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Carta del joven salvadoreño
Estoy acá. Soy el joven. El que baila break en una esquina antes de que un policía
municipal me quite la grabadora porque cree que soy marero. Soy
también el marero, al que nombraron “lacra”
de la sociedad, el narcotraficante, el violador. El asesino que
vive y muere en las cáceles o en las calles, donde vacilo
con los homies.
Lunes 28 de mayo, 2007
Georgina Vanegas
gvanegas@centroamerica21.com
Estoy acá. Soy el joven. El que baila break en una esquina antes de que un policía municipal me quite la grabadora porque cree que soy marero. Soy también el marero, al que nombraron “lacra” de la sociedad, el narcotraficante, el violador. El asesino que vive y muere en las cáceles o en las calles, donde vacilo con los homies.
Me Soy el que te tiene miedo a vos, marero, después
de que los periódicos publicaran: “Pandilleros asesinan
a seis jóvenes en el Puerto de la Libertad”. Soy el
que camina por la calle, viste pantalones flojos y adorna su cuerpo
con tatuajes y solo por eso me dicen “marero”.
Soy el ídolo, la imagen de revista con el teléfono
celular, con la nueva línea de zapatos. Soy quien porta la
filosofía Nike, el estilo de vida Tomy Hilfiger como marca
de identidad, ante una sociedad donde hay dificultad en diferenciar
qué es esa identidad que a uno lo define como salvadoreño.
Soy quien oye siempre: “Es que uno de cipote es tonto”.
Alguna vez, a media guerra, escuché que otros jóvenes
coreaban a Alux Nahual cuando cantaba que “los jóvenes
miramos más de lo que piensa la gente”.
Soy la imagen de cada Teletón, la parte atractiva de la campaña
electoral; el dueño de la “nota roja”, de las
manifestaciones en la vía pública.
Soy el dueño de la tecnología, el que rompió
las brechas generacionales y se atrevió a enseñarles
a sus padres cómo se hace una copia de documento de Word
o una base de datos. Soy ese elemento que forma parte de lo que
Margaret Mead llamó cultura prefigurativa: no solo los adultos
tienen algo que enseñarme, ahora también yo puedo
enseñarles.
Soy el universitario, la minoría privilegiada que logra estudiar,
soy el que me fui bien chavito para los yunai. Alguna vez leí
a una antropóloga mexicana, Rossana Reguillo: “Ser
un joven de los barrios periféricos o de los sectores marginales
es ser violento, vago, ladrón, drogadicto, malviviente y
asesino en potencia o real”, escribió. Se refería
al discurso con que se me identifica si nací en los tugurios,
cerca de los prostíbulos y bares.
Soy todo esto, soy todos ellos, por eso no se puede hablar de una “juventud salvadoreña”, homogénea, enrumbada
a un solo camino. Soy el futuro incierto del país. Soy el
que depende de lo que se haga ahora. Y necesito más que manos
amigas, más que campañas preventivas contra la violencia
que consisten en hacer más canchas de fútbol.
Necesito que se empiece desde el principio, necesito que se comiencen
a preguntar los porqués de mis asesinatos, de mi supuesta
alienación. Necesito esto, y lo necesito ya. Necesito que
acepten que me han dejado solo.
Tal vez si un especialista lo dice sea más fácil de
creer: “Los hemos dejado muy solos”, dijo Rossana Reguillo
en una entrevista; “resolviendo con los recursos que tienen
a mano los temas de la vida cotidiana, y eso a veces es muy complicado:
su sexualidad, su incorporación a la sociedad, el empleo,
el amor. Me parece que hay una ausencia de puentes, de canales de
diálogo, entre la generación nuestra y la de ellos”.
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