinero extra a ese paraíso provisional de los explotados; su intención, decía, era abandonar a la abuela Carmen, una mujer que podía ser dura hasta extremos insólitos y tierna hasta el empalago de un segundo a otro, a veces simultáneamente.

Para el abuelo las cosas eran como eran: su oficio era el de mecánico y chofer, sus hijos serían mecánicos y choferes, y sus nietos otro tanto. Ganaba poco, tomaba mucho, jugaba a los dados –pasó noches en la cárcel por eso, jugando dados con otros presos y con los carceleros– y era un buen tipo, con un sentido del humor un tanto sombrío.

El abuelo, en fin, hablaba poco, y menos aún de lo que le pasó en Panamá durante los dos años que trabajó como estibador, durante la Segunda Guerra Mundial. Hubo una historia que escuché varias veces y que contaba con esa su voz pacífica y sin adjetivos.

Trataba de la vez que le tocó llevar al congelador la última vaca de un cargamento que iba para las tropas de Estados Unidos en Europa. A la hora de colgarla, un bloque de hielo se deslizó de alguna parte y le hizo una rajadura que le atravesó la cabeza de atrás hacia delante, y que desde que me acuerdo se confundía con la raya que dividía su cabello envaselinado, justo a la mitad del cráneo.

Despertó varios días después en el hospital de la Zona. Por una casualidad, o vaya a saber, entró en el congelador otro estibador, Jim, un negro de algún lugar del norte de Estados Unidos, que lo levantó, lo sacó de allí ya congelado y desangrado y con una conmoción que lo tuvo cerca de un mes en cama.

Se hicieron amigos, y muchos años después el abuelo sonreía –un gesto inusual en su cara de piedra– cuando hablaba de Jim. Decía que un día de éstos le escribiría, que en alguna parte debía tener su dirección. Jamás lo hizo, pero no era descabellado suponer que en algún lugar de Estados Unidos su amigo pensaba lo mismo, y que de algún modo se comunicaban más allá de la distancia y de décadas de silencio.

Entre Jim y el abuelo Alfonso no había mucho en común, excepto el gusto por la cerveza y el hecho de que, por el color de sus pieles, ambos estuvieran en el silver–roll , lo cual significaba que ganaban la mitad que los trabajadores blancos

Trabajadores Silver roll trabajando en la construcción del Canal de Panamá.

–la dudosa aristocracia de los explotados–, inscritos en el gold–roll

El abuelo no levantaba más de metro y medio del piso, y Jim era un fulano de casi dos metros; el abuelo no hablaba gota de inglés, y Jim no sabía mucho más de español; el abuelo era caso incapaz de la violencia, y a Jim le gustaba meterse en líos. Quizá por esto último el abuelo sonreía cuando recordaba las peleas a puñetazos con los estibadores blancos o con uno que otro grupo de marinos, que no les costó más de algún arresto mientras se les bajaba la borrachera.

Mi padre me contó que cuando era niño iba alguna vez con el abuelo en el carro de don Tomás Regalado. En medio de la calle había un policía de tránsito subido en una caja, como en los viejos tiempos –eran los viejos tiempos–, dirigiendo el tránsito. “Ése es el que mató a tu tío Francisco”, le dijo con serenidad, refiriéndose a su hermano, asesinado por un problema de faldas.

Mi padre enfureció y le dijo que le echara el carro encima, que lo matara. “No vale la pena”, dijo el abuelo, y pasó a un lado del policía, ignorándolo. Mi padre decía que pasó mucho tiempo sin comprender la falta de carácter del abuelo, y hasta sintiendo por él un cierto desprecio.

Años después, cuando yo era un adolescente, me dijo que había aprendido a admirarlo por eso mismo, porque había demostrado su responsabilidad hacia la familia, etcétera. Quizá había olvidado la mañana en que estuvo dispuesto a matar a un hombre que me había hecho llorar.

A pesar de que mi padre estaba seguro de que el abuelo había abandonado a la abuela, estaba seguro también de que regresaría, y que cuando regresara lo haría entre las cinco y las seis de la tarde. Y desde sus ochos años de edad, hasta que cumplió los once, esperó al abuelo todas las tardes, entre cinco y seis de la tarde, en el mismo lugar, en el tope de una cuesta.

Lo primero que vería, estaba seguro, era la cabeza inconfundible del abuelo, grande y redonda, peinada a gajos merced a la vaselina, y ahora, sin que él lo supiera, con una cicatriz inmensa disimulada bajo su pelo abundante.

Ocurrió como lo esperaba. El abuelo apareció por esa cuesta un día de finales de 1945, con su cabeza y un bulto verde olivo al hombro, de ésos que usan los soldados para llevar sus cosas imposibles.

Mi padre no era demasiado expresivo cuando se trataba de emociones intensas, y de hecho nadie de cualquiera de las ramas de la familia, exceptuando a la abuela Carmen. Sin embargo quiero creer que corrió hacia el abuelo, se lanzó a su cuello inexistente y lo abrazó y lo besó durante mucho rato, como no lo hice con mi padre después de cada largo reencuentro, después de cada larga espera, a cualquiera de nuestras edades.

En el bulto que traía el abuelo había ropa, adornos baratos, artilugios con lucecitas, golosinas, de todo. La mayor parte, después de repartir cosas modestas entre la familia más cercana, fue para la venta, para ganar algunos billetes que, de seguro, no habrán valido dos años de separación, ni siquiera si el abuelo se había ido para abandonar a la abuela. (Ese año la familia se mudó de Santa Ana a San Salvador. También quiero creer que el dinero que el abuelo trajo de Panamá tuvo que ver con el asunto.)

La única maravilla que no vendió fue un extractor de jugos. Mi padre recordaba que el extractor permaneció durante meses en un lugar preferencial de la casa, en alto, como un símbolo de lo que podía ser una vida mejor: una casa propia, un automóvil propio, una recámara para cada uno de los hijos, alguna ropa nueva, un extractor de jugos.

De hecho mi padre no había tomado un jugo de naranjas en su vida

–naranjas sí había comido, las que robaba con sus primos en la huerta del bisabuelo Jacinto–, ni lo tomaría sino hasta los catorce o quince años, en casa de los Regalado. El aparato permaneció virgen en su lugar, desempolvado de vez en cuando por la abuela, hasta que también debió venderse en algún apuro económico.

Hace ya muchos años alguien –no recuerdo quién– me preguntó cuál era mi recuerdo más importante, y le conté del viaje del abuelo Alfonso a Panamá, del bloque de hielo, del negro Jim –que quizá no se llamaba así y lo confundo con el personaje de Mark Twain–, de mi padre esperando entre cinco y seis de la tarde durante más de dos años, del inútil extractor de jugos.

Ese alguien –una mujer, seguro; recuerdo la pregunta hecha con ciertas inflexiones– , me hizo notar lo obvio: que no era un recuerdo mío, sino de mi padre y de mi abuelo. Pero ése es mi recuerdo más importante, y me parece natural: ¿qué es mi vida, sino todo lo que han sido los que estuvieron antes y los que estarán, así esas vidas estén formadas por fragmentos dispersos?

De entre todos los recuerdos míos y de mi corta estirpe, me gustaría que mis hijos y mis eventuales nietos tuvieran éste entre sus favoritos, porque ellos serán también el hombre que se fue a Panamá a ganar unos centavos más, y en algún momento serán mi padre esperándolo, y serán yo escribiéndolo, y serán ellos mismos haciendo lo que tengan que hacer.

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