Suscríbete al Newsletter

Boletín semanal gratis

 
Google
 
 
 

Cuento, novela y pensamiento

 

Quizá uno lea obsesivamente, durante toda la vida, en busca de esos pocos libros o autores capaces de plantear universos literarios radicalmente diferentes a lo que se conocía. El encanto es ser feliz al encontrarlos, y no mucho más, pero tampoco menos; en ellos está la síntesis de muchos años de acumulación de pensamiento humano.


Lunes 11 de junio, 2007
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

RAFAEL MENJIVAR

Desde que alguien descubrió que la poesía y el cuento “no venden”, ambos géneros han sido estigmatizados por editoriales grandes y pequeñas, que buscan en la novela un medio para mejorar su liquidez. Pero hay novelas y novelas, como hay cuentos y poemas, y la publicación de casi cualquier cosa tarde o temprano deberá llevar al género favorito a lo mismo que a los otros, que también tuvieron su auge: nadie querrá comprar cosas simplemente adocenadas o malas.

 

Muchos autores migran del cuento a la novela, en busca de aceptación o de una mejor colocación en el mercado. La migración suele darse de manera mecánica, bajo el entendido de que sólo se trata de pasar de escribir cosas cortas a escribir cosas largas, y el asunto no va precisamente por allí.

 

La extensión a veces indica si un texto es una novela o un cuento, pero es sólo un factor externo. Ambos tienen estructuras diferentes: la primera, una estructura “abierta” y la segunda –si se toma la corriente fundada por Poe y quizá culminada por Cortázar–, “cerrada”.

 

De modo esquemático, el cuento se trabaja desde un objetivo específico, y todo apunta directamente a él. Lo más importante es el tema y su desarrollo, y el eje es la historia que se narra. Personajes, situaciones, tramas, ambientes, todo, van en función de ese objetivo y de nada más. Los personajes sirven para ese cuento –a reserva de que se trate de una serie–; la historia sólo puede ser contada de ese modo, etcétera. Si creemos a Cortázar, el resultado será una narración “esférica” y “tensa”, sin rebordes ni más información que la necesaria para –en fin– contar un cuento.

 

Una novela –según E.M. Foster– cumplirá con otro tipo de requerimientos. Las basadas en historias moverán a los personajes a lo largo de una línea de tiempo; de algún modo serán un cuento largo, aunque sin su economía y rigor; Verne y Dumas serían sus exponentes clásicos.

 

Otro tipo estaría basado en los personajes: éstos arman sus historias a medida que transcurre el tiempo; hay un “azar literario” que hace que el lector tenga la impresión de que ha asistido a algo muy similar a un trozo de la realidad que lo rodea. La historia no determina la estructura, sino el devenir de los personajes. Dostoievski sería el maestro de esta vertiente.

 

Un tercer tipo está basado en tramas: los personajes van modificándose mientras interactúan, el azar es aún mayor, y la historia a veces más difusa. Lo importante es la riqueza de la constante confrontación de los personajes. Dos casos clásicos serían Charles Dickens y Jane Austen.

 

La “forma” de la novela no es importante, sino su efectividad. Aunque no sean recomendables los cabos sueltos, muchas situaciones podrán quedar sin un cierre explícito y la historia original podrá perderse en algún capítulo intermedio sin que sufra su validez.

 

Si se ha de buscar un símil, el cuento es un trabajo de arquitectura; la novela, de ingeniería. (La poesía equivaldría a la escultura.)

 

Las cosas nunca son tan fáciles, y a veces las diferencias entre un género y otro son tan sutiles que es fácil perderse. En ocasiones un cuento y una novela sólo se diferencian ya no por las estructuras, sino por la simple intención del autor. Foster definía la novela como un relato de por lo menos 50,000 palabras (unas 200 cuartillas), y se puede encontrar novelas de sólo una fracción de esa cifra, y cuentos más largos que no son sino cuentos.

 

En un mundo ideal, cada texto –como quería Eliot– debería poner en tela de juicio todo lo escrito hasta el momento. Pero la literatura es reacia a los cambios bruscos y constantes; sólo de tarde en tarde se encontrará una obra original, novedosa, digna de llamarse “creativa” en toda la extensión del género.

 

Quizá uno lea obsesivamente, durante toda la vida, en busca de esos pocos libros o autores capaces de plantear universos literarios radicalmente diferentes a lo que se conocía. El encanto es ser feliz al encontrarlos, y no mucho más, pero tampoco menos; en ellos está la síntesis de muchos años de acumulación de pensamiento humano.

 

SUBIR
 
 

  


 

 

© Derechos Reservados 2007