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Insurrecciones fallidas

Por qué la población no se insurreccionó, si en teoría faltaba tan poco para una toma del poder por la guerrilla.

Ni en la guerra ni en las elecciones ha funcionado un discurso como el que empieza a manejar la izquierda, y los mecanismos de neutralización están afilados y probados.

¿Es posible un quinto periodo para la derecha? Si la historia da lecciones, sí. Y todos pueden aprender de ellas. O ignorarlas.


Lunes 04 de junio, 2007
Rafael Menjívar Ochoa
redaccion@centroamerica21.com

RAFAEL MENJIVAR

En 1981, cuando el FMLN lanzó la “ofensiva final”, el temor de los militares no era enfrentar a la guerrilla; sus recursos, entrenamiento y efectivos eran superiores. El verdadero problema vendría si la población salía a las calles para apoyar a los insurgentes. Ni siquiera sería necesario que combatiera, sólo que saliera y mostrara su apoyo a los guerrilleros y su repudio al ejército.

No era igual reprimir manifestaciones, desalojar fábricas o combatir guerrilleros que enfrentar a la población pura y simple: la insurrección no necesariamente implica el uso de las armas, sino el ejercicio activo de la rebeldía. Si el ejército “defendía” al pueblo de los enemigos “externos”, y si esos enemigos eran la oposición organizada –que se suponía guiada por potencias extranjeras–, combatir directamente al pueblo hubiera sido, en los valores militares, un contrasentido.

La población en general no hizo explícito su apoyo a la ofensiva ni al FMLN. Lo que hubo fue el enfrentamiento entre dos fuerzas militares y sus grupos de apoyo: paramilitares, milicianos, etcétera. Lo mismo de antes, a mayor escala.

La pregunta es, desde entonces, por qué la población no se insurreccionó, si en teoría faltaba tan poco para una toma del poder por la guerrilla.

La explicación que se da es la falta de organización y coordinación. La ofensiva se lanzó conjuntamente, pero cada fuerza actuó por su cuenta, según un plan previo, que tampoco se cumplió: esperaban que “el pueblo” supliera las carencias y acelerara la toma del poder.

Otra explicación es que durante 1980 se lanzó una implacable campaña de represión y terror, que obligó a retirar de la lucha abierta a cuadros de masas y minó la voluntad de la población. El asesinato del arzobispo Óscar Romero y la matanza en el día de su entierro, en marzo, habrían sido puntos de quiebre, junto con el asesinato, en noviembre, de los dirigentes del Frente Democrático Revolucionario.

Y la pregunta sigue en pie. Los frentes de masas declaraban entre 700 mil y 800 mil afiliados; quizá no bajaran de medio millón. Las huelgas y combates no reflejaron esas cifras, ni los apoyos civiles. Poco antes era evidente la combatividad de esa gente, y los “ensayos” para la ofensiva habían sido satisfactorios.
Quizá el problema de fondo no fuera la combatividad o cohesión de la población, sino las expectativas de un triunfo del FMLN. Éste ofrecía un “gobierno democrático revolucionario”, que derivaría en un sistema socialista cuyo referente más cercano era Cuba, no la Nicaragua sandinista, más “moderada”.

Talvez las expectativas de la gente que peleaba en las calles eran más simples: no un cambio de sistema, sino libertades básicas, salarios dignos, servicios decentes y que los militares dejaran el poder. No debe olvidarse que el arzobispo Romero era capaz de convocar, con esas exigencias, a tanta gente como las organizaciones del FMLN.

Para la ofensiva de 1989, la izquierda hizo llamados para que la población se insurreccionara. No fueron acatados. Ese año la derecha radical había ganado la presidencia, y desde entonces el partido que llevó a Alfredo Cristiani al poder en 1989, ARENA, ha puesto allí consecutivamente a tres presidentes más, con el FMLN como contraparte.

Las presidenciales de 2004 se veían como probables para el recambio. Varios precandidatos “moderados” fueron mencionados –como el periodista Mauricio Funes–, pero algo debió convencer a la dirigencia del FMLN de que cualquiera tenía posibilidades de triunfar, y nombró candidato a Schafik Hándal. Casi toda la campaña se movió entre el discurso “radical” de Hándal y los ataques frontales de ARENA a ese discurso. La derrota del FMLN fue apabullante.

En la campaña para 2009, que ya comenzó, se intuye algo parecido: el anuncio anticipado de la precandidatura de Funes y, paralelamente, un endurecimiento del discurso de la izquierda institucionalizada. ARENA ha comenzado a disparar las mismas baterías de antes.

Ni en la guerra ni en las elecciones ha funcionado un discurso como el que empieza a manejar la izquierda, y los mecanismos de neutralización están afilados y probados.
¿Es posible un quinto periodo para la derecha? Si la historia da lecciones, sí. Y todos pueden aprender de ellas. O ignorarlas.

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