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Mitos de la polarización
Nuestro proceso político parece entrampado entre el sí y el no de los dos partidos más fuertes. De pronto tenemos la impresión de tener que elegir entre el paraíso y el infierno, y de que estamos condenados a aceptar que las cosas son o blancas o negras, so pena de ser colaboradores o cómplices de los que unos y otros califican como “los malos”.
Lunes 11 de junio, 2007
Centroamérica 21
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Así es como ha adquirido carta de ciudadanía la certeza de que la sociedad salvadoreña está irremediablemente polarizada y, por tanto, estancada en su camino de desarrollo. Estas impresiones son fomentadas a diario por los líderes políticos en sus debates ante los medios informativos.
Sin embargo, existen visiones menos apasionadas, voces más serenas y análisis más profundos, capaces de advertirnos que la realidad es distinta a ese trance apocalíptico en que se supone que estamos inmersos fatalmente.
Quienes encarnan esas visiones, voces y análisis distinguen entre dos dimensiones: la inmediata o coyuntural, y la de largo plazo o histórica. También distinguen entre el proceso político (condicionado en gran medida por lo electoral), y el proceso democrático (empujado de una u otra manera por el dinamismo social).
Para ellos, una cosa son los dogmas y las imágenes de los partidos, y otra cosa es el pragmatismo de la ciudadanía, cada vez más consciente, por fortuna, de su propio interés concreto.
Esta manera de percibir la realidad determina, entre otras cosas, que si bien hay un alto grado de polarización entre las fuerzas políticas, la evidencia demuestra que no puede decirse lo mismo respecto de la sociedad.
“La guerra la hicieron dos fuerzas militares y políticas determinadas. La sociedad las fue dejando solas en su conflicto, y eso es lo que finalmente empujó a esas fuerzas a sentarse a dialogar y a negociar”, dice David Escobar Galindo. Es decir, ahí fue la realidad la que se impuso a las utopías, fue la sociedad la que arrastró a los partidos, y lo mismo, a fuerza de realidad y de energía social, terminará por imponerse a la famosa “polarización” de los partidos en la actual coyuntura.
Ahora, como a finales de los años ochenta, es la sociedad la que marcha a la vanguardia y son los partidos los que van en rezago. La sociedad demanda acuerdos en temas de país. Quienes no escuchen ese llamado sencillamente serán rebasados por una energía mucho más vigorosa y sustantiva que las facciones políticas.
Desde una perspectiva semejante, lo importante no es quién gane las elecciones, sino que gane quien el electorado decida: eso es la democracia ni más ni menos.
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