Suscríbete al Newsletter

Boletín semanal gratis
Google
 
 
 

La libertad de expresión, entre el espanto y la ternura

Destruirse es condición inevitable del ser humano, es muy cierto, pero algunos idealistas nos negamos a seguir admitiendo esa máxima como reivindicable: puedes ir a Bagdad, Beirut, Manhattan y destruir vidas humanas, no puedo evitarlo, pero es imposible no sufrir por ello.

Lunes 04 de junio 2007
Berne Ayaláh, novelista salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

BERNE
AYALÁH

¿Qué hubiera sucedido si Engels, en lugar de escribir, decide asesinar al señor Dühring, o junto a Marx salen esgrimiendo una ametralladora para acribillar a la sagrada familia?

No pudiéramos tener hoy en nuestras manos la obra de las ciencias políticas que juntos pudieron elaborar sobre la base de la discusión de lo que otros pensaban, por ejemplo: Anti-Dühring y sus postulados extraordinarios sobre la negación de la negación, las tesis sobre Ludwig Feuerbach o los extensos trabajos sobre la filosofía clásica alemana, en especial el idealismo de Hegel.

La diversidad es una condición extraordinaria de la naturaleza, representada en un pequeño jardín o en la selva, y allí sobreviven y mueren muchos. Lo nuestro es así.

Destruirse es condición inevitable del ser humano, es muy cierto, pero algunos idealistas nos negamos a seguir admitiendo esa máxima como reivindicable: puedes ir a Bagdad, Beirut, Manhattan y destruir vidas humanas, no puedo evitarlo, pero es imposible no sufrir por ello.

Una vez superada la fase histórica de la guerra civil, dentro del debate de las izquierdas se comenzó a plantear que con el fin de la política fría, y todas sus criaturas cimentadas en el totalitarismo de cualquier clase, la lucha de las ideas o del pensamiento pasaba a ocupar un lugar preponderante.

Pero en la práctica, las ideas se combaten con otros métodos, y el debate político pasa a ser sustituido por el ánimo de destruir al otro.

El estudio serio del marxismo y en especial de las aberraciones del leninismo, nos permite comprender que en nuestro país no es posible construir un “socialismo”, menos un “comunismo”, no en los términos doctrinarios, sencillamente porque resulta difícil entender qué significado tienen esas categorías en nuestro tiempo, mucho menos llevarlas al plano práctico. ¿Cómo pueden hablarme de socialismo diputados de izquierda que son empresarios, y juegan, según los privilegios de las reglas del mercado capitalista que tanto atacan verbalmente?

Aquí se protesta por tres años de gobierno y en Venezuela por el cierre de una televisora. Pero también el gobierno salvadoreño argumenta su buena administración y Chávez justifica sus medidas gubernamentales.

En ambos escenarios tienen lugar pocas o muchas verdades, espumosas o ralas mentiras. Lo grandioso es escudriñarlas para no ser sorprendido, y ante todo, cuando se decide opinar que sea sobre aquello que se conoce. Lo demás es ideología en estado gaseoso.

Una vez superada la fase histórica de la guerra civil, dentro del debate de las izquierdas se comenzó a plantear que con el fin de la política fría, y todas sus criaturas cimentadas en el totalitarismo de cualquier clase, la lucha de las ideas o del pensamiento pasaba a ocupar un lugar preponderante.

Pero en la práctica, las ideas se combaten con otros métodos, y el debate político pasa a ser sustituido por el ánimo de destruir al otro.

Y todos por igual, derechas e izquierdas partidarias, desprecian el valor de las ideas. No es casual entonces que los hombres y las mujeres que van teniendo concepciones más frescas no tengan ninguna militancia con aquellos.

El comunista checo Julios Fucik escribió que en la medida que los mediocres y los bandidos se apoderan del partido, los verdaderos revolucionarios o en todo caso, los hombres progresistas, se alejan de él.

Una actitud que no obedece necesariamente a ideología alguna en especial.

En los pensamientos encontrados y fundados puede tener lugar el debate sobre las ideas políticas, o sobre la interpretación del hecho histórico, algo que necesitamos los seres humanos para limitar nuestra capacidad endemoniada de destruirnos físicamente.

La “defensa” de la “verdad” se vuelve violenta en la medida que la consideramos absoluta, y en el plano ideológico suele ser así, y cuando los intereses económicos presuponen un abuso del poder no es posible hacer algo grandioso por un país.

La filosofía y otras áreas de la exploración de las ciencias humanistas han debatido durante siglos acerca de la razón y la verdad, de tal suerte que hoy día podemos decir: todos mentimos y a la vez decimos verdades, ingenuamente, perversamente, por error o de tales maneras a la vez.

Cuando esas verdades o mentiras se recrean en el seno del poder adquieren un tono que doblega el conocimiento, y transporta al individuo a lo único que en momentos críticos es posible: la violencia.

Dos lados de la mentira

La verdad y la razón siguen siendo esas criaturas escurridizas a las que podemos tener a mano y asesinar, o tener a los lejos y sólo contemplar.

Los motivos principales por los que las personas no dan puerta abierta al debate de las ideas políticas es la ignorancia, algunas veces arropada en el extremismo pragmático que caracteriza a los grandes capitales, o al fanatismo de postulados emancipadores que patalean en lo fenomenológico.

Hay quienes defienden con un arma las ideas de Marx y Engels, o en tiempos presentes con discursos gárrulos; pero la pregunta es: ¿qué saben acerca la concepción de esos dos genios, qué han leído o qué han debatido? Muchos de ellos no han tocado ni siquiera las páginas de alguno de sus libros.

La defensa de ciertas libertades en torno a las ideas suele plantearse desde una zona pintoresca: la utilitarista. Es común entonces adherirse a planteamientos que desconocemos de fondo, y en tal caso la mejor estrategia es la amenaza.

El estudio serio del marxismo y en especial de las aberraciones del leninismo, nos permite comprender que en nuestro país no es posible construir un “socialismo”, menos un “comunismo”, no en los términos doctrinarios, sencillamente porque resulta difícil entender qué significado tienen esas categorías en nuestro tiempo, mucho menos llevarlas al plano práctico.

¿Cómo pueden hablarme de socialismo diputados de izquierda que son empresarios, y juegan, según los privilegios de las reglas del mercado capitalista que tanto atacan verbalmente?

La gran bandera de la izquierda es el socialismo y la gran defensa de la derecha es la amenaza del comunismo. En esencia sólo se trata, y ahora más que en 1848, de apenas un fantasma desabrido que si acaso recorre el mundo, lo hace apoyado en una pata de palo, con un parche en el ojo y una lora que le canta al oído, a los dos por igual.

Desde el marxismo, a lo que Chávez hace a nivel social por los pobres, se le llama reformismo, y si nos atuviéramos a la pureza de las ideas, atendiendo al origen del coronel, sería un reformismo de derecha. En los tiempos que vivimos se le llama socialismo, pero en la Rusia de Lenin, Chávez estuviera muerto por la mano de los bolcheviques.

¿Y si lo dice Fidel?

Recuerdo un pensamiento de Fidel Castro, haces muchos años, en un encuentro de mujeres en La Habana. Él estaba presente en el momento del cierre del evento. En su turno, una diputada de izquierda, de un país centroamericano, vomitó un discurso donde “destruyó” los cimientos del capitalismo y dejó en la mesa el nuevo génesis del paraíso terrenal.

Cuando Fidel hizo una compilación de lo allí sucedido, al reflexionar sobre lo que las izquierdas podían hacer desde el poder, su conclusión no pudo ser más honesta y despiadada: “Ustedes no pueden construir el socialismo, ni el comunismo, desde esos gobiernos. Sean sensatos, su gran reto es combatir la corrupción, evitar que los pocos recursos de sus estados se vayan en las manos de piratas, en su lugar destínenlos a ayudar a los pobres, a las obras sociales. Esa es su gran batalla para un siglo quizá, no menos”.

Algunos dirigentes de izquierda se olvidan de ello, o simplemente no lo saben, como suele suceder. Lo cierto es que si lo dice un gato seco y de mal aspecto como yo, es una traición a las grandes ideas, pero si lo dice Fidel, es la palabra de dios.

El debate

Pero también hay otros “secretos” que suelen ser discutidos en algunos círculos marxistas: el capitalismo, se dice, es apenas un bebé, o a lo sumo un adolescente que tiene una capacidad extraordinaria para reproducir sus relaciones de producción.

Sin embargo, ello no significa que la gente dejará de luchar, cuando se vea afectada por la marginación, por la pobreza o por la falta de libertad. La inconformidad ante la vida también es una ley política de los de abajo, dependiendo del orden de los factores en torno al poder.

Aquí se protesta por tres años de gobierno y en Venezuela por el cierre de una televisora. Pero también el gobierno salvadoreño argumenta su buena administración y Chávez justifica sus medidas gubernamentales.

En ambos escenarios tienen lugar pocas o muchas verdades, espumosas o ralas mentiras. Lo grandioso es escudriñarlas para no ser sorprendido, y ante todo, cuando se decide opinar que sea sobre aquello que se conoce. Lo demás es ideología en estado gaseoso.

La defensa de las ideas y del debate sobre el pensamiento y las opiniones sobre nuestra realidad, reciente o pasada, también puede hacerse desde la palabra que ve al ser humano como a un hermano entrañable al que ya no quisiéramos ver morir, ni de hambre ni de un tiro.

Ahora que recuerdo los manuales de marxismo tergiversados por los soviéticos del PCUS siento asco, siempre preferí ir las entrañas del Tiempo de Trabajo Socialmente Necesario, o la Teoría del Valor, de Marx, o la Dialéctica de la Naturaleza, de Engels. En directo los genios dicen lo que los manipuladores no cuentan.

Cuando me acerqué apenas al maestro Bakunin se me nubló la mente. Supe que este monstruo había podido ir como un poeta a la flor, a las entrañas del poder y a la libertad.

Me sentí caer entonces entre el espanto y la ternura y me dije, en medio de la tormenta, que apenas hoy escampa, que a Marx podría asumirlo en cuanto a describirme la economía y sus demonios con precisión endiosada, a Engels disfrutarlo en la antropología, recrearme con su fabuloso ensayo acerca del papel del trabajo en la transformación del mono en hombre.

Pero sólo con Bakunin pude comprender la sustancia viscosa del poder y, en resumidas cuentas, la ambición más grande de todas las criaturas de la tierra, pensantes o no: la libertad.

Escucho un murmullo atenazador a lo lejos, mi compañero de al lado dice que se trata de al menos cien caballos, al verlos consumidos en la espumosa polvareda me parecen a lo sumo una puñada de hormigas.

No necesito destruirlo ni que él lo haga conmigo, hormigas o caballos, qué más da, lo cierto es que jamás podremos construir algo bueno en este país mientras exista una riqueza tan ofensiva frente a una pobreza tan desgarradora, mientras unos no dejen de robar desde el Estado y otros no dejen de aprovecharse, con descaro, del hambre y el dolor de los pobres para sustentar paraísos que vuelan en aviones de papel.

SUBIR
 
© Derechos Reservados 2007