Crónica de una guerrilla
El evento que marcó el principio del fin de aquella controvertida organización nacida en los inicios de 1970, fue el congreso que tuvo lugar en los primeros meses de 1992, en Jocoaitique, Morazán. En ese congreso, la dirección del ERP fue seria y masivamente cuestionada. Los jefes y combatientes habían sido adoctrinados en el marxismo leninismo, habían cantado La Internacional, se habían malmatado por acabar con la burguesía y comenzar la construcción del socialismo.
Lunes 04 de junio de 2007
Marvin Galeas
Cuarta Entrega
redaccion@centroamerica21.com
En 1988, Joaquín Villalobos y otros miembros de la comandancia salieron del frente oriental hacia Managua. La guerra se había vuelto larga y compleja. No es que se estaban aplicando una estrategia de guerra popular prolongada. Nada que ver. Simplemente, la guerra se había prolongado. Una guerra, bien lo saben comandantes y generales, es algo mucho más que emboscadas, golpes de mano, tiroteos y bombardeos.
Toda guerra gira en torno a la estrategia política. Pero, a su vez, las acciones militares influyen en ésta. También hay componentes logísticos, diplomáticos, ideológicos, morales y sicológicos, entre otros. Un ladrillo de éstos mal puesto puede desmoronar todo el andamiaje. Algunos grandes pensadores se han referido a la guerra como un arte o como una ciencia. De serlo sería la más vil de todas las artes o ciencias.
Los comandantes se fueron entonces a la retaguardia profunda. Desde allá, en mejores condiciones de trabajo, se iba a planificar la más grande de las ofensivas: “Al tope y punto”. Quedaron a cargo de la dirección del frente oriental: Jorge Meléndez, Juan Ramón Medrano y Marisol Galindo. Me dio mucha tristeza la ida de Joaquín. Realmente llegué a tenerle un gran aprecio y respeto. Fueron cerca de tres mil días con sus noches los que, junto al puesto de mando, habíamos recorrido, revés y derecho, ese territorio de Morazán.
Estuvimos a punto de que nos reventaran el alma en varias ocasiones. Pasamos cumpleaños, navidades y Semanas Santas soñando con un futuro luminoso que nunca llegó. Los inviernos de bravos aguajes nos mojaron hasta los huesos en las largas caminatas nocturnas, evadiendo los operativos enemigos. Hubo, recuerdo, una noche de lluvia pertinaz, que nos tocó ascender un empinado cerro cerca de Jocoaitique. El fango y la pesada carga que todos llevábamos nos hacían avanzar trabajosamente. Pasamos varias horas ascendiendo el Gólgota.
Cuando por fin llegamos a la cima, donde había otro campamento, había dejado de llover. Allí nos estaban esperando con una tortilla recién salida del comal, embarrada con frijoles fritos molidos, un trocito de queso y una taza de café caliente. Años después, sentados en una banca, en un parque de Londres, estuvimos de acuerdo, Joaquín y yo, en que aquella comida había sido la más deliciosa de nuestras vidas.
En 1989, nos sacaron del frente a todo el equipo de producción de la Venceremos. Teníamos que garantizar la transmisión de la radio durante casi 20 horas diarias para cuando se lanzara la ofensiva de noviembre. Para mí, salir del frente fue como nacer otra vez. Quería hacer todo lo que no había hecho en toda esa década en el monte. Quería vivir toda una vida en un solo segundo.
Fui al mar, tomé (clandestinamente) vino, ron y cerveza, vi docenas de películas, leí libros nuevos, conocí los faxes y las computadoras personales, me enamoré, me monté en una motocicleta y, celebrando estar vivo, corrí como loco por las carreteras de Managua, hasta que por poco me mato una mañana soleada, cuando me estrellé con un camión militar.
La ofensiva del 89 fue lanzada para ganar la guerra, no para empujar la negociación. Se puso toda la carne en la parrilla. Miles de fusiles AK, de precisión Dragonov, lanzacohetes y todo tipo de armas fueron introducidos por aire, mar y tierra para volar candela desde el 11 de noviembre hasta la toma del poder. Al tope y punto.
El bombardeo aéreo sobre las colonias de la capital y el asesinato de los padres jesuitas marcó el quiebre de la ofensiva. Vino entonces el repliegue hacia los cerros, el recuento de más de cuatrocientos combatientes muertos, la deserción de decenas, más el colapso del imperio comunista y la convicción en aquellos duros guerreros de que esa guerra maldita no se podía ganar jamás. Había que entrarle en serio a la negociación.
Después de la ofensiva del 89, Joaquín Villalobos no volvió a ser el mismo del frente de guerra. Pude percibir que algo en él había cambiado para siemp re. Su discurso comenzó a ser más pragmático. Se mostraba cada vez más distante de los combatientes y más confrontativo con otros jefes, en especial con los jefes que estaban en el interior del país. No me equivoco al decir que por esos días una de las personas que más influía en él era Humberto Ortega, el jefe del ejército sandinista nicaragüense. De alguna manera Humberto era lo que Joaquín siempre quiso ser. Pero en el fondo de su corazón sabía que nunca lo lograría, al menos no en esa medida.
Una vez firmada la paz y desarmadas la fuerzas guerrilleras, el ERP, contrario a las otras fuerzas que conformaban el FMLN, comenzó un acelerado proceso de desintegración. El evento que marcó el principio del fin de aquella controvertida organización nacida en los inicios de 1970, fue el congreso que tuvo lugar en los primeros meses de 1992, en Jocoaitique, Morazán.
En ese congreso, la dirección del ERP fue seria y masivamente cuestionada. Los jefes y combatientes habían sido adoctrinados en el marxismo leninismo, habían cantado La Internacional, se habían malmatado por acabar con la burguesía y comenzar la construcción del socialismo. Esa había sido la promesa. Y resulta con que ahora les salían con que había que hacerse social demócrata. Toda una mariconada para aquellos que se tomaron a pecho aquello de que había que luchar por la revolución salvadoreña hasta vencer o morir.
Crónica de una guerrilla (Primera Entrega)
Crónica de una guerrilla (Segunda Entrega)
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