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Lil Milagro Ramírez

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Crónica de una guerrilla

Con todo, el Ejército Revolucionario del Pueblo había ganado el liderazgo en el FMLN. Sus propuestas militares y políticas eran las que marcaban la pauta. Joaquín era uno de los cinco miembros de la comandancia general del FMLN, el más temido por el enemigo, el más querido por los militantes y el más secretamente odiado por el sector más ortodoxo.

Lunes 28 de mayo 2007
Marvin Galeas
Tercera Entrega
redaccion@centroamerica21.com

La guerra huele a sangre y a zacate mojado. Suena a gritos de heridos, ráfaga, silbido agudo y bombazo. Sabe a saliva reseca y a pan de adrenalina. Pero también hay, entre combate y combate, momentos de paz tan densos como el plomo, conversaciones de ilesos locos de alegría, alucinantes noches de estrellas y quietud a la luz del fogón de la cocina guerrillera. Y es que en la guerra se ensancha la muerte y la vida también.

Cuando de lo que se trata es de pelear a tiro y granadazo por un ideal, de estar dispuesto a dejar de vivir y a matar, las conductas cambian de manera radical. En los años en que estuve en el frente oriental, fui testigo de actos de heroísmo sin límites y de emotivas acciones de solidaridad humana. En la guerra, el amor y el odio son cosas tangibles que se andan en las cacerinas como la caramañola del agua, los tiros y el cuchillo.

Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional

 

Joaquín Villalobos fue un líder indiscutible. Aunque no tenía ninguna insignia en su uniforme, los combatientes lo respetaban, lo admiraban y lo querían. Los comandantes dormían en el suelo como todos, comíamos la misma comida y pasábamos la misma hambre. A la hora de largas caminatas en la total oscuridad de la noche, con más de 30 horas de ayuno y con el ejército pisándonos los talones, Joaquín y los demás comandantes eran los primeros.

El Ejército Revolucionario del Pueblo era conducido por Joaquín con un estilo muy profesional y con una clara estrategia de poder. Morazán era la tierra desde donde transmitía la Venceremos, donde se capturó al subsecretario de Defensa, el cementerio de varios helicópteros y el cuartel de la unidad de infantería más poderosa en la historia de las guerrillas: la Brigada Rafael Arce Zablah.

El consumo de alcohol estaba totalmente prohibido en las estructuras guerrilleras. El uso de drogas y el robo a la población civil eran castigados, dependiendo de la gravedad del asunto, hasta con la pena de muerte. Los combatientes, casi todos campesinos de Morazán, estaban dispuestos a vencer o morir, como decía la consigna, por la revolución. Mística, fanatismo y esperanza en miradas y conductas de los cuadros y combatientes del ERP.

Los colectivos eran una especie de pequeñas “células” políticas que servían para adoctrinar y corregir desviaciones contrarrevolucionarias en los militantes. Esa estructura de colectivos era, en realidad, el cemento de la disciplina y el instrumento principal para someter la voluntad de los individuos a los lineamientos del partido. Personalmente, fueron mi peor fuente de tortura y flagelaciones de alma.

Con todo, el Ejército Revolucionario del Pueblo había ganado el liderazgo en el FMLN. Sus propuestas militares y políticas eran las que marcaban la pauta. Joaquín era uno de los cinco miembros de la comandancia general del FMLN, el más temido por el enemigo, el más querido por los militantes y el más secretamente odiado por el sector más ortodoxo.

El ERP siempre quiso terminar la guerra lo más rápido posible. Soñó con la insurrección generalizada y ésta jamás se produjo. La ofensiva del 10 de enero del 81, y la de marzo del 82, incluso la del 89, albergaron la esperanza de un final a lo sandinista. La insurrección nunca se produjo. Soñó también con una batalla síntesis como la de Dien Bien Puh, que marcó la derrota estratégica de los franceses en Vietnam. En esta búsqueda se produjeron batallas memorables en Morazán, como la del Moscarrón o la de San Felipe, en las cercanías de Corinto. Sólo el espíritu guerrero de la Fuerza Armada impidió un colapso moral del gobierno de Duarte y las fuerzas que lo apoyaban.

Ninguna otra guerrilla hubiese resistido la ferocidad, volumen de fuego y capacidad de combate que desplegó la Fuerza Armada desde 1984. Ninguno otro ejército hubiese resistido la destrucción de cuarteles, aviones y el número de bajas que la guerrilla causó. Esa guerra estaba destinada a terminar como terminó.

Joaquín Villalobos

 

Recuerdo, una noche de mucha lluvia, en la que el finado Caballo (comandante Ramón), mientras jugábamos naipes en una casona del Cerro Colorado, dijo que él soñaba con el fin de la guerra para podernos reunir todos en un convivio de hermanos y sentarnos a oír música, tomar tragos, cantar canciones de Silvio Rodríguez y Serrat y contar anécdotas de la guerra a los que se quedaron.

De los que estaban en esa plática, murieron a lo largo de la guerra el mismo Caballo, Jehová Márquez, Lito y Janeth Samour. Por esos días no había ninguna duda sobre la victoria. El campo socialista existía, Cuba era un ejemplo a seguir y los sandinistas resistían en el poder las embestidas de la Contra, apoyada por el gobierno de Reagan. El socialismo era, pues, el premio mayor a aquella descomunal cuota de sangre que con tanta fe, fanatismo y generosidad derramaban, sobre todo, los combatientes campesinos.

Nadie, en aquel momento, podría haber siquiera imaginado, que un día todo iba a acabar. Que no habría ningún paraíso proletario al final de la jornada. Que la organización de vanguardia terminó desmantelada, que los propios dirigentes iban a terminar con rencores mutuos, que el socialismo entero iba a colapsar sin que ningún soldado enemigo lo tocara.

El ERP fue la última organización en entrar al FMLN y la primera en largarse y disolverse. Joaquín Villalobos y sus más allegados comandantes pasaron, casi de la noche a la mañana, de ser los más queridos por los militantes de izquierda a convertirse en los más despreciados.

Crónica de una guerrilla (Primera Entrega)

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