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El mito de Schafik

La política requiere de mitos, al igual que las religiones, los clubes sociales y los equipos de fútbol.

Junto con la acepción literaria (“fábula, ficción alegórica, especialmente en materia religiosa”), la Real Academia ofrece otras dos: “relato o noticia que desfigura lo que realmente es una cosa, y le da apariencia de ser más valiosa o más atractiva”, y “persona o cosa rodeada de extraordinaria estima”.


Lunes 28 de mayo, 2007
Rafael Menjivar Ochoa, novelista salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

RAFAEL MENJIVAR

La reciente aparición de un reportaje en la revista Enfoques de La Prensa Gráfica, acerca de la participación de la KGB en la guerra salvadoreña, que habla de toneladas de armas de la Unión Soviética a la insurgencia, por gestiones de Schafik Hándal, parece ser, si no la culminación, uno de los puntos álgidos de la creación de un mito que ha resultado conveniente para la derecha más dura y, podría creerse, para la izquierda institucionalizada.

Entre los mitos de la posguerra referentes al Partido Comunista Salvadoreño, se encuentra el de que contaba con combatientes en todos los frentes, y de allí se ha saltado a que llevó el peso de la ofensiva de 1989. Y había gente del PC en todo el país: contaba con un centenar de combatientes en total, en pequeños grupos que se asentaban a la sombra de las organizaciones mayores. Su participación práctica en la guerra fue simbólica.

Otro mito es el de Hándal como uno de los dirigentes más “radicales” e intransigentes de la izquierda. En realidad los comunistas (entendidos como el PCS, no como burdamente se usa), se opusieron tradicionalmente a la lucha armada, y cuando entraron en ella, a finales de 1979, buscaron una pronta negociación para regresar a los “mecanismos burgueses” de hacer política.

En 1932 –se sabe ahora– el PCS no fue el organizador de la insurrección campesina, sino que se vio arrastrado por un movimiento que lo rebasó: su apuesta eran las elecciones legislativas, en las que participó mientras se desarrollaba la matanza, con sus máximos dirigentes en la estacada. También apoyó el golpe del coronel Óscar Osorio, en 1948. El apoyo continuó cuando fueron encarcelados y torturados, en 1952, varios de sus cuadros, como Cayetano Carpio, Tula Alvarenga, Celestino Castro y Gabriel Gallegos Valdés.

En 1962, el PCS armó el Frente Unido de Acción Revolucionaria, FUAR, con miras a iniciar la lucha armada. Su máximo dirigente era Hándal. Según testimonios, se envió cuadros a entrenarse a cuba, y hubo cierto adiestramiento en El Salvador, con armas de madera, pero se evitó la adquisición de armas de verdad. El FUAR, en sus dos años de duración, se dedicó a labores de “pinta y pega”.

El PCS se escindió en 1970 alrededor del tema de la lucha armada. Su secretario general, Carpio, fundó las FPL, y lo sustituyó Hándal, quien le apostó a las elecciones, en alianza con socialdemócratas y democristianos. Sus fuerzas sindicales y sociales quedaron como base de apoyo electoral –algo similar a la situación actual–, y denunció a los grupos radicales como “aventureros” y “eslabones de la CIA”.

Tras la crisis de abril de 1983 (el asesinato de la comandante Mélida Anaya Montes y el posterior suicidio de Carpio) el PCS prácticamente tomó el control político del FMLN. Su apuesta fueron las negociaciones inmediatas, con amplias alianzas y una fuerte presión militar, pero sin intenciones de ganar. Las grandes unidades que el FMLN estaba construyendo se desarticularon para formar pequeños grupos, sin posibilidades de contender contra un ejército más poderoso en la lucha frontal.

Aunque se sostiene que la ofensiva de 1989 buscaba la toma del poder, en el exterior se dijo que estaba destinada a forzar negociaciones de paz. Poco antes, el FMLN ofreció el abandono de las armas a cambio de garantías para insertarse en la vida política y participar en elecciones. La propuesta fue desestimada por los gobiernos de Duarte y Cristiani.

Cuando en las últimas elecciones presidenciales se armó una campaña contra Schafik Hándal, firmada por un homónimo de quien esto escribe, lo que se veía –además de mal gusto– era una caricatura burda del FMLN y su máximo dirigente, tan alejada de la realidad como es posible estarlo. Pero no fue la derecha la que hizo el bosquejo: se basó en un mito que sigue armándose, y que no le hace ningún favor a la izquierda.

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